
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La inteligencia artificial, el afán de lucro y una contradicción que puede cambiar el sistema económico.
Durante dos siglos, el capitalismo moderno descansó sobre una relación contradictoria pero indispensable entre el capital y el trabajo.
El empresario necesitaba inversión, maquinaria, materias primas y tecnología, pero necesitaba también trabajadores capaces de producir bienes y servicios.
El trabajador, por su parte, necesitaba el salario para sostener a su familia, consumir, pagar impuestos y participar en la vida económica.
De esa relación surgió buena parte de la estructura de las sociedades contemporáneas: el capital financiaba la producción, el trabajo recibía salarios, los salarios alimentaban el consumo, el consumo sostenía la demanda y la demanda permitía nuevas ganancias e inversiones.
Nunca fue un mecanismo armonioso ni exento de desigualdades, pero durante mucho tiempo funcionó sobre una condición fundamental: el capitalismo necesitaba trabajadores porque también necesitaba consumidores.
La inteligencia artificial puede comenzar a romper esa relación.
Ese es, probablemente, uno de los aspectos más importantes del debate contemporáneo y, sin embargo, no siempre se formula con suficiente claridad.
La gran pregunta no es únicamente hasta dónde podrán llegar las máquinas, sino qué ocurrirá con el sistema económico cuando una parte creciente de las tareas productivas, administrativas, intelectuales y técnicas pueda realizarse con una cantidad mucho menor de trabajo humano.
Si las empresas descubren que pueden producir más con menos personas, aumentar sus beneficios y reducir costos sustituyendo trabajo por inteligencia artificial y robótica, entonces el propio mecanismo competitivo del capitalismo empujará en esa dirección.
Por eso resultan significativas las recientes advertencias de Bill Gates.
No estamos hablando de un pensador anticapitalista, ni de un dirigente sindical, ni de un crítico tradicional de las grandes corporaciones.
Estamos hablando de uno de los hombres que contribuyeron directamente a construir la revolución informática moderna y que acumuló una de las mayores fortunas del mundo gracias a ella.
Cuando alguien con esa trayectoria advierte que la inteligencia artificial avanza más rápidamente de lo previsto y que muchas empresas tecnológicas minimizan públicamente los riesgos porque hay cantidades extraordinarias de dinero en juego, conviene prestar atención.
Gates plantea una cuestión que afecta directamente al corazón del sistema.
Una empresa introduce inteligencia artificial, automatiza procesos y logra reducir costos.
Sus competidores observan esa ventaja y reciben inmediatamente una presión para hacer lo mismo.
Si no automatizan, pierden margen de beneficio, capacidad de inversión y eventualmente mercado.
La decisión deja entonces de ser estrictamente voluntaria. La empresa que quisiera avanzar con mayor prudencia podría ser castigada por la propia competencia.
En ese contexto, la automatización se convierte en una carrera en la que nadie desea ser el primero en detenerse.
No necesariamente porque todos los empresarios deseen destruir empleos, sino porque el mercado recompensa a quienes reducen costos y castiga a quienes quedan rezagados.
Aquí aparece la primera gran contradicción. La inteligencia artificial no siente codicia, no desea enriquecerse y no aspira al poder.
Sin embargo, está siendo desarrollada y desplegada dentro de un sistema económico impulsado por incentivos humanos muy antiguos: el afán de lucro, la competencia y la acumulación.
Detrás de los grandes modelos de inteligencia artificial existen inversiones gigantescas en centros de datos, redes eléctricas, semiconductores, servidores, infraestructura de comunicaciones y personal científico altamente especializado.
Todo ese capital necesita producir rendimiento. Las compañías que comprometen centenares de miles de millones de dólares no lo hacen simplemente para admirar las posibilidades de una nueva tecnología.
Deben encontrar aplicaciones capaces de generar beneficios, reducir costos, aumentar productividad y conquistar mercados.
Por eso quizá la pregunta correcta no sea solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué tendrá que hacer para justificar todo el dinero que estamos invirtiendo en ella.
