Por José Manuel Jerez
Víctor Manuel Grimaldi Céspedes ha respondido a mi ensayo “La política ya no compite solo por votos” con un texto titulado “La política siempre compitió por la atención”. Su precisión histórica es correcta y merece ser acogida: mucho antes de Facebook, TikTok, YouTube, Instagram o X, la política necesitaba captar la atención de los ciudadanos. El rumor, el teléfono, la conversación familiar, los sindicatos, las iglesias, las universidades, los colmados, los cafés y aquella formidable institución dominicana conocida como «radio bemba» formaban parte de los circuitos por los que circulaban la información, la interpretación y la persuasión política.
En eso no hay contradicción.
La cuestión es otra.
Mi tesis nunca fue que la política comenzara a competir por la atención con la aparición de las plataformas digitales. Lo que sostuve, y sostengo, es que la política contemporánea ya no puede explicarse únicamente como una competencia por el voto. El voto sigue siendo el mecanismo decisivo de la democracia electoral, pero antes de llegar a él existe una disputa cada vez más compleja por la visibilidad, la conversación, la identificación y la atención ciudadana. La lógica electoral tradicional no ha desaparecido; simplemente ya no basta para explicar cómo se construye poder político en el ecosistema contemporáneo.
La diferencia puede parecer semántica. No lo es.
Que la atención haya sido siempre necesaria no significa que haya desempeñado siempre la misma función ni que haya circulado bajo las mismas condiciones dentro del sistema político.
La política siempre necesitó canales de comunicación. Eso no convierte en fenómenos equivalentes al rumor oral, la radio, la televisión, las redes sociales y los sistemas de recomendación personalizados. La humanidad siempre produjo información, pero la imprenta alteró las condiciones de su circulación. Siempre se comunicó a distancia, pero el teléfono modificó la relación entre espacio y comunicación. Siempre existió intermediación, pero no toda intermediación selecciona, mide, personaliza y redistribuye visibilidad del mismo modo.
La continuidad histórica de una necesidad no impide la transformación estructural de los instrumentos mediante los cuales esa necesidad se satisface.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo con la atención.
Herbert A. Simon formuló el problema con extraordinaria anticipación en 1971, en Designing Organizations for an Information-Rich World: cuando crece de manera extraordinaria la cantidad de información disponible, el recurso verdaderamente escaso pasa a ser la capacidad humana de atenderla. La abundancia informativa produce, paradójicamente, escasez de atención. Más de medio siglo después, esa intuición resulta indispensable para comprender el ecosistema digital: nunca habíamos tenido tanta información compitiendo simultáneamente por una capacidad humana que continúa siendo limitada.
Por eso el cambio contemporáneo no consiste simplemente en que la política busque llamar nuestra atención.
Consiste en que la atención se ha convertido en una infraestructura de la visibilidad política y, por esa vía, en una dimensión del poder.
Aquí el propio artículo de Grimaldi identifica el punto decisivo. Después de recorrer la historia del teléfono, el rumor, el café y la «radio bemba», reconoce una diferencia fundamental: hoy, entre el ciudadano y buena parte de los mensajes que recibe, intervienen sistemas algorítmicos que seleccionan y ordenan lo que aparece en las pantallas.
Conviene, sin embargo, afinar todavía más la idea. No existe un algoritmo único que gobierne soberanamente la atención. Lo que organiza la visibilidad es una arquitectura sociotécnica compuesta por reglas de clasificación, sistemas de recomendación, incentivos comerciales, datos de comportamiento, decisiones de diseño, efectos de red, moderación de contenidos y, también, las propias elecciones de los usuarios. Precisamente porque el poder está distribuido entre esos componentes, el fenómeno es más complejo que el viejo gatekeeping editorial.
La novedad, por tanto, no es un soberano algorítmico. Es una nueva arquitectura de intermediación.
La «radio bemba» podía transmitir un rumor. Un sistema de recomendación puede elevar o reducir la probabilidad de que determinados usuarios lleguen a verlo.
El café podía amplificar una versión. La plataforma puede medir en tiempo real cuántas personas reaccionaron, cuánto tiempo permanecieron frente al contenido y qué hicieron después.
Una cadena telefónica podía movilizar centenares de personas. Una red digital puede poner un contenido frente a cientos de miles de usuarios sin que el emisor conozca personalmente a ninguno.
El ciudadano de ayer retransmitía. El ciudadano contemporáneo retransmite también, pero cada clic, pausa, comentario, búsqueda, reproducción o interacción puede convertirse además en una señal que alimente la distribución posterior de contenidos.
