Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay advertencias que no nacen para ser escuchadas en su tiempo, sino para volver, como un eco inevitable, cuando la realidad termina por confirmarlas.
En octubre de 2021 escribí que el Este dominicano necesitaba orden o corría el riesgo de ver agotarse su propio milagro.
No era una exageración.
Era una intuición construida sobre la historia de este país, que siempre ha sabido crecer más rápido de lo que ha sabido organizarse.
Cinco años después, no ha sido un académico ni un opositor quien ha repetido esa alarma.
Ha sido uno de los padres fundadores del turismo moderno dominicano, Frank Rainieri, quien ha dicho, sin rodeos, que el crecimiento inmobiliario en Punta Cana es “insostenible”.
Y cuando un hombre que ayudó a levantar desde la nada ese destino pronuncia esa palabra —insostenible— ya no estamos ante una opinión: estamos ante un diagnóstico.
La historia dominicana enseña que los ciclos económicos no mueren por falta de éxito, sino por exceso de desorden.
En 1971, cuando el turismo era apenas una promesa y el azúcar dominaba la economía, nadie imaginaba que medio siglo después millones de visitantes llegarían a nuestras costas.
Ese salto no fue casual.
Fue el resultado de decisiones: leyes de incentivo, financiamiento estatal, visión empresarial, inversión extranjera, estabilidad política relativa. Fue, en esencia, una construcción deliberada.
Pero toda construcción, si no se regula, se deforma.
Lo que hoy ocurre en el Este es precisamente eso: una deformación del éxito. El crecimiento ha sido tan acelerado que ha comenzado a devorarse a sí mismo. Proyectos inmobiliarios surgen donde no hay calles suficientes, ni plantas de tratamiento, ni planificación territorial. Se levantan edificios donde antes había silencio, pero sin prever el ruido que vendrá después: tapones, presión sobre los servicios, tensiones sociales. Y detrás de cada construcción improvisada hay una lógica peligrosa: vender primero, resolver después.
El problema no es el crecimiento. El problema es el crecimiento sin Estado.
Porque el turismo no es una suma de hoteles; es un ecosistema. Y ese ecosistema depende de equilibrios delicados: seguridad, medio ambiente, infraestructura, convivencia social. Basta que uno falle para que todo el sistema comience a resentirse. El turista, que viene buscando orden, belleza y tranquilidad, es el primero en percibir el desorden, aunque no sepa explicarlo. Y cuando lo percibe, simplemente no regresa.
Rainieri ha dicho algo que debería quedar grabado en la conciencia nacional: ha faltado coraje para enfrentar este problema. Y esa frase es más grave de lo que parece, porque sugiere que el problema no es técnico, sino político. No es que no sepamos qué hacer. Es que no nos atrevemos a hacerlo.
Ordenar implica poner límites. Y poner límites implica enfrentarse a intereses. A constructores, a inversionistas apresurados, a autoridades locales complacientes, a una cultura que ha confundido crecimiento con progreso. Pero ningún país serio ha construido un destino turístico de clase mundial sin disciplina. Ninguno.
El riesgo es silencioso, pero real. No veremos el colapso del turismo de un día para otro. No habrá un titular que anuncie su final. Será algo más sutil: una pérdida gradual de calidad, una saturación imperceptible, una erosión lenta de la experiencia. Hasta que un día, sin darnos cuenta, dejemos de ser el destino preferido y pasemos a ser uno más.
Y ese día será demasiado tarde para recordar advertencias.
Porque el turismo dominicano —y en particular el del Este— no es solo una industria. Es el eje de nuestra economía moderna, la principal fuente de divisas, el sostén de cientos de miles de empleos. Jugar con su equilibrio es jugar con la estabilidad del país.
La lección es sencilla, pero exige voluntad: el orden no es enemigo del crecimiento; es su condición de supervivencia.
Si el Estado no asume el control del ordenamiento territorial, si no se planifica con visión de largo plazo, si no se protege el medio ambiente y se integra a las comunidades locales, el mismo proceso que nos hizo crecer será el que nos debilite.
Hace cincuenta años vimos nacer el turismo. Hoy lo vemos expandirse hasta sus límites.
La pregunta —la misma de 2021, pero ahora más urgente— sigue en pie:
¿Tendremos el coraje de ordenarlo… o esperaremos a ver cómo se nos escapa de las manos?
Porque en el fondo, y aunque a algunos les incomode, la verdad sigue siendo la misma:
sin orden en el Este, no hay futuro para el turismo dominicano.
Mi artículo del 2021:
Orden en el Este o fin del Turismo
Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
octubre 27, 2021
Victor Grimaldi, periodista y ex embajador dominicano ante el Vaticano.
Hace cincuenta años, en septiembre del 1971, el presidente de la República Dominicana era Joaquín Balaguer y gobernaba el país desde el 1966 después de la guerra civil que provocó una intervención de miles de soldados de los Estados Unidos y otros países al territorio nuestro. Seis años después de 1965 la economía dominicana daba muestras de dinamismo: exportaciones de ferroníquel y bauxita, cacao, café, tabaco y sobretodo azúcar como principal renglón. Oro y plata en doré todavía no exportábamos desde la mina concesionaria a la Rosario Resources Corporation, y las remesas eran un renglón incipiente que cinco decenios después habían de ser la mejor muestra de que el principal renglón de exportación nacional y generación de divisas son los dominicanos residentes en el exterior. El Turismo en 1971 era un sueño, y entonces estaba en boga aquella famosa frase:“Los turistas, dónde están, en la cabeza de Miolán”, aludiendo a quien era entonces Director de Turismo cuando aún no había sido creado el Ministerio. El azúcar y sus derivados (como el furfural del Central Romana) eran la principal fuente de generación de divisas en 1971 hasta el punto de que el presidente Balaguer en un gesto dramático llegó a ofrecerle su renuncia al presidente de los Estados Unidos Richard Nixon en caso de que el principal mercado del dulce que para nosotros eran los norteamericanos redujeran la cuota que teníamos en el mercado preferencial. Lo cierto es que entonces las iniciativas de la empresa Central Romana y las leyes de incentivos del Gobierno Dominicano y las facilidades crediticias del Banco Central de la República Dominicana a través del Fondo Infratur crearon las condiciones para el despegue del desarrollo del sector turístico en el país, tanto en Puerto Plata y Samaná como en la región Este. Después se sumaron emprendedores como Wayne Fuller (que tuvo conflictos con Central Romana), Frank Rainieri y sus socios americanos, y sobre todo la importante presencia de los inversionistas y las grandes cadenas hoteleras de España y los promotores italianos y otros europeos. Todos esos factores más las numerosas inversiones realizadas en infraestructuras importantes durante los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana han contribuido a situar el turismo en la segunda posición en la generación de divisas para la economía dominicana cincuenta años después de 1971. He visitado el Este del país en numerosas ocasiones después del 21 de enero de 1971, en aquel momento solemne en que fue inaugurada la Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia, y la verdad es que el cambio de la región ha sido extraordinario. Sin embargo, hace falta orden. Más seguridad. Armonía entre los empresarios competidores. Coordinación. Planificación. Controles de vertederos racionalmente. Cuidado de los recursos naturales con sentido comunitario. Atención a la gente que habita barrios y campos. Control de la migración. O de lo contrario, así como hace 50 años vimos empezar este desarrollo, con el pasar del tiempo futuro veremos el fin del turismo en el Este y tal vez en el resto del país también. Santo Domingo, República Dominicana Miércoles 27 de octubre 2021
