Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Uno de los detalles más conocidos de la Pasión de Jesucristo es el momento en que, agonizando en la cruz, recibe una bebida ácida antes de pronunciar sus últimas palabras.

Durante siglos, muchas representaciones artísticas y explicaciones populares han dado por sentado que aquella bebida era la posca, el modesto refresco consumido habitualmente por los soldados romanos.
Sin embargo, un examen cuidadoso de las fuentes obliga a distinguir entre lo que realmente dicen los Evangelios y las hipótesis elaboradas posteriormente por los historiadores.
Los cuatro Evangelios canónicos narran el episodio.
Mateo (27:48), Marcos (15:36), Lucas (23:36) y Juan (19:28-30) coinciden en afirmar que a Jesús se le ofreció una bebida denominada en griego ὄξος (oxos).
Ese término significa literalmente “vino agrio”, “vino avinagrado” o “vino ácido”.
Ninguno de los evangelistas emplea la palabra latina posca, ni identifica expresamente la bebida con la ración ordinaria de los soldados romanos.
Esta diferencia, aparentemente menor, resulta fundamental desde el punto de vista histórico.
Los Evangelios describen el hecho, pero no especifican la naturaleza exacta de la bebida más allá de llamarla oxos. Por ello, afirmar categóricamente que Jesús bebió posca supone ir más allá del texto bíblico.
Es cierto que numerosos especialistas consideran perfectamente plausible esa identificación.
La posca era una bebida preparada mezclando agua con vino agrio o con vinagre de vino.
Constituía una ración económica, refrescante y relativamente segura para el consumo diario del ejército romano.
Autores clásicos como Catón el Viejo, Plinio el Viejo y Vegecio describen su utilización habitual entre las tropas romanas.
Ese contexto histórico explica por qué muchos investigadores consideran razonable pensar que el oxos mencionado por los Evangelios pudiera corresponder precisamente a esa bebida.
Sin embargo, una hipótesis histórica, por sólida que parezca, no equivale a una prueba documental.
Los Evangelios nunca afirman que se tratara de posca.
Del mismo modo que tampoco dicen que fuera vinagre puro semejante al que hoy utilizamos en la cocina.
La realidad es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más rigurosa: el texto habla únicamente de una bebida agria o avinagrada.
Existe además otro detalle que suele olvidarse.
Mateo y Marcos distinguen claramente dos momentos diferentes durante la crucifixión.
Al inicio del suplicio, a Jesús se le ofrece vino mezclado con hiel, según Mateo, o vino mezclado con mirra, según Marcos.
Él rechaza esa bebida. Más tarde, cuando la muerte ya es inminente, recibe el oxos, antes de pronunciar las palabras finales.
Se trata, por tanto, de dos episodios distintos que con frecuencia son confundidos.
Las diferencias entre los evangelistas enriquecen, además, el relato.
Mateo y Marcos indican que la esponja fue colocada sobre una caña.
Juan describe una esponja empapada en vino agrio colocada sobre una rama de hisopo, detalle que numerosos exegetas consideran cargado de simbolismo, al evocar el hisopo utilizado durante la Pascua judía para asperjar la sangre del cordero sacrificado, según el libro del Éxodo.
Otros investigadores consideran que podría tratarse de una variedad vegetal distinta o de un manojo de ramas suficientemente largo para alcanzar la boca del crucificado.
Ninguna de estas interpretaciones altera el hecho principal: el Evangelio continúa hablando simplemente de oxos.
La cronología tampoco presenta grandes controversias.
Poncio Pilato gobernó la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C., como lo confirman las fuentes romanas y judías, entre ellas Flavio Josefo y Tácito.
La mayoría de los historiadores sitúa la crucifixión de Jesús alrededor del año 30 d.C., aunque otros la ubican en el año 33 d.C..
Ambas fechas son reconstrucciones históricas basadas en datos cronológicos y astronómicos, no afirmaciones explícitas de los Evangelios.
En una época dominada por las redes sociales, donde las simplificaciones suelen imponerse a la investigación histórica, este episodio constituye un buen ejemplo de la necesidad de distinguir entre el texto original y las interpretaciones posteriores.
Decir que Jesús bebió posca puede ser una posibilidad históricamente razonable, pero no puede presentarse como un hecho demostrado.
Del mismo modo, afirmar que bebió vinagre puro en el sentido moderno del término tampoco responde con precisión al significado del griego oxos.
La fuerza del relato evangélico no depende del nombre exacto de aquella bebida, sino del profundo significado del momento.
En medio del sufrimiento extremo, los evangelistas conservaron un detalle que conecta el drama de la Pasión con la realidad cotidiana del mundo romano.
Precisamente por ello conviene respetar el texto tal como fue escrito y evitar atribuirle afirmaciones que nunca formuló.
La historia y la fe coinciden aquí en una misma lección metodológica: distinguir siempre entre lo que las fuentes dicen expresamente y aquello que los investigadores reconstruyen con mayor o menor probabilidad.
Esa diferencia constituye la esencia misma del trabajo histórico y la mejor garantía de fidelidad tanto a los documentos como a la verdad.
Fuentes: Evangelios de Mateo 27:34 y 27:48; Marcos 15:23 y 15:36; Lucas 23:36; Juan 19:28-30; Flavio Josefo, Antigüedades judías y La guerra de los judíos; Tácito, Anales XV, 44; Catón el Viejo, De Agri Cultura; Plinio el Viejo, Historia Natural; Vegecio, Epitoma Rei Militaris; Raymond E. Brown, The Death of the Messiah; Joachim Jeremias, Jerusalem in the Time of Jesus; The Anchor Yale Bible Dictionary.
