Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Cuando Walt Disney llegó a la República Dominicana a finales de febrero de 1957, acompañado de su esposa Lillian, el país no era todavía un destino turístico internacional de masas, pero ya comenzaba a ensayar una ambición cuidadosamente diseñada desde el poder: presentarse ante el mundo como una nación tropical moderna, ordenada, hospitalaria y abierta a visitantes e inversionistas.
Aquella visita, que hoy puede parecer una simple curiosidad histórica, adquiere otra dimensión cuando se coloca en su contexto real.
No fue casual.
Disney no desembarcó en una isla desconocida para el capital extranjero, sino en una República Dominicana donde Rafael Leónidas Trujillo Molina había decidido convertir la infraestructura, el urbanismo, la hotelería y la proyección internacional en instrumentos directos del Estado.
La dedicatoria manuscrita atribuida a Walt Disney y fechada en La Matica, Boca Chica, el 27 de febrero de 1957, agradeciendo a sus anfitriones “por una maravillosa visita”, constituye una pieza documental que confirma su presencia en territorio dominicano y añade una dimensión humana a aquella breve estancia.
No es poca cosa.
Porque la imagen romántica del visitante ilustre observando palmeras y aguas caribeñas oculta un proyecto político mucho más calculado.
Trujillo había comprendido antes que muchos gobernantes latinoamericanos que el turismo podía convertirse en una herramienta de prestigio internacional, captación de divisas y legitimación exterior.
Naturalmente, no era una industria turística moderna como la que hoy conocemos.
Era una primera fase.
Una combinación de propaganda, hospitalidad oficial y diplomacia económica.
La gran escenificación comenzó con fuerza en la década de 1950.

En Santo Domingo —entonces Ciudad Trujillo— se levantaron hoteles concebidos para impresionar.
El Hotel Embajador, inaugurado en 1956, fue mucho más que una instalación hotelera.
Representaba el lenguaje arquitectónico del régimen: monumentalidad tropical, elegancia internacional y capacidad de recibir visitantes distinguidos.
El Jaragua, heredero de una tradición hotelera anterior pero reposicionado dentro del aparato modernizador, reforzaba esa imagen.
El Hotel Paz, integrado al complejo monumental vinculado a la gran Feria, completaba el triángulo del lujo oficial.
Pero Trujillo no pensó solamente en la capital.
Esa es una parte poco recordada de la historia.
El proyecto turístico tenía alcance territorial.
En Boca Chica surgió el Hamaca.
En Santiago, el Matum.
En Higüey, el Naranjo.
En Jarabacoa, el Montaña.
En Barahona, el Guarocuya.
En San Juan de la Maguana, el Maguana.
Y otros establecimientos distribuidos estratégicamente.
Aquello respondía a una lógica clara.
No bastaba exhibir una capital moderna.
Era necesario mostrar un país en transformación.
Esa visión se integró espectacularmente en la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, celebrada entre 1955 y 1956 con motivo del vigésimo quinto aniversario del régimen.
No fue simplemente una exposición.
Fue una operación internacional de propaganda estatal.
Pabellones monumentales.
Avenidas.
Arquitectura moderna.
Ganadería.
Industria.
Comercio.
Hospitalidad.
Todo organizado para transmitir un mensaje inequívoco: la República Dominicana era estable, progresista y abierta al mundo occidental.
Ese era exactamente el país que encontró Walt Disney.
No significa necesariamente que viniera a cerrar negocios.
No existe evidencia pública concluyente de un proyecto formal de inversión disneyana en territorio dominicano.
Pero sí significa que visitó una nación activamente empeñada en atraer prestigio internacional.
Aquí conviene desmontar una leyenda simpática pero históricamente imposible.
Algunos relatos han sugerido que la visita de Disney a La Matica, frente a Boca Chica, pudo inspirar la atracción Jungle Cruise.
No puede ser.
La cronología lo impide.
Jungle Cruise debutó en Disneyland en California en 1955.
Disney llegó a la República Dominicana en 1957.
Los hechos son testarudos.
Pero que la leyenda sea falsa no reduce el valor histórico del episodio.
Al contrario.
Lo vuelve más interesante.
Porque obliga a mirar el contexto real.
