Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
—“Silvio, estoy cansada de que me tomen por el culo…”
No era una adversaria política.
No era una fiscal de Milán.
No era una periodista empeñada en destruir reputaciones.
Era Barbara Guerra, una de las mujeres que orbitaban alrededor del universo privado de Silvio Berlusconi, estallando en una conversación telefónica que terminaría convertida en pieza judicial y retrato brutal de una época.
Del otro lado de la línea, el ex primer ministro intentaba apaciguarla hablando de cheques, muebles, casas y promesas incumplidas.
Más que una discusión privada, aquel intercambio parecía una radiografía moral de un sistema donde el dinero, la lealtad, el espectáculo y la cercanía con el poder formaban parte de una misma gramática.
Quienes pensaron que ese mundo había muerto con Berlusconi se equivocaron.
Italia acaba de descubrir, una vez más, que ciertos fantasmas no abandonan realmente el escenario. Solo esperan el momento propicio para reaparecer.
Y esta vez el nombre que los ha convocado no es únicamente el del Cavaliere.
Es Nicole Minetti.
Pero también, inevitablemente, reaparecen otros nombres.
Nombres dominicanos.
Porque aquella historia, presentada durante años como una extravagancia puramente italiana, también tuvo acento caribeño.
La reciente gracia presidencial concedida por Sergio Mattarella ha devuelto al centro del debate público italiano un rostro que parecía archivado en la memoria de los excesos nacionales.
De pronto, el viejo Bunga Bunga ha regresado.
No exactamente como fiesta.
No exactamente como escándalo sexual.
Ha vuelto como problema institucional.
Pero también ha regresado por otra razón: porque la historia judicial no ha terminado.
Mientras Italia discute la gracia presidencial, otro capítulo del largo expediente berlusconiano sigue su curso en los tribunales.
El próximo 28 de mayo, en Milán, la justicia italiana volverá a abrir una página del llamado universo Ruby, en una audiencia de apelación que recuerda que el escándalo no pertenece enteramente al pasado.

La muerte de Berlusconi no enterró todos los procesos, ni disipó todas las preguntas sobre pagos, testimonios, favores y silencios.
El Bunga Bunga, jurídicamente hablando, todavía respira.
La portada del nuevo número de L’Espresso lo resumió con esa elegante crueldad tan italiana que convierte la ironía en bisturí.
Allí aparecen juntos el ministro de Justicia Carlo Nordio y Nicole Minetti bajo un título que condensa memoria cinematográfica, sátira política y sospecha institucional: Per grazia ricevuta.
Por gracia recibida.
El guiño remite a la célebre película de Nino Manfredi.
Pero aquí la gracia no es celestial.
Es presidencial.
Y la pregunta es incómoda.
¿Cómo una decisión presentada como acto humanitario terminó convertida en asunto de Estado?
¿Por qué precisamente Nicole Minetti?
Porque Nicole Minetti nunca fue una ciudadana cualquiera.
Fue uno de los rostros emblemáticos de aquella Italia donde el poder confundió la vida privada con la autoridad pública, la proximidad con el mérito político, y el espectáculo con el gobierno.
Bunga Bunga
Pero para comprender plenamente el escándalo hay que recordar algo que Italia preferiría olvidar: el Bunga Bunga nunca fue un universo exclusivamente italiano.
En aquellas listas de asistentes, en los testimonios judiciales, en las crónicas de los años turbulentos del caso Ruby, aparecieron mujeres extranjeras, algunas convertidas en figuras casi folclóricas del espectáculo mediático italiano.
Y entre ellas, también dominicanas.
Allí estuvo Marysthell García Polanco, dominicana, convertida en uno de los rostros más reconocibles del llamado grupo de las Olgettine, aquellas jóvenes vinculadas al entramado de favores, residencias y pagos asociados al entorno berlusconiano.
Su nombre apareció repetidamente en la prensa italiana.
Su presencia fue ampliamente documentada.
También apareció Aris Espinosa, otra dominicana frecuentemente mencionada dentro de aquel ecosistema.
Y hubo otra dominicana cuya presencia merece una precisión distinta.
Porque no todas las mujeres que asistían a aquellas cenas participaron de conductas impropias ni fueron objeto de acusaciones judiciales.
Entre los nombres que circularon apareció también Bárbara Guerra afirmando en determinados contextos la presencia de una dominicana en reuniones sociales del entorno, y en el debate mediático italiano también surgieron referencias a asistentes cuya mera presencia fue amplificada por la maquinaria del escándalo sin que existiera necesariamente imputación penal o conducta reprochable.
Conviene recordar esa distinción.
Porque en aquellos años la histeria mediática tendía a borrar matices.
Ir a una cena no equivalía automáticamente a delito.
Estar en una fotografía no equivalía a culpabilidad.
La mezcla entre justicia, espectáculo y periodismo convirtió a muchas personas en personajes antes incluso de que existieran conclusiones judiciales firmes.
Aquello añadía una dimensión particularmente incómoda para la República Dominicana.
