Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En una sala iluminada de Santo Domingo, bajo los techos sobrios del auditorio de FUNGLODE, se anuncia una conferencia que, a primera vista, parece una más entre tantas. Pero no lo es. Porque detrás de ese título —La inteligencia artificial entre la promesa de objetividad y el riesgo de deshumanización de la justicia— se esconde una de las preguntas más inquietantes de nuestro tiempo: ¿puede la justicia sobrevivir sin el ser humano?

No es casual que el tema haya sido asumido por el Observatorio Judicial Dominicano.
Allí donde se estudian los engranajes visibles e invisibles del poder judicial, comienza a sentirse una presión silenciosa, como un viento nuevo que llega desde los centros tecnológicos del mundo: la idea de que los algoritmos podrían algún día juzgar mejor que los jueces.
La invitada principal, la jurista española Carmen Cuadrado, viene de una tradición jurídica donde el proceso no es solo una técnica, sino una garantía civilizatoria.
El Derecho Procesal, ese que parece frío en los manuales, es en realidad el último muro que protege al ciudadano frente al poder.
Y ahora ese muro se enfrenta a una amenaza inédita: no la arbitrariedad humana, sino la precisión desalmada de las máquinas.
La promesa es seductora.
Una justicia sin corrupción, sin favoritismos, sin retrasos interminables.
Una justicia rápida, matemática, aparentemente imparcial.
El sueño ilustrado llevado a su máxima expresión: sustituir la fragilidad humana por la lógica perfecta.
Pero la historia enseña —y nosotros lo sabemos bien— que toda promesa de perfección encierra un peligro.
Porque la justicia no es solo aplicar normas.
Es comprender contextos.
Es escuchar silencios.
Es percibir lo que no está escrito en el expediente.
Es, en última instancia, un acto humano. Y en ese acto intervienen la compasión, la prudencia, la experiencia y hasta la duda, que es muchas veces la forma más alta de la sabiduría.
Un algoritmo no duda.
Un algoritmo no comprende.
Un algoritmo no perdona.
En otras latitudes, ya se experimenta con sistemas que predicen la reincidencia, que sugieren sentencias, que clasifican riesgos.
Sin embargo, esos sistemas han demostrado reproducir los mismos prejuicios que supuestamente venían a eliminar. Porque los datos con los que se alimentan son humanos. Y, por tanto, imperfectos.
La ilusión de la objetividad absoluta es, en realidad, una ilusión peligrosa.
En nuestras sociedades, donde la justicia ha sido históricamente un campo de batalla entre poder y derecho, entre intereses y principios, introducir una herramienta opaca y técnicamente incomprensible puede significar algo más que modernización: puede ser una nueva forma de dominación.
El moderador del encuentro, Harold Modesto, lo sabe.
No se trata de rechazar la tecnología, sino de entender sus límites.
La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa, pero nunca un sustituto del juicio humano.
Porque el día en que la justicia deje de mirar a los ojos, ese día dejará también de ser justicia.
Y entonces, en silencio, sin decretos ni discursos, habremos cruzado una frontera invisible: la del mundo donde las decisiones se toman sin alma.
Ese mundo —ordenado, eficiente, impecable— podría parecer mejor.
Pero no sería humano.
Y una justicia que no es humana, aunque funcione, aunque sea exacta, aunque sea rápida…no es justicia.