Y ese contexto cambia radicalmente tras la muerte de Trujillo en 1961.
El país entra en turbulencia.
Crisis política.
Inestabilidad.
Golpes.
Conflictos internos.
La guerra civil de 1965.
Intervención militar norteamericana.
En esas condiciones, el turismo no podía convertirse todavía en industria nacional.
La prioridad era reconstruir el Estado.
Y allí comienza la segunda gran etapa.
Joaquín Balaguer entendió que el turismo no dependía solo de hoteles.
Dependía de un ecosistema completo.
Carreteras.
Puentes.
Electricidad.
Acueductos.
Aeropuertos.
Orden administrativo.
Seguridad jurídica.
Y algo que pocas veces se reconoce con suficiente énfasis: conservación territorial.
Entre 1966 y 1978, Balaguer impulsó infraestructura nacional y promovió la creación de parques nacionales y polos turísticos.
Aquello no fue un simple gesto ambientalista.
Fue visión económica estratégica.
El turismo vende paisaje.
Si se destruye el paisaje, se destruye el negocio.
El país comenzó a organizar su territorio como activo económico.
Además, la República Dominicana ofrecía algo decisivo frente a muchos vecinos caribeños y centroamericanos: estabilidad relativa.
Mientras otras regiones enfrentaban guerras civiles, insurgencias o colapsos institucionales, el país proyectaba continuidad.
Eso atraía capital.
Pero la verdadera consolidación llegó en el retorno de Balaguer al poder en 1986.
Ese período resultó crucial.
El turismo dejó de ser un sector complementario.
Se convirtió en una industria nacional.
Aquí aparece el papel decisivo de España.
Grandes cadenas hoteleras españolas entendieron antes que muchos el potencial dominicano.
Barceló.
Meliá.
Riu.
Iberostar.
Occidental.
Bávaro y Punta Cana comenzaron a transformarse.
La alianza entre capital extranjero, incentivos estatales y estabilidad política generó un nuevo modelo económico.
Las reformas económicas de los años 1991–1996 ayudaron a dejar condiciones estructurales para la economía dominicana contemporánea.
No todo nació allí.
Pero mucho quedó preparado allí.
Los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana heredaron esa plataforma y la expandieron.
No inventaron el turismo dominicano.
Pero lo llevaron a escala masiva.
Punta Cana se consolidó como marca global.
Samaná creció.
Bayahíbe avanzó.
La Romana se fortaleció.
Los cruceros ganaron espacio.
La infraestructura aeroportuaria mejoró.
La conectividad vial aumentó.
La estabilidad macroeconómica generó confianza.
El turismo pasó a ser una de las principales locomotoras nacionales.
Y en los años recientes, bajo el Presidente Luis Abinader, el proceso se ha acelerado aún más.
La recuperación tras la pandemia fue rápida.
El país proyectó resiliencia.
Llegadas récord.
Expansión hotelera.
Turismo médico.
Turismo de lujo.
Cruceros.
Nuevos polos como Miches y Pedernales.
Pedernales, si se maneja con inteligencia, puede representar la nueva frontera del desarrollo turístico dominicano.
Vista así, la historia deja de ser ideológica y se vuelve histórica.
Trujillo imaginó el turismo como herramienta de Estado.
Balaguer construyó el ecosistema institucional y territorial que permitió su industrialización.
El capital español aportó músculo empresarial.
Los gobiernos democráticos posteriores ampliaron la escala.
El PLD consolidó el crecimiento.
Abinader acelera una nueva expansión.
La visita de Walt Disney, entonces, deja de ser una postal curiosa.
Se convierte en símbolo de un momento fundacional.
El instante en que la República Dominicana comenzaba a venderle al mundo no solo su paisaje, sino una idea de futuro.
Con todas sus contradicciones.
Porque la historia casi nunca nace pura.
Nace mezclada.
Con propaganda y visión.
Con autoritarismo y modernización.
Con cálculo político y oportunidad económica.
Pero nace.
Y el turismo dominicano, hoy convertido en una de las columnas maestras de la economía nacional, no surgió de un milagro.
Fue el resultado de una larga construcción de Estado, inversión, estabilidad y continuidad histórica.
