Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En mayo de 1972, cuando apenas contaba veintidós años de edad y trabajaba como reportero de El Nacional de Ahora, participé durante un mes en Quito, Ecuador, en el Segundo Curso Internacional de Preparación Básica en Periodismo Científico y Educativo organizado por el Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina (CIESPAL), dentro del Programa Regional de Desarrollo Educativo de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Aquella experiencia académica, acreditada mediante el diploma expedido por CIESPAL el 19 de mayo de 1972, tuvo una importancia decisiva en mi formación profesional. El propósito de aquel programa era preparar periodistas latinoamericanos para comunicar al gran público los avances de la ciencia y la educación en una época en que la región comenzaba a comprender que el desarrollo dependía también de la difusión del conocimiento.
Más de medio siglo después, al leer una investigación científica publicada en junio de 2026 por la revista Science, he recordado aquellas jornadas de estudio en Quito.
La razón es sencilla: algunos descubrimientos científicos poseen la capacidad de modificar nuestra comprensión del mundo.

El estudio titulado Global Density and Biomass of Arbuscular Mycorrhizal Fungal Networks, dirigido por Justin D. Stewart y un amplio equipo internacional de investigadores, pertenece precisamente a esa categoría de trabajos que obligan a replantear lo que creíamos saber acerca de la vida sobre la Tierra.
Durante siglos el ser humano ha caminado sobre la tierra convencido de que el gran espectáculo de la naturaleza ocurría únicamente sobre la superficie.
Los bosques, las selvas, las sabanas, los animales y los océanos parecían constituir la totalidad de la historia natural.
Sin embargo, la investigación contemporánea está revelando la existencia de otro universo, silencioso e invisible, que se extiende bajo nuestros pies y que desempeña un papel decisivo en el mantenimiento de la vida planetaria.
Los autores del estudio reunieron información procedente de 322 investigaciones científicas realizadas en diversos continentes, analizaron más de 16,000 muestras individuales de suelo y construyeron una base de datos integrada por más de 4,100 muestras georreferenciadas. Posteriormente utilizaron técnicas de aprendizaje automático, robótica de precisión e imágenes de alta resolución para elaborar el primer mapa global de la densidad de las redes de hongos micorrícicos arbusculares.
Lo que descubrieron parece una de esas revelaciones que obligan a mirar nuevamente el mundo.
Bajo cada bosque, cada pradera, cada sabana y cada terreno cultivado existe una inmensa red de filamentos microscópicos llamados hifas. Estas estructuras pertenecen a hongos que viven asociados a las raíces de la mayoría de las plantas terrestres.
A través de ellas circulan nutrientes, agua y carbono en un intercambio permanente que beneficia simultáneamente a plantas y hongos.
Las raíces reciben minerales esenciales que de otro modo serían difíciles de obtener; los hongos reciben carbono producido mediante la fotosíntesis.
La imagen que surge de esta investigación es extraordinaria.
El suelo deja de ser una simple mezcla de partículas minerales y materia orgánica para convertirse en una compleja arquitectura biológica viva.
Debajo de los árboles existe literalmente otro bosque.
Un bosque invisible formado por redes microscópicas que conectan organismos, facilitan intercambios y sostienen la productividad de los ecosistemas.
Los investigadores estiman que estas redes contienen aproximadamente 300 millones de toneladas métricas de carbono almacenadas en los primeros quince centímetros del suelo terrestre.
La cifra convierte a los hongos micorrícicos en uno de los grandes reservorios biológicos de carbono del planeta.
Más aún, las plantas transfieren anualmente cerca de 1,000 millones de toneladas de carbono a estas redes subterráneas, demostrando que una parte significativa del carbono capturado desde la atmósfera termina circulando por esta infraestructura biológica oculta.
La importancia de este hallazgo trasciende la biología y alcanza directamente el debate contemporáneo sobre el cambio climático.
Durante décadas la atención se ha concentrado principalmente en los bosques, las emisiones industriales y los océanos.
Ahora sabemos que una parte fundamental de la regulación natural del carbono ocurre bajo la superficie terrestre, en un mundo que permanece fuera de la vista de la mayoría de los habitantes del planeta.
El estudio demuestra además que la densidad de las hifas disminuye progresivamente con la profundidad del suelo.
Los investigadores calculan que la concentración se reduce aproximadamente a la mitad a unos cuarenta y siete centímetros de profundidad.
Ello confirma que las capas superficiales del suelo constituyen una zona biológicamente extraordinaria, donde se desarrolla una intensa actividad invisible para nuestros ojos.
Las conclusiones adquieren una dimensión aún más preocupante cuando se examina el impacto de la agricultura moderna.
Los investigadores encontraron que las tierras sometidas a explotación agrícola intensiva presentan una reducción significativa de la densidad de estas redes fúngicas respecto a los ecosistemas naturales.
En consecuencia, disminuye simultáneamente la capacidad del suelo para almacenar carbono y para mantener la fertilidad biológica que sostiene la producción vegetal.
Dicho de otra manera, cada vez que se deterioran estas redes subterráneas no solamente se empobrece el suelo.
También se debilita uno de los mecanismos naturales mediante los cuales la Tierra regula su equilibrio climático.
Pero quizá la enseñanza más profunda de esta investigación no sea ecológica sino filosófica.
La modernidad nos acostumbró a imaginar la naturaleza como una suma de organismos individuales, relativamente independientes entre sí.
Sin embargo, la ciencia contemporánea describe un panorama diferente.
La vida aparece cada vez más como una vasta comunidad de relaciones.
Ninguna planta vive realmente sola.
Ningún bosque es simplemente una colección de árboles.
Ningún ecosistema funciona como una suma mecánica de partes aisladas.
Lo que observamos es una inmensa red de cooperación.
Mientras la inteligencia artificial, la computación avanzada y la robótica dominan los titulares del siglo XXI, una de las investigaciones más importantes de nuestro tiempo nos obliga a dirigir la mirada hacia abajo, hacia la tierra misma.
Allí descubrimos una estructura biológica cuya complejidad rivaliza con muchas de las tecnologías creadas por el ser humano.
No estamos ante una metáfora poética.
Estamos ante una realidad física formada por millones de millones de conexiones microscópicas que sostienen la productividad de los ecosistemas, regulan el carbono atmosférico y contribuyen silenciosamente a mantener las condiciones que hacen posible la vida sobre la Tierra.
Durante siglos contemplamos los árboles sin sospechar que bajo ellos existía otro bosque.
Un bosque invisible.
Un bosque de hongos.
Una vasta arquitectura biológica enterrada bajo nuestros pasos.
Y quizás una de las razones más profundas por las cuales nuestro planeta continúa siendo habitable.
Fuentes:
Stewart, Justin D. et al. Global Density and Biomass of Arbuscular Mycorrhizal Fungal Networks. Science, Vol. 392, 2026.
Materiales suplementarios del estudio: base de datos global construida a partir de 322 investigaciones científicas, más de 16,000 muestras de suelo y más de 4,100 muestras georreferenciadas utilizadas para modelar la distribución mundial de las redes micorrícicas.
Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina (CIESPAL), Diploma de participación de Víctor Grimaldi en el Segundo Curso Internacional de Preparación Básica en Periodismo Científico y Educativo, Quito, Ecuador, 19 de mayo de 1972, Programa Regional de Desarrollo Educativo de la OEA.
