Por José Manuel Jerez
Hay mentiras políticas que no necesitan inventar los hechos. Les basta con ordenarlos de manera conveniente.
La primera mentira convierte una conveniencia en necesidad. La segunda confunde la unidad de los partidos con la unidad del voto. La tercera es todavía más sofisticada, porque se disfraza de historia: pretende convencernos de que la gran corriente política nacida del pensamiento y la tradición de Juan Bosch se fracturó en 2019 y que, para regresar al poder, necesariamente tiene que reconstruirse aquello que supuestamente fue dividido.
La proposición suele formularse así: «PLD y Fuerza del Pueblo eran una sola cosa; se dividieron; por eso perdieron; y mientras no vuelvan a unirse, el PRM seguirá gobernando».
Suena histórica.
Suena matemática.
Suena incluso sentimentalmente razonable.
Precisamente por eso merece ser sometida a la historia.
Porque cuando la historia dominicana es interrogada, responde algo muy diferente.
Las grandes divisiones políticas de la tradición democrática dominicana no solamente han producido derrotas. También han producido renovación, sustitución, realineamiento y nuevas fuerzas de poder.
Y existe un precedente extraordinariamente incómodo para quienes hoy presentan la reunificación como ley histórica inevitable.
1973.
Juan Bosch abandonó el Partido Revolucionario Dominicano, organización que había contribuido a fundar en el exilio en 1939, y el 15 de diciembre de 1973 fundó el Partido de la Liberación Dominicana.
Aquella fue una verdadera fractura.
No una disputa electoral circunstancial.
No una diferencia entre precandidatos.
No una negociación fallida.
Fue una ruptura política, organizativa, doctrinaria y estratégica entre el partido histórico y una nueva organización nacida precisamente para diferenciarse de él.
Si aplicáramos retrospectivamente la teoría que hoy algunos pretenden imponer, la conclusión habría sido evidente:
«El boschismo se dividió».
«El PRD y el PLD separados nunca podrán derrotar al poder».
«Para volver a gobernar tendrán que reunificarse».
La historia hizo exactamente lo contrario.
Cinco años después de la salida de Bosch, el PRD ganó las elecciones de 1978 y Antonio Guzmán llegó a la Presidencia.
Y cuatro años después, en 1982, el PRD volvió a ganar, esta vez con Salvador Jorge Blanco.
Es decir, la primera gran conclusión aparece inmediatamente: la división de 1973 no impidió que el partido del cual Bosch salió regresara al poder.
Pero la historia no terminó ahí.
El nuevo partido tampoco necesitó regresar al viejo partido para adquirir vocación de poder.
El PLD creció.
Se institucionalizó.
Construyó identidad.
Formó cuadros.
Desarrolló una cultura organizativa propia.
Y veintitrés años después de su fundación llegó a la Presidencia de la República con Leonel Fernández en 1996.
Obsérvese la paradoja.
La ruptura que, utilizando la lógica actual, habría debido debilitar definitivamente a la «familia boschista», terminó produciendo dos organizaciones diferentes que llegaron al poder en momentos históricos distintos.
El PRD gobernó después de la ruptura.
El PLD gobernó después de la ruptura.
No necesitaron volver a convertirse en un solo partido.
Necesitaron convertirse, cada uno en su momento, en una opción electoral capaz de construir mayoría.
La historia dominicana estaba enseñando ya algo que todavía hoy algunos se resisten a comprender: una separación orgánica no implica necesariamente una división eterna del electorado.
Mucho menos implica que la única cura posible sea la reunificación de las estructuras.
Porque los partidos pueden dividirse y los electorados pueden reordenarse.
Los dirigentes pueden separarse y las mayorías pueden reconstruirse.
Una organización puede debilitarse mientras la organización nacida de su seno ocupa progresivamente el espacio político abandonado.
Eso ocurrió otra vez.
Esta vez no hubo que esperar veintitrés años.
Hubo que esperar seis.
2014.
El Partido Revolucionario Dominicano volvió a experimentar una profunda ruptura. De aquel conflicto surgió el Partido Revolucionario Moderno, fundado formalmente en septiembre de 2014.