Y una de las respuestas más evidentes será sustituir determinadas formas de trabajo humano.
La historia de la tecnología ha estado siempre vinculada a la productividad.
La máquina de vapor multiplicó la capacidad industrial; la electricidad transformó las fábricas; el automóvil revolucionó el transporte; las computadoras y luego internet modificaron profundamente la organización económica.
Pero la inteligencia artificial introduce una diferencia decisiva: ya no estamos hablando únicamente de sustituir fuerza física o tareas repetitivas.
Estamos comenzando a automatizar capacidades intelectuales.
La inteligencia artificial puede redactar documentos, traducir, programar, clasificar información, analizar contratos, diseñar imágenes, organizar datos, responder consultas, producir informes, realizar diagnósticos preliminares y ejecutar numerosas actividades que durante mucho tiempo fueron consideradas exclusivamente humanas.
Y a medida que avance la robótica, esa inteligencia podrá incorporarse también a tareas físicas.
El trabajador dejará entonces de competir solamente con otro trabajador más barato o con una máquina especializada.
Puede terminar compitiendo contra sistemas que funcionan permanentemente, procesan enormes cantidades de información y realizan simultáneamente miles de tareas.
Desde el punto de vista de una empresa individual, la tentación es enorme.
Imaginemos una compañía que emplea diez mil personas y descubre que, gracias a la inteligencia artificial, puede mantener o incluso aumentar su producción utilizando solamente tres mil.
El ahorro en salarios, oficinas, seguros, vacaciones, contribuciones sociales y gastos administrativos puede ser considerable.
Los márgenes mejoran, las acciones suben y los inversionistas celebran.
Los ejecutivos reciben mejores resultados y la competencia toma nota.
Lo que individualmente aparece como una decisión perfectamente racional comienza, sin embargo, a producir un problema cuando miles de empresas toman simultáneamente la misma decisión.
Porque las máquinas producen, pero no consumen.
Un sistema automatizado puede fabricar millones de automóviles, pero no compra automóviles.
Puede producir alimentos, pero no come.
Puede construir viviendas, pero no necesita una casa.
Puede escribir novelas, diseñar zapatos o gestionar hoteles, pero no compra libros, no usa zapatos y no se va de vacaciones.
El consumo continúa siendo una actividad humana. Y si millones de seres humanos pierden sus empleos, reducen sus salarios o viven en una situación de creciente inseguridad económica, entonces disminuye también su capacidad de comprar los bienes y servicios que la nueva economía automatizada será capaz de producir en cantidades extraordinarias.
Ese es el núcleo de la contradicción.
El capitalismo podría alcanzar el máximo histórico de su capacidad productiva precisamente cuando comienza a debilitar la capacidad adquisitiva de una parte importante de la población.
Podríamos encontrarnos ante una economía capaz de producir muchísimo más utilizando muchísimo menos trabajo humano, pero con millones de personas que no disponen de ingresos suficientes para participar plenamente en ese nuevo mundo de abundancia.
La crisis, entonces, no sería de producción. Sería de distribución.
La cuestión fiscal es igualmente importante. Los Estados modernos dependen en gran medida del trabajo humano.
Millones de asalariados pagan impuestos sobre la renta, cotizan a los sistemas de seguridad social, financian pensiones y contribuyen directa o indirectamente al sostenimiento de numerosos servicios públicos.
Cuando un trabajador es sustituido por una máquina, desaparecen también parte de esas contribuciones.
La paradoja es evidente: la automatización puede aumentar la necesidad de protección social precisamente mientras disminuyen algunas de las fuentes tradicionales utilizadas para financiarla.
Por eso Gates ha planteado la posibilidad de reconsiderar la relación tributaria entre trabajo, capital, robots e inteligencia artificial. El asunto merece atención.
Actualmente una empresa que contrata trabajadores asume una serie de costos fiscales y sociales.
