Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Yo, y a veces resulta desagradable hablar de yo, o empezar un artículo en primera persona, me sorprendía repetidamente en los palacios y salas del Vaticano en Roma, Italia, cuando entre 2009 y 2020 fui Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede.
La sorpresa era por las frecuentes referencias a la paz y las pinturas de grandes artistas en las paredes mostrando espadas y combates pasados.
Por ejemplo, en la Sala Regia, donde el Papa Francisco cada año recibió los saludos del Cuerpo Diplomático, había grandes imágenes de la Batalla de Lepanto apoyada por el Papa Pio V contra los turcos en 1571.
En la Sala Regia, por ejemplo, saludé por primera vez al Presidente de la República de Italia Sergio Mattarella cuando en el 2015 le fue presentado al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede.
Si alguien sabe que las guerras son una realidad es un Papa y la institución misma que preside.
Durante siglos la Iglesia ha visto pasar guerras, sin contar que tuvo papas como Julio II llamado “el Guerrero”.

Las Guerras Actuales
Italia y Europa comienzan a redescubrir una verdad que creyeron superada.
No porque la hubieran refutado, sino porque durante décadas pudieron vivir como si ya no fuera necesaria.
La historia —cuando concede treguas— suele crear ilusiones.
Y la mayor de esas ilusiones ha sido pensar que la paz podía sostenerse sola.
Hoy esa ilusión se desvanece.
El presidente de Italia, Sergio Mattarella, lo ha dicho recientemente con la sobriedad que caracteriza a Roma: vivimos un “momento travagliato”.
No es una expresión retórica.
Es una advertencia formulada en el lenguaje preciso de la diplomacia.
Un tiempo convulso, atravesado por conflictos que no solo persisten, sino que se agravan y se expanden.
Europa lo está comprendiendo tarde, pero lo está comprendiendo.
Durante décadas, el continente apostó por el derecho, por las instituciones multilaterales, por la integración económica y política.
Y lo hizo con éxito.
Pero ese éxito produjo una consecuencia inesperada: la idea de que la paz era el estado natural de las cosas.
Que bastaba con desearla, con institucionalizarla, con repetirla en discursos y tratados.
La realidad ha sido más severa.
Las guerras han regresado a sus fronteras, los equilibrios globales se han desplazado y el mundo se ha vuelto más áspero.
En ese contexto, las palabras de Mattarella adquieren su verdadero sentido cuando afirma que las Fuerzas Armadas italianas, en este momento travagliato, son un elemento esencial para construir un instrumento de defensa europeo capaz de hacer prevalecer el derecho internacional sobre la pretensión de la fuerza.
Ahí está el núcleo del problema.
Porque la paz no es un accidente.
No es algo que ocurre por inercia ni por buena voluntad.
No es el resultado automático de declaraciones, resoluciones o ideales.
La paz es una construcción histórica, frágil, exigente, que necesita ser sostenida todos los días.
Y como toda construcción, requiere fundamentos.
Roma lo aprendió hace dos mil años.
La pax romana no fue una metáfora moral, sino una arquitectura política sostenida por instituciones y por fuerza organizada.
Cuando esa estructura se debilitó, la paz se deshizo.
No desapareció por falta de ideales, sino por falta de capacidad para sostenerlos.
Esa lección, que parecía archivada en los libros de historia, vuelve hoy con toda su crudeza.
El jefe del Ejército italiano lo expresó el año pasado con una claridad que incomodó a muchos: “el Ejército es para hacer la guerra”.
No era una provocación.
Era una definición.
Un ejército no existe como símbolo ni como ornamento institucional.
Existe como instrumento.
Su función última es la guerra, precisamente para evitar que la guerra se imponga.
Esa es la lógica de la disuasión, que durante décadas sostuvo el equilibrio mundial.
Sin embargo, buena parte de Europa —y no pocos sectores en otras regiones— prefirió ignorar esa realidad.
Se desarrolló un pacifismo que, en lugar de comprender la naturaleza del conflicto, optó por negarlo.
Se creyó que renunciar a la fuerza bastaba para neutralizarla.
Que el derecho podía sostenerse sin respaldo.
Hoy, frente al endurecimiento de los conflictos, esa visión comienza a resquebrajarse.
Italia, con su tradición de Estado antiguo y su sensibilidad histórica, lo está diciendo sin dramatismo, pero con claridad: la paz necesita ser defendida.
No para sustituir el derecho por la fuerza, sino para impedir que la fuerza sustituya al derecho.
Esa es la diferencia esencial.
En Medio Oriente, donde los equilibrios han sido siempre precarios, esta verdad nunca dejó de ser evidente.
En Asia, las grandes potencias han construido su estrategia precisamente sobre la combinación de poder económico y capacidad militar.
América Latina, aunque menos expuesta a guerras entre Estados, enfrenta sus propias tensiones donde el problema se formula de otra manera, pero con el mismo fondo: cómo sostener el orden sin debilitar la autoridad.
Europa, en cambio, había llegado a creer que podía vivir fuera de esa lógica.
Hoy descubre que no.
Pero este redescubrimiento no debe conducir a un error inverso.
Reconocer la necesidad de la fuerza no significa glorificarla.
La historia es igualmente implacable con quienes confunden la defensa con la dominación.
La fuerza sin derecho termina destruyendo aquello que pretende proteger.
Por eso la posición expresada por Mattarella es, en el fondo, profundamente romana: equilibrio, medida, sentido de límite.
La paz no se sostiene sin fuerza, pero la fuerza no puede existir sin ley.
Ese es el punto de equilibrio que hoy Europa busca reconstruir.
Un equilibrio difícil, incómodo, exigente. Pero indispensable.
Porque si algo enseña la historia —desde Roma hasta nuestros días— es que la paz nunca ha sido un accidente.
Siempre ha sido una obra a construir con sacrificio.
Saludé al Presidente Mattarella por primera vez en 2015 en la Sala Regia del Vaticano cuando fue presentado al Cuerpo Diplomático con motivo de su primera visita al Papa Francisco