Aquí conviene ser conceptualmente preciso: el PRM no es una organización «boschista» en el sentido doctrinario en que lo es el PLD. Su referente histórico inmediato es José Francisco Peña Gómez. Pero genealógicamente nace de la misma matriz histórica del PRD, partido en cuya fundación Juan Bosch desempeñó un papel central. Esa distinción entre genealogía e identidad doctrinaria es importante.
¿Qué habría aconsejado la teoría de la reunificación inevitable en 2014?
«El PRD se dividió».
«Ahora existen PRD y PRM».
«Separados no podrán derrotar al PLD».
«Tendrán que volver a juntarse».
La historia nuevamente decidió otra cosa.
Seis años después, en 2020, Luis Abinader ganó la Presidencia encabezando el PRM y sus aliados con 52.52 % de los votos válidos.
El PRM no tuvo que regresar al PRD para alcanzar el poder.
No tuvo que reconstruir la unidad orgánica perdida en 2014.
No tuvo que pedir permiso a la organización matriz.
Hizo algo mucho más importante: ocupó electoralmente el espacio político que aquella organización había dejado de ocupar.
Esa diferencia es fundamental.
Porque la historia política no funciona como una porcelana rota.
Cuando una taza se rompe, la única forma de recuperar la taza original es pegar sus fragmentos.
Los partidos no son porcelana.
Son organismos políticos.
Nacen.
Se dividen.
Mutan.
Pierden funciones.
Crean nuevas identidades.
Absorben electores.
Sustituyen organizaciones anteriores.
Y algunas veces el fragmento termina siendo políticamente mayor que el tronco del cual salió.
Eso es exactamente lo que destruye la tercera mentira.
La historia dominicana no demuestra que una organización escindida necesite recomponerse con su partido de origen para alcanzar el poder.
Demuestra que puede ocurrir otra cosa: la sustitución.
El PLD no volvió al PRD.
Lo sustituyó durante largos períodos como una de las grandes fuerzas del sistema.
El PRM no regresó al PRD.
Lo desplazó como principal organización de aquella tradición política.
La sucesión política no siempre se produce mediante reunificación.
A veces se produce mediante transferencia de centralidad.
Y llegamos entonces a 2019.
Las primarias del PLD del 6 de octubre de aquel año terminaron con 911,324 votos oficialmente computados para Gonzalo Castillo y 884,630 para Leonel Fernández. Después vino la ruptura.
Leonel Fernández abandonó el PLD y Fuerza del Pueblo se articuló mediante su integración con el entonces Partido de los Trabajadores Dominicanos, que posteriormente adoptó el nuevo nombre.
Aquí comienza la tercera mentira contemporánea.
Se dice:
«En 2019 se dividió la fuerza boschista».
Hasta ahí puede existir una descripción políticamente comprensible, aunque deba manejarse con precisión.
Después viene el salto:
«Como se dividió, para volver al poder tiene que reunificarse».
Ahí ya no estamos describiendo la historia.
Estamos inventando una ley que la historia dominicana nunca ha reconocido.
Si esa ley fuese verdadera, Bosch habría tenido que regresar al PRD.
No regresó.
Si esa ley fuese verdadera, el PLD jamás habría podido conquistar la Presidencia como fuerza autónoma.
La conquistó.
Si esa ley fuese verdadera, el PRM habría tenido que reconciliarse orgánicamente con el PRD para desalojar al PLD del poder.
No lo hizo.
Ganó.
La historia no dice: «lo que se divide tiene que volver a unirse».
La historia dice algo muchísimo más complejo: cuando una organización se divide, comienza una competencia para determinar cuál de las partes será capaz de heredar, ampliar y transformar la mayoría política que anteriormente habitaba bajo un mismo techo.
Eso es muy diferente.
Porque después de una ruptura no solamente existen dos estructuras.
Existe una disputa por la sucesión electoral.
¿Quién conserva la identidad?
¿Quién conserva la memoria?
¿Quién conserva la base?
¿Quién retiene los cuadros?
¿Quién incorpora nuevas generaciones?
¿Quién interpreta mejor la nueva coyuntura?
¿Quién se convierte en vehículo de futuro y quién queda convertido en custodio del pasado?
Esas son las preguntas que verdaderamente resuelven las grandes escisiones políticas.
