Por José Manuel Jerez
La guerra en torno a Irán no es un conflicto regional más: es un evento estructurante del sistema internacional contemporáneo. Mientras la atención mediática se concentra en el Golfo Pérsico, el mercado energético o la política interna de Estados Unidos, en realidad se está produciendo una reconfiguración más profunda del equilibrio de poder global. En ese rediseño, China emerge como el actor que simultáneamente más puede ganar y más puede perder. Esta aparente paradoja constituye uno de los dilemas estratégicos centrales del siglo XXI.
Desde una perspectiva realista —en la línea de Hans Morgenthau o John Mearsheimer—, todo debilitamiento relativo de Estados Unidos favorece automáticamente a China. Una superpotencia que se percibe como errática, incapaz de sostener compromisos o propensa a decisiones impulsivas erosiona su credibilidad internacional. La guerra vinculada a Irán, especialmente bajo un liderazgo impredecible como el de Donald Trump, proyecta precisamente esa imagen: una potencia que puede ganar batallas tácticas pero perder coherencia estratégica. Este escenario abre espacios para que Pekín expanda su influencia sin confrontación directa.
Sin embargo, reducir el análisis a una lógica de suma cero sería un error conceptual. China no busca un colapso del orden internacional liderado por Estados Unidos; por el contrario, depende de él. Su modelo de crecimiento ha estado históricamente anclado en la estabilidad del comercio global, la apertura de rutas marítimas y la previsibilidad del sistema financiero internacional. En otras palabras, China es, paradójicamente, uno de los principales beneficiarios del orden que, en teoría, busca superar.
Aquí emerge la contradicción estructural: cuanto más se debilita la hegemonía estadounidense de forma caótica, menos funcional se vuelve ese debilitamiento para los intereses chinos. Pekín no necesita una derrota total de Washington, sino una transición controlada hacia un sistema multipolar. Un Estados Unidos debilitado pero aún estabilizador resulta útil; un Estados Unidos errático y desordenador se convierte en un factor de riesgo sistémico.
El elemento energético agrava esta tensión. China es el mayor importador mundial de petróleo, y una parte significativa de ese suministro transita por el Golfo Pérsico y puntos críticos como el estrecho de Ormuz. Cualquier escalada militar en torno a Irán introduce volatilidad en los precios y riesgos en las cadenas de suministro. Desde la óptica geopolítica clásica —piénsese en Halford Mackinder o Nicholas Spykman—, el control de estos espacios define el poder global. Para China, la inseguridad en estos corredores no es una oportunidad: es una amenaza directa a su estabilidad interna.
A nivel estratégico, Pekín ha intentado responder a esta vulnerabilidad mediante iniciativas como la diversificación energética, el fortalecimiento de rutas terrestres y la expansión de su presencia en el Indo-Pacífico. No obstante, estas medidas no eliminan la dependencia estructural del orden marítimo global, que históricamente ha sido garantizado por Estados Unidos. Este dato es crucial: China aún no está en posición de sustituir completamente ese rol sin asumir costos exorbitantes.
Por otra parte, la dimensión política del conflicto también juega un papel determinante. La percepción de un Estados Unidos menos fiable puede erosionar sus alianzas tradicionales, generando un vacío que China podría intentar llenar. Sin embargo, como advierte Joseph Nye, el poder no se mide solo en términos materiales, sino también en legitimidad y capacidad de atracción. Pekín enfrenta límites evidentes en este terreno, lo que dificulta convertir automáticamente el desgaste estadounidense en liderazgo global.
En consecuencia, el escenario que se abre es uno de ambigüedad estratégica. China se beneficia del desgaste relativo de Estados Unidos, pero teme profundamente la desestabilización del sistema que ese desgaste puede provocar. Esta dualidad obliga a Pekín a una política exterior extremadamente cautelosa: evitar una confrontación directa, capitalizar las debilidades ajenas y, al mismo tiempo, preservar las condiciones mínimas de estabilidad global.
En conclusión, la guerra en torno a Irán no solo redefine el equilibrio de poder en Oriente Medio, sino que revela la fragilidad del proceso de transición hacia un nuevo orden internacional. China no enfrenta simplemente una oportunidad geopolítica; enfrenta un dilema histórico. Su ascenso depende de un equilibrio delicado: suficiente debilitamiento de Estados Unidos para abrir espacio estratégico, pero no tanto como para colapsar el sistema del que aún depende. En esa tensión —entre ventaja y riesgo— se juega buena parte del futuro del orden mundial.
