Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay países que descubren su riqueza y la administran con prudencia, como quien sabe que el oro no brota dos veces de la misma tierra.
Hay otros —más confiados, más improvisadores, más dados a la ilusión de que todo crecimiento es eterno— que tratan sus mayores logros como si fueran inagotables, como si no necesitaran cuidado, ni dirección, ni límites.
La República Dominicana, en estos días, parece debatirse entre esas dos formas de entender su propio destino.
Porque mientras en el Este del país el turismo crece con una velocidad que ya inquieta a sus propios fundadores, en el corazón productivo de la nación la industria levanta la voz para decir que ha sido dejada de lado, relegada, convertida casi en un actor secundario dentro de una economía que debería tenerla como columna vertebral.
Y lo notable —lo verdaderamente revelador— es que ambas advertencias, aunque nacen en sectores distintos, dicen lo mismo: falta dirección.
Frank Rainieri no habló como quien observa desde lejos. Habló como quien sembró y ahora ve cómo el terreno empieza a desordenarse.
Su frase —seca, sin adornos— tiene la contundencia de las verdades que no necesitan explicación: hay que regular, hay que contener.
No es una consigna. Es una alarma.
Lo que describe no es un problema aislado. Es una forma de crecimiento que se ha vuelto peligrosa por su propia inercia: proyectos que se levantan sin infraestructura, urbanizaciones que nacen sin servicios, edificios que se multiplican en calles que no fueron pensadas para ellos.
El turismo, que fue durante décadas un ejemplo de planificación progresiva, comienza a parecerse a esos organismos que crecen sin control y terminan debilitándose por exceso de sí mismos.
Y en medio de ese proceso aparece la imagen más reveladora: quienes venden se van, y quienes permanecen cargan con las consecuencias. No es solo una frase dominicana; es un diagnóstico estructural.
El modelo, tal como está funcionando, traslada los costos del desorden a quienes sostienen el destino en el tiempo.
Pero si el turismo corre el riesgo de morir de éxito, la industria enfrenta un problema distinto y no menos grave: el de ser ignorada en su propio país.
Ligia Bonetti ha descrito con ironía —y con una precisión que incomoda— un escenario donde la estrategia económica parece haber sido sustituida por la improvisación.
Su crítica no es un lamento sectorial; es una pregunta de fondo: ¿puede una economía sostenerse si renuncia a planificar su propio desarrollo?
En su visión, el país ha creado una jerarquía implícita donde el capital extranjero —especialmente en turismo y zonas francas— recibe atención, incentivos y protagonismo, mientras la industria nacional queda relegada a un segundo plano, como si producir desde dentro fuera menos valioso que atraer desde fuera.
Es una paradoja que roza lo absurdo: un país que descuida a quienes transforman su propia materia prima mientras celebra a quienes vienen a explotarla temporalmente.
Y ahí, en ese cruce de caminos, se revela la contradicción mayor.
Por un lado, un turismo que crece sin orden, amenazando su propia sostenibilidad. Por el otro, una industria que no crece lo suficiente porque carece de una política clara que la impulse.
Y en paralelo —casi en silencio, casi sin entrar en el debate— los comercios chinos siguen en lo suyo: expandiéndose, compitiendo, ocupando espacios que otros dejan vacíos, operando dentro de una lógica propia que no espera al Estado ni depende de su coherencia.
Dos gallinas de oro.
Una en riesgo por exceso. La otra, en peligro por abandono.
Y una tercera dinámica que avanza sin pedir permiso.
Lo que une estos fenómenos no es la casualidad. Es la ausencia de un modelo.
Porque el desarrollo no ocurre por acumulación espontánea de inversiones ni por la suma desordenada de proyectos.
El desarrollo es una construcción deliberada. Exige visión, reglas, prioridades, coherencia. Exige saber no solo hacia dónde se quiere ir, sino también qué se está dispuesto a limitar para no perder el equilibrio.
La historia económica —esa que no se escribe en discursos sino en resultados— ha demostrado una y otra vez que los países que prosperan son aquellos que logran armonizar sus sectores, no enfrentarlos; que entienden que el turismo sin industria es frágil, y que la industria sin integración global es insuficiente.
Pero sobre todo, son los que comprenden una verdad elemental: el crecimiento sin orden no es progreso, es preludio de crisis.
La República Dominicana no está aún en ese punto. Pero las señales están ahí, visibles, audibles, dichas por quienes no suelen hablar a la ligera. Y cuando son precisamente los constructores del éxito quienes advierten sobre sus riesgos, lo sensato no es discutir sus palabras, sino entenderlas.
Porque hay advertencias que llegan tarde. Y hay advertencias que llegan justo a tiempo.
Esta todavía pertenece a la segunda categoría.
La pregunta es si el país sabrá reconocerla antes de que el desorden convierta la abundancia en problema y la improvisación termine por vaciar lo que durante décadas costó tanto construir.
Porque las gallinas de oro —cuando no se cuidan— dejan de poner.