Y aquí la metáfora familiar puede engañarnos.
Decir que PLD y Fuerza del Pueblo pertenecen a una misma «familia histórica» no significa que sus electorados estén condenados a permanecer eternamente distribuidos en las mismas proporciones.
Los electorados no heredan apellidos.
Cambian.
Se desplazan.
Envejecen.
Se renuevan.
Reordenan prioridades.
Y pueden abandonar progresivamente una organización sin abandonar necesariamente todas las tradiciones políticas que alguna vez compartieron con ella.
Ese es precisamente el fenómeno que debemos observar entre PLD y Fuerza del Pueblo.
La pregunta no es únicamente si algún día sus direcciones pactarán.
La pregunta anterior —y posiblemente más importante— es: ¿cómo se distribuirá en los próximos años el electorado que alguna vez coexistió dentro del PLD?
Porque puede producirse una reunificación institucional.
Pero también puede producirse una reunificación electoral dentro de una sola de las dos organizaciones.
Eso ya ocurrió en nuestra historia.
Cuando el PRM creció, no necesitó reconstruir el antiguo PRD.
Una proporción creciente de aquel electorado simplemente cambió de vehículo.
La vieja casa siguió existiendo.
Pero muchos de sus antiguos habitantes se mudaron.
Y en política, llegado cierto punto, la pregunta decisiva deja de ser quién conserva las escrituras de la casa original.
La pregunta es dónde vive la mayoría.
Eso es lo que la tercera mentira intenta ocultar.
Porque afirmar que «PLD y FP tienen que volver a unirse» presupone silenciosamente que ambas organizaciones conservarán indefinidamente electorados autónomos, estables e intransferibles.
Pero esa premisa contradice justamente aquello que enseñan 1973 y 2014.
Las escisiones pueden terminar produciendo absorción electoral sin absorción jurídica.
Un partido sigue existiendo.
Conserva nombre.
Conserva símbolos.
Conserva dirigentes.
Conserva personalidad jurídica.
Pero pierde progresivamente electores hacia la organización surgida de su propia crisis.
No desaparece jurídicamente.
Puede desaparecer como alternativa real de poder.
Ese proceso es mucho más importante que cualquier fotografía entre dirigentes.
Por eso el escenario de Fuerza del Pueblo no debe analizarse solamente preguntando cuánto sumaría hoy una alianza con el PLD.
Debe preguntarse también qué puede ocurrir si una de las dos organizaciones comienza a distanciarse persistentemente de la otra.
Si Fuerza del Pueblo consiguiera consolidarse claramente como segunda fuerza nacional; si lograra convertirse en la principal alternativa al PRM; si una proporción creciente del electorado históricamente peledeísta comenzara a considerar que FP ofrece mayores posibilidades de poder; y si esa percepción se mantuviera durante un período suficientemente largo, podría desarrollarse una dinámica conocida en la historia dominicana: el nuevo partido podría convertirse progresivamente en heredero electoral del espacio del partido de origen.
No es una certeza.
No es una profecía.
Y precisamente por respeto a la historia no debe proclamarse como inevitable.
Pero es un escenario perfectamente compatible con nuestros precedentes.
Y su sola posibilidad destruye la afirmación absoluta de que la reunificación orgánica constituye la única puerta hacia el poder.
Más aún: la propia historia ofrece una ironía extraordinaria.
Después de la ruptura de 1973, el PRD ganó.
Después, el PLD ganó.
Después de la ruptura de 2014, el PRM ganó.
Es decir, las dos grandes escisiones anteriores no esterilizaron la capacidad de poder de las organizaciones nacidas o sobrevivientes de aquellas rupturas.
La fragmentación produjo nuevos equilibrios.
La competencia reorganizó las lealtades.
El tiempo resolvió lo que los dirigentes probablemente jamás habrían podido resolver alrededor de una mesa.
Por eso hay que desconfiar cuando la historia se utiliza para decir exactamente lo contrario de lo que la historia demuestra.
La tercera mentira del diablo consiste en presentar la ruptura de 2019 como una especie de pecado original electoral cuya única redención posible sería la reconciliación de quienes se separaron.
Pero los partidos no vuelven al poder mediante penitencia.
Vuelven mediante mayoría.