Sin embargo, la inversión tecnológica que permite sustituirlos puede recibir determinadas ventajas tributarias o ser tratada simplemente como una inversión productiva.
El sistema termina, en ciertos casos, haciendo más atractivo sustituir trabajo humano que conservarlo. De ahí que algunos economistas y dirigentes tecnológicos consideren cada vez más seriamente la posibilidad de gravar determinadas formas de automatización y utilizar esos recursos para financiar capacitación, transición laboral, seguridad social y apoyo a los sectores afectados.
La discusión conduce inevitablemente a una pregunta que hasta hace poco parecía propia de la ciencia ficción: ¿puede existir un capitalismo que necesite cada vez menos trabajadores?
Naturalmente, el trabajo humano no desaparecerá completamente.
Siempre existirán actividades donde la presencia, el juicio, la responsabilidad, la creatividad o la relación humana seguirán siendo indispensables.
Pero el problema no es la desaparición absoluta del trabajo.
El problema es su reducción relativa y la posibilidad de que una parte creciente de la riqueza sea producida por sistemas automatizados propiedad de un grupo relativamente pequeño de empresas y accionistas.
Si eso ocurre, la cuestión decisiva será quién posee las máquinas, los algoritmos, los centros de datos y los modelos capaces de producir esa riqueza.
Una sociedad donde la inteligencia artificial multiplique la productividad podría convertirse en una sociedad extraordinariamente próspera.
Podríamos trabajar menos horas, eliminar tareas peligrosas y repetitivas, mejorar la medicina, ampliar la educación y aumentar el bienestar general. Pero también podría ocurrir algo muy diferente: que la productividad aumente mientras la riqueza se concentre cada vez más en quienes poseen el capital tecnológico.
Por eso estamos entrando en una economía donde el problema fundamental puede dejar de ser la escasez.
Durante miles de años la humanidad luchó por producir suficientes alimentos, viviendas, medicamentos, energía y bienes materiales.
La inteligencia artificial y la automatización podrían reducir radicalmente el costo de producir muchas de esas cosas.
Sin embargo, una economía de abundancia no garantiza automáticamente una sociedad justa.
Podemos tener enormes capacidades productivas y, al mismo tiempo, enormes desigualdades.
Podemos producir mucho y distribuir mal.
Podemos ser tecnológicamente ricos y socialmente pobres.
En este punto reaparece, inevitablemente, una vieja pregunta de la economía política: quién es propietario del capital.
No hace falta convertirse en marxista para reconocer que Marx comprendió una parte importante del problema cuando observó la tendencia del capital a sustituir trabajo y concentrarse.
Él pensaba en las máquinas industriales del siglo XIX y no podía imaginar computadoras capaces de escribir, diagnosticar, programar, traducir o investigar.
Pero la pregunta que formuló sobre la relación entre capital, trabajo y propiedad reaparece ahora desde un lugar inesperado: Silicon Valley.
Eso no significa que las viejas soluciones socialistas del siglo XX ofrezcan necesariamente una respuesta adecuada. Los sistemas de planificación centralizada demostraron también enormes problemas de burocracia, ineficiencia, concentración política, falta de innovación y restricción de libertades.
El desafío de nuestro tiempo quizá no consista en repetir la discusión entre capitalismo y comunismo, sino en imaginar una economía de mercado capaz de sobrevivir a una transformación tecnológica que altera profundamente la relación histórica entre trabajo, ingreso y propiedad.
El capitalismo ya ha tenido que reformarse otras veces para sobrevivir.
El capitalismo industrial del siglo XIX no es el mismo que conocemos hoy. Fue necesario introducir legislación laboral, limitar jornadas, eliminar el trabajo infantil, reconocer sindicatos, crear sistemas de pensiones, establecer impuestos progresivos, construir sistemas públicos de educación y regular monopolios.
Muchas de esas reformas fueron resistidas inicialmente por sectores empresariales, pero terminaron fortaleciendo la estabilidad de las propias sociedades capitalistas. La inteligencia artificial puede exigir una transformación semejante.
