
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay obras de arte cuya historia pertenece a la humanidad, pero que, por circunstancias inesperadas, terminan cruzándose también con nuestra propia vida.
Eso me ocurre con la Pietà de Miguel Ángel.
Este 27 de agosto recordé que exactamente un día como hoy, en 1498, el joven Michelangelo Buonarroti firmó el que daría origen a una de las esculturas más extraordinarias de todos los tiempos.

Pero al leer nuevamente aquella historia recordé también otra, mucho más cercana: una reproducción de la Pietà perteneciente a los Museos Vaticanos viajó desde Roma hasta Santo Domingo en 2011, por barco, para ser exhibida en la Feria Internacional del Libro, cuando la Santa Sede fue Invitada de Honor.

Y años después volví a encontrar aquella escultura en el Vaticano.
Un contrato firmado en 1498
El 27 de agosto de 1498, Miguel Ángel tenía apenas veintitrés años.
En presencia del banquero romano Jacopo Galli se formalizó el encargo realizado por el cardenal francés Jean de Bilhères de Lagraulas, representante diplomático del rey de Francia ante la corte pontificia.
El cardenal quería una Pietà: la Virgen María sosteniendo sobre sus piernas el cuerpo muerto de Jesucristo después de ser descendido de la Cruz.

Era un tema religioso especialmente difundido en Europa central, pero Miguel Ángel lo transformaría en algo universal.
El artista recibió un bloque de mármol de Carrara.
Y del mármol hizo surgir el dolor de una Madre.
La obra estuvo terminada aproximadamente un año después y fue destinada inicialmente a la capilla de Santa Petronila, vinculada a la antigua basílica de San Pedro y relacionada con la comunidad francesa en Roma.