Y la mayoría puede construirse por reunificación.
Puede construirse por alianza.
Puede construirse por transferencia electoral.
Puede construirse por sustitución.
Puede construirse mediante crecimiento hacia sectores que nunca pertenecieron a ninguna de las organizaciones originales.
No existe una sola ruta.
Ese es el error fundamental de todas estas narrativas: confundir una posibilidad con una obligación.
Primero nos dijeron que había que unir la oposición.
Después que había que unir FP y PLD.
Ahora podrían decirnos que existe una especie de mandato histórico: «eran uno y deben volver a ser uno».
Pero la historia dominicana nunca ha funcionado así.
Bosch rompió con el PRD y construyó otra organización.
El PRD siguió existiendo y volvió al poder.
El PLD siguió creciendo y también llegó al poder.
Décadas después, el PRD volvió a dividirse.
El PRM no regresó.
Lo sustituyó electoralmente y llegó a la Presidencia en apenas seis años.
Por eso quizás la verdadera pregunta de 2028 no sea: «¿Cuándo volverán a unirse PLD y Fuerza del Pueblo?»
Puede ser otra: «¿Cuál de las dos organizaciones terminará concentrando la mayor parte del espacio político que alguna vez compartieron?»
Y todavía existe una pregunta superior: «¿Cuál de ellas será capaz de salir de ese antiguo espacio y construir una mayoría nacional nueva?»
Porque ningún partido gana una elección presidencial limitándose a recuperar su pasado.
Tiene que conquistar futuro.
Ahí reside probablemente la diferencia entre reunificación y hegemonía.
La reunificación mira hacia atrás.
Pregunta cómo reconstruir lo que alguna vez existió.
La hegemonía mira hacia adelante.
Pregunta cómo reunir alrededor de una organización a ciudadanos que quizá nunca estuvieron juntos antes.
Una intenta recomponer una familia.
La otra intenta construir una mayoría.
Y las elecciones presidenciales no premian necesariamente a quien consigue reunir a todos sus antiguos parientes.
Premian a quien consigue reunir más ciudadanos.
Volvemos entonces a la serpiente.
La serpiente siempre trabaja mejor cuando convierte una opción en una necesidad.
Primero hace creer que el fruto es bueno.
Después que es conveniente.
Finalmente que es indispensable.
La tercera mentira funciona igual.
No dice simplemente: «PLD y Fuerza del Pueblo podrían entenderse».
Eso sería una posibilidad política perfectamente legítima.
Dice algo mucho más poderoso: «Como antes fueron uno, necesariamente tienen que volver a serlo».
Y ahí la historia levanta la mano para contradecir el supuesto axioma: 1973 y 2014.
Dos divisiones.
Dos nuevas realidades partidarias.
Dos demostraciones de que la política no está obligada a reconstruir el recipiente que alguna vez contuvo una mayoría.
A veces la mayoría cambia de recipiente.
A veces abandona la casa original.
A veces el hijo político no regresa.
Crece.
Sustituye.
Y gobierna.
Tal vez por eso la tercera mentira necesita borrar la memoria.
Porque mientras recordemos que el PLD nació de una ruptura y llegó al poder sin regresar al PRD; mientras recordemos que el PRM nació de otra ruptura y llegó al poder sin regresar al PRD; será mucho más difícil convencernos de que Fuerza del Pueblo está históricamente condenada a regresar al PLD para poder gobernar.
La historia no le impone esa obligación.
La historia le impone otra mucho más difícil: construir una mayoría.
Si para construirla necesita acuerdos, deberá hacerlos.
Si necesita aliados, deberá procurarlos.
Si necesita incorporar electores peledeístas, deberá persuadirlos.
Si necesita conquistar independientes y antiguos votantes del PRM, deberá hacerlo.
Pero ninguna de esas necesidades equivale a aceptar que la única puerta hacia el poder conduce necesariamente de regreso a la casa de la cual salió.
Porque la historia dominicana ya atravesó esa puerta dos veces.
Y en ambas ocasiones descubrió que también existía otro camino.
La serpiente no necesita impedirnos avanzar.
Le basta con convencernos de que solo existe un camino.
Esa podría ser la tercera mentira del diablo.
