Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Si hay algo que caracterizó a los gobiernos del PLD fue el respeto pleno a los Derechos Humanos y a la democracia, principios que no surgieron por casualidad ni por conveniencia, sino que fueron heredados como una tradición política y moral del breve pero trascendente gobierno de Juan Bosch en 1963.
Allí se sembró una manera de entender el poder no como dominio, sino como servicio; no como imposición, sino como ejercicio responsable de la libertad.
En 1978, 1982 y 1986, la participación en las elecciones con Juan Bosch como candidato presidencial demostró que ese era el camino correcto, el mismo que había recorrido Bosch al ganar las elecciones de 1962.
Sin embargo, después de las elecciones de 1986, hubo un intento de parte de falsos marxistas y supuestos socialistas infiltrados de convencer a Juan Bosch de trazar una línea política de izquierda extremista.
Algo que ignoran muchos peledeístas es que me gané la malquerencia de esos extremistas porque alerté al propio Bosch, a Norge Botello y a Euclides Gutiérrez Félix del despropósito que perseguían.
No fue un camino improvisado.
En 1987, el Congreso del Partido enfrentó una decisión que marcaría su destino histórico: rechazar la pretensión de un grupo que buscaba declarar al PLD como organización marxista y socialista.
Aquella tentativa no era simplemente una discusión teórica, sino una encrucijada sobre el tipo de país que se quería construir. La decisión fue clara.
Y años después, en 1992, ese grupo terminó saliendo de la organización porque su visión era incompatible con la determinación definitiva de gobernar por y para la democracia.
Estas precisiones deben hacerse no para insultar ni para simplificar, sino para nombrar con claridad aquello que durante demasiado tiempo se ocultó detrás de consignas, teorías y promesas de redención.
El siglo XX fue, en ese sentido, una lección brutal: ideologías que prometían liberar al hombre terminaron oprimiéndolo; sistemas que hablaban de justicia terminaron sembrando miedo; discursos sobre igualdad desembocaron en persecución.
Lo sabemos porque ocurrió.
Ocurrió con el fascismo de Benito Mussolini, que convirtió al Estado en una maquinaria de control total.
Ocurrió con el nazismo de Adolf Hitler, que llevó al mundo a la barbarie industrializada del exterminio.
Pero también ocurrió —y esta es la parte que muchos prefirieron no ver— con regímenes que, en nombre del marxismo o del socialismo, instauraron sistemas igualmente opresivos.
En la Albania de Enver Hoxha, por ejemplo, el Estado decidió que Dios no debía existir.
No metafóricamente, sino jurídicamente.
La religión fue prohibida, las iglesias cerradas, los sacerdotes perseguidos. Y mientras en otros países —incluso en la República Dominicana— algunos sectores de izquierda, como el Partido Comunista del Trabajo (PCT), miraban hacia ese régimen como un modelo de pureza ideológica, dentro de Albania había hombres que pagaban con su libertad el simple acto de creer.
Uno de ellos fue el actual cardenal Ernest Simoni, que ya va camino a los cien años y que recientemente ha estado en Roma junto al papa León XIV.
Su historia no pertenece a la teoría, sino a la experiencia. No fue político ni ideólogo: fue sacerdote. Fue arrestado, condenado, enviado a trabajos forzados. Pasó años en prisión por celebrar una misa. Y, sin embargo, en ese silencio impuesto, siguió siendo lo que era: celebró en secreto, sostuvo la fe de otros, resistió sin discursos, sin consignas, sin propaganda.
Ese contraste —entre quienes admiraban desde lejos y quienes sufrían desde dentro— define una de las grandes tragedias del siglo pasado.
Porque mientras algunos intelectuales y militantes defendían la coherencia de ciertos modelos, esos mismos modelos negaban la libertad más elemental: la de la conciencia. Y cuando un sistema político necesita controlar lo que el hombre piensa, cree o siente, deja de ser un proyecto de liberación para convertirse en una forma de dominación.
