Por José Manuel Jerez
Contrario a lo que ha ocurrido en diversos países de América Latina, donde el desgaste de las organizaciones tradicionales ha terminado abriendo paso al surgimiento de liderazgos disruptivos y fenómenos antisistema, la República Dominicana parece encaminarse hacia una realidad distinta. Lejos de evidenciar síntomas de colapso, el sistema de partidos dominicano muestra señales de renovación y fortalecimiento institucional, particularmente a partir de la consolidación de la Fuerza del Pueblo y del liderazgo ejercido por el expresidente Leonel Fernández.
La experiencia comparada demuestra que los outsiders no emergen de la nada. Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador fueron el resultado de una profunda crisis de representación, de la pérdida de credibilidad de las élites tradicionales y del agotamiento de los partidos históricos. Cuando las estructuras políticas dejan de interpretar las demandas de la sociedad y los liderazgos pierden capacidad de generar confianza y esperanza, la ciudadanía comienza a buscar respuestas fuera del sistema. La irrupción de figuras antisistema es, en gran medida, la consecuencia de la decadencia de las instituciones partidarias.
Sin embargo, el caso dominicano presenta características diferentes. A pesar de las tensiones propias de toda democracia, las principales fuerzas políticas continúan conservando capacidad de movilización y arraigo territorial. Pero, sobre todo, la aparición y consolidación de la Fuerza del Pueblo ha contribuido a revitalizar la competencia política y a impedir la formación de vacíos de liderazgo, que históricamente han sido el terreno fértil para la aparición de alternativas de ruptura.
La Fuerza del Pueblo constituye un fenómeno singular en el contexto latinoamericano. En apenas unos años, una organización nacida en circunstancias adversas logró convertirse en una de las principales fuerzas políticas nacionales, construir una estructura de alcance nacional y consolidarse como una opción real de poder. Lejos de erosionar el sistema de partidos, su surgimiento ha enriquecido el pluralismo democrático y ha fortalecido la dinámica de la competencia electoral.
Pero más importante aún ha sido la permanencia de un liderazgo de indiscutible gravitación política como el de Leonel Fernández. En una época caracterizada por la volatilidad electoral y por la creciente personalización de la política, el expresidente de la República continúa siendo una de las pocas figuras con capacidad para articular visiones estratégicas de largo plazo, generar confianza en amplios sectores de la población y mantener cohesionado un proyecto político con vocación de gobierno.
No es casual que, en los países donde han triunfado los outsiders, previamente se haya producido una crisis de liderazgo. La ausencia de figuras con experiencia, capacidad de comunicación y credibilidad terminó siendo ocupada por dirigentes que se presentaron como enemigos del sistema. En la República Dominicana, por el contrario, la existencia de un liderazgo consolidado como el de Leonel Fernández y el fortalecimiento organizativo de la Fuerza del Pueblo actúan como factores de estabilidad institucional y de preservación del sistema democrático de partidos.
De ahí que figuras que en otros contextos podrían aspirar a canalizar el voto de protesta —como ocurrió en distintos momentos con Guillermo Moreno, Ramfis Domínguez Trujillo o Roque Espaillat, “El Cobrador”— no hayan encontrado las condiciones objetivas para transformarse en fenómenos políticos de gran magnitud. Incluso la enorme influencia mediática y digital de Santiago Matías, Alofoke, aunque indiscutible, tendría que enfrentarse a una realidad política marcada por la existencia de organizaciones estructuradas y liderazgos con amplia legitimidad y experiencia.
El elemento decisivo en política no es únicamente el liderazgo, sino también el timing histórico. Los outsiders prosperan cuando coinciden simultáneamente la fatiga social, la ausencia de referentes políticos y el descrédito de las instituciones. Pero cuando existen partidos capaces de renovarse y líderes con capacidad de interpretar las aspiraciones colectivas, las sociedades tienden a preferir alternativas de cambio dentro del propio sistema, antes que aventuras de carácter antisistema.
Precisamente, uno de los aportes más relevantes de la Fuerza del Pueblo al escenario político nacional ha sido ofrecer una opción de cambio y de alternancia sin necesidad de romper con el modelo democrático ni con el sistema de partidos. Su crecimiento ha permitido canalizar las expectativas de amplios sectores sociales dentro del marco institucional, evitando así que el desencanto ciudadano derive en expresiones de radicalismo o de rechazo al orden político existente.
Por esa razón, la gran pregunta de cara al 2028 no es si la República Dominicana está destinada a tener su propio Javier Milei o su propio Nayib Bukele. La cuestión realmente trascendental es si las fuerzas políticas tradicionales serán capaces de continuar renovándose y fortaleciendo su vínculo con la sociedad. En ese contexto, la existencia de una Fuerza del Pueblo vigorosa y de un liderazgo experimentado como el de Leonel Fernández constituye un factor de estabilidad y una garantía de que el cambio político pueda producirse dentro de las instituciones y no contra ellas.
Al final, la historia enseña que las democracias más sólidas no son aquellas inmunes a las crisis, sino aquellas que poseen partidos capaces de reinventarse y líderes con suficiente visión para interpretar las transformaciones de su tiempo. En la República Dominicana, todo parece indicar que esa capacidad de renovación existe. Y en gran medida, ello explica por qué, lejos de incubar un fenómeno antisistema, el país parece encaminarse hacia una competencia política donde la alternancia y el cambio continuarán produciéndose dentro de los cauces institucionales y bajo el liderazgo de figuras con experiencia de Estado, como Leonel Fernández.