Tal vez habrá que reducir las jornadas laborales. Tal vez algunos sectores deberán reservar determinadas decisiones a seres humanos.
Tal vez el sistema tributario deberá trasladar gradualmente parte de la carga desde el trabajo hacia el capital automatizado.
Tal vez habrá que crear nuevas formas de participación de los ciudadanos en la riqueza generada por las máquinas.
Y tal vez tengamos que comenzar a separar dos conceptos que durante siglos estuvieron estrechamente vinculados: trabajo e ingreso.
Pero el problema económico es solamente una parte de la cuestión. Existe otra fuerza tan poderosa como el lucro: el poder.
La carrera por la inteligencia artificial no ocurre solamente entre empresas. Ocurre entre Estados Unidos y China, entre grandes corporaciones, entre ejércitos y entre servicios de inteligencia.
La inteligencia artificial puede proporcionar ventajas comerciales, pero también militares, estratégicas y políticas.
Puede utilizarse para desarrollar armas autónomas, organizar ciberataques, multiplicar sistemas de vigilancia, manipular información y ampliar enormemente la capacidad de influencia de gobiernos y corporaciones.
Aquí aparece una segunda carrera en la que tampoco resulta fácil detenerse. Si una empresa reduce el ritmo de desarrollo de inteligencia artificial, teme ser superada por otra.
Si Estados Unidos establece restricciones demasiado fuertes, teme que China avance. Si China se detiene, teme quedar detrás de Estados Unidos. Europa teme convertirse en dependiente de ambos.
Cada actor tiene razones para continuar. El resultado es que el desarrollo tecnológico está siendo impulsado simultáneamente por dos motores extraordinariamente poderosos: el afán de lucro y el afán de poder.
Esa combinación puede ser más peligrosa que la propia tecnología. La historia demuestra que las grandes catástrofes no siempre aparecen porque alguien haya decidido provocarlas. Muchas veces resultan de decisiones individuales aparentemente racionales que, acumuladas, producen un resultado colectivo irracional. Cada empresa quiere proteger su mercado.
Cada inversionista quiere rentabilidad. Cada Estado quiere seguridad. Cada científico quiere avanzar. Cada consumidor quiere mejores servicios. Y todos pueden terminar empujando en la misma dirección sin que exista una institución capaz de decidir dónde conviene detenerse.
Nada de esto significa que la inteligencia artificial sea necesariamente enemiga de la humanidad. Puede convertirse en una de las mayores herramientas de progreso de nuestra historia. Puede ayudar a descubrir medicamentos, mejorar diagnósticos, democratizar la educación, aumentar la productividad, combatir enfermedades, reducir accidentes y ampliar el acceso al conocimiento. El problema no está exclusivamente en la herramienta, sino en las reglas, los incentivos y las estructuras de poder dentro de las cuales esa herramienta será utilizada.
Durante décadas imaginamos el peligro de la inteligencia artificial como una rebelión de las máquinas. Hollywood nos acostumbró a pensar en computadoras que adquirían conciencia, robots que se rebelaban y sistemas que decidían destruir a sus creadores. Tal vez esa imagen nos distrajo de un peligro más sencillo y más real. Puede que las máquinas nunca necesiten rebelarse. Puede que simplemente hagan exactamente aquello que les pidamos: reducir costos, aumentar beneficios, sustituir trabajadores, eliminar competidores, concentrar información, vigilar adversarios y conquistar mercados.
Si algún día llegamos a una situación socialmente insostenible, quizá no será porque la inteligencia artificial haya desarrollado nuestras peores pasiones. Será porque nosotros colocamos esa inteligencia al servicio de ellas.
El afán de lucro.
Y el afán de poder.
La gran pregunta del siglo XXI no será, entonces, si las máquinas llegarán a ser suficientemente inteligentes. Será algo más antiguo y mucho más difícil: si los seres humanos seremos suficientemente inteligentes para ponernos límites a nosotros mismos.