La historia no se detuvo en Albania.
Se repitió en otros escenarios. En la Unión Soviética y en los regímenes del llamado bloque socialista.
En la China de Mao Zedong, donde las campañas ideológicas causaron millones de víctimas.
En América Latina, bajo dictaduras militares como las de Argentina y Chile, donde la represión se justificó en nombre del orden.
Y también en sistemas que, invocando la justicia social, terminaron atrapados en el autoritarismo y el fracaso, como en el caso de los regímenes de los Castro en Cuba o de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela.
El problema nunca fue solo de izquierda o de derecha.
Fue —y sigue siendo— un problema de poder sin límites.
Por eso resulta imprescindible recordar la figura de Sandro Pertini, ex socialista y presidente de Italia.
No como símbolo partidario, sino como referencia moral.
Pertini luchó contra el fascismo, enfrentó al nazismo, fue encarcelado, condenado a muerte, sobrevivió.
Pero lo más importante es que, habiendo vivido esa experiencia, no cayó en la tentación de justificar otras formas de autoritarismo. Rechazó toda dictadura, sin importar su signo.
Y dejó una frase que resume toda una vida:
“A la más perfecta de las dictaduras, preferiré siempre una imperfecta democracia.”
No es una consigna. Es una conclusión.
Pero la historia no avanzó sola. Hubo también, en las últimas décadas del siglo XX, una convergencia de liderazgos que entendieron que la libertad debía defenderse con coherencia moral y acción política.
Figuras como Jimmy Carter, Ronald Reagan y Juan Pablo II —desde ámbitos distintos, pero con una visión convergente— contribuyeron a desmontar, cada uno a su manera, estructuras de opresión tanto de izquierda como de derecha.
Carter introdujo los derechos humanos como eje de la política exterior. Reagan ejerció presión estratégica sobre los sistemas totalitarios del bloque soviético. Juan Pablo II, desde una autoridad espiritual sin precedentes en Europa del Este, sostuvo la dignidad de la persona frente al poder ideológico.
No actuaron solos, pero su acción coincidió en un punto esencial: afirmar que la libertad humana no es negociable.
Hace ya medio siglo comenzó ese proceso. Y aunque el mundo sigue siendo imperfecto, hoy —con todas sus tensiones y retrocesos— se respetan un poco más los derechos humanos y la democracia que entonces.
No por casualidad, sino por la acción acumulada de quienes se negaron a aceptar la opresión como destino.
Esa es la lección que atraviesa el siglo XX y llega hasta nosotros.
Una lección que obliga a revisar los entusiasmos del pasado, a reconocer los errores, a admitir que hubo quienes, desde la distancia, admiraron sistemas que desde dentro eran insoportables. Y que, al hacerlo, se equivocaron.
No por falta de inteligencia, sino por exceso de fe en una idea.
Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, la historia habla con claridad. Los grandes sistemas totalitarios del siglo XX —de derecha y de izquierda— han dejado un saldo común: represión, miedo, sufrimiento humano. Diferentes discursos, mismo resultado.
Y frente a ese balance, la democracia —imperfecta, contradictoria, a veces frustrante— aparece no como un sistema perfecto, sino como el único capaz de corregirse a sí mismo sin destruir al hombre.
Porque la democracia permite disentir. Permite creer. Permite equivocarse. Permite cambiar.
Y eso, que puede parecer poco frente a las promesas grandiosas de las ideologías, es en realidad lo esencial.
Al final, la historia no necesita adjetivos.
Solo necesita memoria.
Y la memoria, cuando es honesta, conduce a una conclusión que ya no admite evasivas:
no hay redención posible en sistemas que aplastan al ser humano.
Por eso, más allá de las palabras, más allá de los nombres, más allá de las épocas, queda una afirmación que resume todo un siglo de errores y aprendizajes:
Democracia.
Democracia.
