
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay canciones que terminan formando parte de nuestra biografía. Basta escucharlas nuevamente para que desaparezcan las décadas y regresen lugares, personas, ilusiones y emociones que creíamos sepultadas por el tiempo.
Me ocurrió ahora al volver a escuchar Non ho l’età, la canción con la que una jovencísima Gigliola Cinquetti ganó el Festival de Sanremo en 1964.
Yo tenía catorce años.
Me ahogaba de emociones con aquella canción.
Cinquetti tenía apenas dieciséis cuando apareció cantando aquella historia sencilla de una muchacha que todavía no se consideraba preparada para el amor. Pedía tiempo. Pedía esperar. Algún día llegaría el momento.
Para un adolescente de aquellos años, semejante sencillez podía resultar profundamente conmovedora.
Pero había además una circunstancia que hoy conviene recordar.
En el Santo Domingo de los años sesenta no existían internet, teléfonos celulares, YouTube ni plataformas digitales. Las canciones viajaban de otra manera.
Viajaban por la radio.
Y Radio Mil transmitía también las canciones italianas de moda.
A través de aquellas emisiones conocíamos melodías e intérpretes que triunfaban en Italia. Sanremo era entonces una formidable fábrica internacional de canciones. Sus éxitos cruzaban rápidamente el Atlántico y llegaban a América Latina.
Domenico Modugno había conquistado el mundo con Nel blu dipinto di blu, la inolvidable Volare. Después escuchábamos a Bobby Solo, Gigliola Cinquetti y muchos otros artistas italianos.
Italia estaba lejos geográficamente, pero sus canciones podían sentirse muy cerca desde un radio encendido en Santo Domingo.
Cuatro años después de aquel Sanremo de 1964, nuestra propia ciudad comenzó a vivir una experiencia musical extraordinaria.
En noviembre de 1968 se celebró el Primer Festival de la Canción Dominicana.
Allí apareció una composición de Rafael Solano destinada a recorrer el mundo: Por amor.
La cantó Niní Cáffaro.
Y ganó.
Aquella canción demostraría que desde Santo Domingo también podía surgir una melodía capaz de atravesar fronteras, idiomas y generaciones.
Pero para mí existe otro recuerdo particularmente entrañable.
En 1969 llegó el Segundo Festival de la Canción Dominicana.
La canción triunfadora fue Habrá un nuevo mundo, de Danny de León, interpretada por July Morales.
Yo tenía diecinueve años y comenzaba mi vida periodística.
Me correspondió redactar para El Nacional la noticia sobre Habrá un nuevo mundo.
Cuando pienso ahora en ello encuentro una coincidencia que entonces naturalmente no podía advertir.
Cinco años antes era un adolescente escuchando emocionado Non ho l’età.
Ahora estaba en la redacción de un periódico escribiendo la noticia sobre una canción ganadora.
Había pasado, casi sin darme cuenta, de escuchar las canciones por la radio a escribir sobre ellas en un periódico.
De escuchar la noticia a redactar la noticia.
Comenzaba así una relación con el periodismo que habría de acompañarme durante décadas y que me permitiría contemplar acontecimientos políticos, sociales e internacionales que aquel muchacho de diecinueve años difícilmente hubiera podido imaginar.
Después vendrían muchas cosas.
Vendrían libros, investigaciones históricas, responsabilidades públicas, viajes y finalmente la diplomacia.
Vendría también Roma.
Y aquella Italia que había entrado tempranamente en mi imaginación a través de sus canciones terminaría ocupando muchos años de mi vida.
La memoria tiene sus misterios.
Podemos olvidar acontecimientos aparentemente importantes y, sin embargo, conservar intacta una melodía escuchada durante la adolescencia.
Bastan unas notas.
Y regresan el radio, la casa, las calles de Santo Domingo, los amigos, las primeras emociones y aquel mundo de los años sesenta.
En mi memoria musical permanecen así tres estaciones.
1964: Gigliola Cinquetti y Non ho l’età.
1968: Niní Cáffaro y Por amor.
1969: July Morales y Habrá un nuevo mundo.
En la primera yo escuchaba.
En la segunda, Santo Domingo descubría la fuerza internacional que podía alcanzar una canción dominicana.
En la tercera, yo ya escribía.
Han pasado más de cincuenta años.
El mundo que conocíamos cambió profundamente. También cambió la música y desapareció aquella radio que obligaba a esperar para escuchar nuevamente la canción que nos gustaba.
Pero algunas melodías sobrevivieron.
Quizás porque las canciones verdaderamente importantes no permanecen solamente en los discos.
Permanecen dentro de nosotros.
Y cuando vuelven a sonar, por unos minutos también nosotros volvemos a tener catorce, dieciocho o diecinueve años.
Regresa Santo Domingo.
Regresa Radio Mil.
Regresa Sanremo.
Y regresa aquel joven periodista que, en 1969, escribía para El Nacional la noticia de una canción cuyo título parecía anunciar todo lo que todavía tenía por delante:
Habrá un nuevo mundo.
