Por José Manuel Jerez
Las recientes elecciones presidenciales celebradas en Colombia han dejado una enseñanza de extraordinaria importancia para la ciencia política latinoamericana y, particularmente, para la República Dominicana de cara a los comicios de 2028: los votos no se transfieren mecánicamente y las encuestas han dejado de ser instrumentos infalibles para predecir el comportamiento final del electorado.
Durante décadas, numerosos estrategas políticos construyeron sus análisis sobre una premisa aparentemente lógica: si un candidato obtenía determinado porcentaje de votos en primera vuelta, bastaba con sumar los votos de los partidos o líderes afines para proyectar el resultado de una eventual segunda vuelta. La realidad colombiana acaba de demostrar que semejante razonamiento constituye una simplificación excesiva de un fenómeno político mucho más complejo.
Las encuestas volvieron a exhibir limitaciones importantes y, más aún, quedó evidenciado que los electores de diferentes corrientes ideológicas no se comportan como masas homogéneas sujetas a las decisiones de las élites partidarias. El hecho de que los votos obtenidos por Paloma Valencia no se trasladaran automáticamente a Abelardo de la Espriella confirmó que los ciudadanos votan cada vez más por convicción personal, percepción de liderazgo o rechazo hacia determinados candidatos, y no necesariamente obedeciendo las directrices de los partidos o de sus dirigentes.
La política contemporánea ha entrado en una etapa de creciente autonomía del votante. El ciudadano del siglo XXI ya no constituye un militante disciplinado, sino un elector líquido, cambiante y profundamente independiente. Las redes sociales, la crisis de representación de los partidos tradicionales y la personalización del poder han debilitado las antiguas lealtades partidarias. En consecuencia, los llamados «trasvases automáticos» se han convertido en una ficción estadística.
Esa misma realidad podría manifestarse con fuerza en la República Dominicana en 2028. Existen sectores que, desde ahora, elaboran escenarios matemáticos sobre eventuales alianzas de segunda vuelta, suponiendo que los votos de determinadas organizaciones políticas podrían sumarse automáticamente a uno u otro candidato. Sin embargo, la experiencia comparada demuestra que tales operaciones aritméticas suelen ignorar el factor más importante de todos: la voluntad individual del elector.
La militancia partidaria no es un rebaño electoral. Los ciudadanos poseen identidad propia, resentimientos acumulados, simpatías particulares y percepciones específicas sobre los candidatos. Una dirigencia puede pactar; una cúpula partidaria puede emitir una línea política; pero nadie puede garantizar que millones de personas votarán disciplinadamente siguiendo las instrucciones de sus líderes. La historia electoral está llena de acuerdos entre élites que terminaron fracasando frente a la libertad soberana del votante.
De ahí que constituya un error estratégico construir escenarios políticos basados exclusivamente en sumatorias de porcentajes. La verdadera política no se mueve en el terreno de la aritmética, sino en el de la psicología colectiva. Los electores pueden abstenerse, votar en blanco, dividirse, migrar hacia otra opción o simplemente castigar decisiones adoptadas por las dirigencias partidarias.
En el caso dominicano, esta reflexión adquiere especial relevancia. Nada garantiza que una eventual decisión de cualquier partido de respaldar al oficialismo en una segunda vuelta implique el traslado automático de la totalidad de sus votos. Por el contrario, una parte significativa de sus simpatizantes podría actuar en sentido distinto, abstenerse o incluso castigar una alianza considerada contraria a sus convicciones. La obediencia política absoluta pertenece más a los regímenes autoritarios que a las democracias modernas.
Las elecciones colombianas constituyen, por tanto, una advertencia para quienes reducen la política a simples ejercicios de calculadora. Los porcentajes electorales no son propiedades transferibles ni patrimonio de las dirigencias partidarias. Los votos tienen dueño. Y ese dueño no es el partido, ni el candidato, ni las cúpulas políticas. El dueño del voto es el ciudadano.
Por eso, cuando llegue el momento decisivo de 2028 en la República Dominicana, las operaciones matemáticas podrían estrellarse contra la realidad sociológica. Las encuestas podrán equivocarse; las alianzas podrán firmarse; las dirigencias podrán hacer llamados; pero será el elector dominicano, libre y soberano, quien tendrá la última palabra.
La gran lección que deja Colombia es que la democracia no funciona como una ecuación aritmética. La voluntad popular posee una dinámica propia, imprevisible y, precisamente por ello, profundamente democrática. Quienes crean que los votos pueden trasladarse automáticamente de un líder a otro corren el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que la ciudadanía del siglo XXI ha dejado de obedecer y ha comenzado a decidir por sí misma