Porque de pronto, en medio del mayor escándalo político-sexual de la Italia contemporánea, también figuraban compatriotas convertidas en personajes involuntarios de una trama donde se mezclaban glamour, dinero, ambición, dependencia y poder.
Pero reducir esas presencias a caricatura sería superficial.
Porque el fenómeno no hablaba realmente de nacionalidades.
Hablaba de estructuras.
El sistema no era dominicano.
No era marroquí.
No era italiano en un sentido étnico.
Era un sistema de poder.
Y los sistemas de poder atraen aspiraciones, vulnerabilidades, ambiciones y oportunismos de múltiples geografías.
Silvio Berlusconi comprendió antes que casi nadie que el verdadero poder moderno consistía en fabricar imaginarios.
Construyó urbanizaciones.
Levantó un imperio mediático.
Transformó el entretenimiento en influencia política.
La Italia de los años ochenta y noventa normalizó una cultura donde glamour, juventud y ascenso social rápido se confundían con éxito.
Las showgirls dejaron de ser decorado.
Se convirtieron en símbolos de acceso.
Cuando Berlusconi irrumpió políticamente en 1994 tras el colapso de Tangentopoli, importó consigo esa lógica.
La política dejó de parecer institución republicana.
Se convirtió en espectáculo continuo.
Después vino Noemi Letizia.
La joven que llamaba “Papi” al entonces primer ministro.
Luego Ruby Rubacuori.
Karima El Mahroug.
Menor de edad.
Marroquí.
El episodio de la falsa llamada invocando una supuesta relación con Hosni Mubarak.
Y finalmente el sistema completo quedó expuesto.
Lele Mora.
Emilio Fede.
Nicole Minetti.
Barbara Guerra.
Y una red informal donde favores, pagos, promesas y cercanía al poder parecían parte de una misma arquitectura.
En ese universo, Nicole Minetti simbolizaba como pocas figuras la confusión entre intimidad y poder.
Ex higienista dental.
Después consejera regional.
Figura mediática.
Producto perfecto del ecosistema berlusconiano.
Para la fiscalía, una pieza organizativa.
Para sus defensores, una víctima.
Pero el daño simbólico fue irreversible.
El Bunga Bunga dejó de ser un chisme.
Se convirtió en símbolo internacional de decadencia institucional.
Porque nunca fue solo sexo.
Fue cultura de privilegio.
Fue jerarquía informal.
Fue acceso desigual.
Fue la sospecha de que existían ciudadanos ordinarios y ciudadanos protegidos.
Por eso el regreso de Nicole Minetti produce tanta incomodidad.
Porque ahora el problema no pertenece al pasado.
Pertenece al presente institucional italiano.
Formalmente, la gracia presidencial se justificó por razones humanitarias vinculadas a la salud de un menor adoptado dentro de su núcleo familiar.
Jurídicamente, la decisión es posible.
Políticamente, es explosiva.
Y ahí comenzó la tormenta.
La pregunta dejó de ser legal.
Se volvió moral.
¿Cómo reaparece precisamente Nicole Minetti?
¿Hubo omisiones?
¿Verificaciones incompletas?
¿Una polpetta avvelenata?
En Roma la expresión tiene significado preciso.
No una simple albóndiga envenenada.
Un regalo con dinamita política.
Una cortesía cuidadosamente diseñada para producir daño institucional.
Y ahí reside la verdadera gravedad.
Porque el problema ya no es Minetti.
Ni siquiera Nordio.
Es el Quirinal.
Italia conoce demasiado bien sus fantasmas.
Ha sobrevivido a imperios, terrorismo, corrupción y colapsos partidarios.
Por eso los reconoce cuando regresan.
Y mientras el Quirinal intenta contener el daño político de esta gracia, Milán recuerda que la historia judicial sigue abierta.
El 28 de mayo, los tribunales volverán a escuchar ecos de aquel mundo donde el dinero parecía lubricar silencios y donde la frontera entre vida privada y poder público se volvió peligrosamente porosa.
Ese detalle es crucial.
Porque significa que el Bunga Bunga no es solo memoria.
Es también actualidad judicial.
La verdad incómoda es sencilla.
El Bunga Bunga nunca fue solamente sexo.
Fue una cultura de poder.
Berlusconi ha muerto.
Pero ciertos mecanismos sobreviven.
Y quizá por eso Italia sonríe ante la portada de L’Espresso.
Pero es una sonrisa amarga.
La sonrisa de quien reconoce una enfermedad antigua.
Porque algunas épocas terminan.
Y otras simplemente cambian de disfraz.
El Bunga Bunga ya no necesariamente está en las fiestas de Arcore.
A veces reaparece en expedientes judiciales.
A veces en decisiones presidenciales.
A veces en audiencias de apelación.
Y sí.
También en la memoria incómoda de aquellas dominicanas que un día quedaron atrapadas, voluntaria o involuntariamente, dentro de uno de los mayores escándalos políticos de la Italia contemporánea.