Nadie podía imaginar entonces que aquel joven florentino acababa de producir una de las imágenes que definirían para siempre el Renacimiento.
Una Madre demasiado joven
Cuando contemplamos la Pietà, algo llama inmediatamente la atención.
María parece extraordinariamente joven.
Es evidente que Miguel Ángel no pretendía representar simplemente la edad histórica que habría tenido la Virgen en el momento de la muerte de Jesús. Quería expresar algo distinto.
Su juventud habla de pureza, de belleza espiritual y de una maternidad que trasciende el envejecimiento humano.
Pero existe otro elemento todavía más poderoso.
Cristo es un hombre adulto y, sin embargo, vuelve a descansar sobre el regazo de su Madre.
La escena de Belén parece reaparecer dramáticamente en el Calvario.
María había recibido al Niño recién nacido entre sus brazos.
Ahora recibe nuevamente a su Hijo.
Pero está muerto.
Miguel Ángel consigue que el mármol exprese algo que parecería imposible: ternura, peso, abandono, sufrimiento y silencio.
No hay desesperación teatral.
Hay dolor contenido.
La única firma de Miguel Ángel
La Pietà posee además una singularidad extraordinaria.
Es la única obra que Miguel Ángel firmó.
Sobre la banda que atraviesa el pecho de María puede leerse su nombre:
MICHAEL ANGELVS BONAROTVS FLORENT FACIEBAT.
Miguel Ángel Buonarroti, florentino, la hizo.
La escultura permaneció siempre vinculada a San Pedro, aunque cambió varias veces de ubicación mientras la antigua basílica desaparecía y surgía el grandioso templo que conocemos actualmente.
Desde 1749 ocupa la primera capilla de la nave derecha.
Solamente abandonó excepcionalmente el Vaticano en el siglo XX.
Fue enviada a Estados Unidos para la Exposición Universal de Nueva York de 1964-1965.
Después regresó a Roma.
Y allí permanecería.
El martillazo de 1972
La historia de la Pietà conoció también un momento dramático.
El 21 de mayo de 1972, día de Pentecostés, un hombre llamado Laszlo Toth atacó la escultura con un martillo.
Los golpes dañaron gravemente a la Virgen, particularmente el rostro y el brazo.
Fue una conmoción mundial.
Los especialistas de los Museos Vaticanos emprendieron entonces una extraordinaria restauración, utilizando incluso fragmentos recuperados después del ataque.
Desde entonces, la obra original permanece protegida detrás de un grueso cristal.
Millones de peregrinos entran cada año en San Pedro y, apenas cruzan las puertas de la basílica, se dirigen hacia aquella primera capilla de la derecha.
Allí continúa María sosteniendo a Cristo.
De Roma a Santo Domingo
Pero existe una pequeña historia dominicana de la Pietà que merece ser recordada.
En 2011, durante mis años como embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede, el Vaticano participó como Invitado de Honor en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo.
Aquello significaba mucho más que instalar un pabellón.
Había que presentar en la Plaza de la Cultura una muestra capaz de expresar la extraordinaria tradición histórica, religiosa, bibliográfica y artística de la Santa Sede.
Entre las piezas seleccionadas se encontraba una reproducción de la Pietà perteneciente a los Museos Vaticanos.
Había un problema evidente.
Una escultura de esas dimensiones no podía simplemente colocarse en un avión como cualquier equipaje.
Fue enviada desde Roma a Santo Domingo por barco.
La Pietà cruzó nuevamente el océano Atlántico.
No era, naturalmente, el mármol original que permanece en San Pedro. Era una reproducción perteneciente al ámbito de los Museos Vaticanos, pero permitía al público dominicano acercarse a la composición de Miguel Ángel de una manera imposible mediante una simple fotografía.
Fue instalada en la Plaza de la Cultura.
Conservo una fotografía de aquella exposición.
La reproducción aparece dominando el espacio y, detrás de ella, puede verse una gran imagen del papa Benedicto XVI, junto a una referencia de L’Osservatore Romano.
Es una imagen que hoy tiene para mí un significado histórico y sentimental.
Siete años después
Pasó el tiempo.
En junio de 2018, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de Su Santidad, ofreció su cena anual a los embajadores acreditados ante la Santa Sede.
Después de aquella cena nos encontrábamos en los Museos Vaticanos.
Y allí estaba nuevamente la Pietà.
Aquella reproducción que inmediatamente me devolvía a Santo Domingo.
Nos hicimos fotografías junto a ella. En una aparezco acompañado por otros embajadores y sus esposas. En otra estoy frente a la escultura.
Para cualquier persona que contemplara aquella escena era simplemente un diplomático fotografiándose junto a una reproducción de una obra maestra.
Para mí era diferente.
Yo había visto aquella Pietà viajar a mi país.
La había visto formar parte de una extraordinaria presencia cultural de la Santa Sede en Santo Domingo.
Y ahora, siete años después, volvía a encontrarla en Roma.
Era como cerrar un círculo:
Roma–Santo Domingo–Roma.
Del mármol a la memoria
Las obras de arte tienen una característica que frecuentemente olvidamos: sobreviven a quienes las encargan, a quienes las realizan y a quienes las contemplamos.
Jean de Bilhères murió.
Alejandro VI murió.
Miguel Ángel murió.
Desapareció la antigua basílica de San Pedro.
Cayeron imperios, nacieron repúblicas, hubo guerras y revoluciones.
La Pietà permaneció.
El original continúa en San Pedro y sus reproducciones han llevado su imagen por el mundo.
Una de ellas llegó también a Santo Domingo.
Por eso, cuando este 27 de agosto recuerdo aquel contrato firmado en Roma en 1498, inevitablemente pienso también en 2011 y en 2018.
Pienso en aquel joven Miguel Ángel enfrentándose a un bloque de mármol.
Pienso en una reproducción de su obra atravesando el Atlántico en un barco rumbo a la República Dominicana.
Pienso en los dominicanos que pudieron contemplarla durante la Feria del Libro.
Y pienso finalmente en aquella noche de junio de 2018, después de la cena ofrecida por el cardenal Parolin, cuando volví a encontrarla en los Museos Vaticanos.
Han pasado más de cinco siglos desde aquel contrato.
Y todavía una Madre sostiene a su Hijo muerto.
Quizás allí esté el verdadero secreto de la Pietà.
Miguel Ángel no esculpió solamente la muerte.
Esculpió el amor de una Madre que continúa sosteniendo al Hijo incluso cuando todo parece haber terminado.
Y por eso aquel mármol de 1498 todavía habla.
También habló, durante unos días, en Santo Domingo.