La diferencia, por tanto, no es simplemente velocidad.
Es arquitectura, medición y retroalimentación.
Tampoco conviene atribuir poderes absolutos a los algoritmos. La investigación empírica obliga a ser más preciso. Un estudio publicado en 2024, basado en un experimento controlado en el medio danés Ekstra Bladet durante las elecciones generales de 2022, encontró efectos estadísticamente significativos pero pequeños de las recomendaciones personalizadas sobre la exposición a noticias políticas. También observó una mayor exposición relativa a contenidos más blandos y una diversidad ligeramente menor en la composición informativa. No estudió una red social ni demostró que un algoritmo determine el pensamiento de los ciudadanos. Demostró algo más acotado y, por eso mismo, más sólido: que los sistemas de recomendación pueden intervenir de manera sistemática en aquello a lo que las personas quedan expuestas.
Esa distinción es crucial.
La política tradicional luchaba fundamentalmente por persuadir dentro de un espacio de comunicación. La política de plataformas tiene que luchar también por conseguir entrada y visibilidad dentro de ese espacio.
Primero hay que aparecer.
Después hay que conseguir que alguien se detenga.
Luego hay que retener su atención.
Después persuadir.
Y solo más adelante puede intentarse convertir esa atención en comportamiento político.
Por eso una de las advertencias centrales de mi ensayo anterior fue exactamente la contraria a cualquier fetichismo digital: seguir no significa votar. Tener seguidores produce visibilidad; disponer de una comunidad puede ampliar la capacidad de difusión; dominar una conversación puede proporcionar presencia pública. Ninguna de esas variables garantiza automáticamente comportamiento electoral. Entre una visualización y un voto existen identificación, confianza, organización, movilización y participación.
Los datos internacionales ayudan a dimensionar el desplazamiento, sin trasladarlos mecánicamente a la realidad dominicana. El Digital News Report 2026 del Reuters Institute, basado en casi 100,000 entrevistas con consumidores de noticias en línea de 48 mercados, encontró que, por primera vez en el promedio de esos mercados, las redes sociales y las plataformas de video fueron utilizadas por el 54 % para acceder a noticias en línea, frente al 51 % correspondiente a los sitios web y aplicaciones de organizaciones periodísticas.
Ese dato exige una precisión importante: no significa que el periodismo tradicional haya desaparecido ni que todo lo consumido en redes sea producido por actores ajenos a los medios. Una parte considerable del contenido periodístico de organizaciones tradicionales circula precisamente a través de esas plataformas. El desplazamiento decisivo está, por tanto, en la arquitectura de acceso y distribución, no necesariamente en el origen de toda la información.
El mismo informe señala que el 27 % de la muestra global obtiene semanalmente noticias de creadores especializados o vinculados a la actualidad y los asuntos públicos. Esos creadores son percibidos con frecuencia como más entretenidos y fáciles de comprender, aunque también como menos confiables e imparciales que los medios tradicionales.
No son estadísticas dominicanas y no deben presentarse como tales.
Son evidencia de una mutación más amplia del ecosistema en el que hoy se desarrolla la política.
Hasta los reguladores han comenzado a tratar la arquitectura de recomendación como una cuestión institucional. El 2 de octubre de 2024, la Comisión Europea, en aplicación del Reglamento de Servicios Digitales, solicitó información a YouTube, Snapchat y TikTok sobre el diseño y funcionamiento de sus sistemas de recomendación y sobre riesgos sistémicos asociados, incluidos los relacionados con procesos electorales y discurso cívico. La solicitud no equivalía a una declaración de infracción; su importancia radica en otra cosa: muestra que la forma en que se organiza algorítmicamente la visibilidad se ha convertido en objeto legítimo de supervisión regulatoria.
Hay todavía otra diferencia.
Los medios de masas nunca produjeron una esfera pública perfectamente homogénea. Existían segmentación, sesgos, subculturas y públicos distintos. Pero la radio, la televisión y los grandes periódicos generaban con frecuencia referencias comunes de mayor alcance: millones de personas escuchaban un mismo noticiario o seguían un mismo acontecimiento a través de canales relativamente compartidos.
La personalización puede intensificar algo distinto: agendas informativas individualizadas.
Dos ciudadanos sentados en una misma mesa, viviendo en el mismo barrio y participando en la misma elección pueden abrir sus teléfonos y encontrarse con representaciones extraordinariamente diferentes de la realidad política.
No solamente pueden tener opiniones distintas.
Pueden estar prestando atención a problemas distintos.
Ese fenómeno modifica la naturaleza de la disputa política. Antes se competía intensamente por interpretar una agenda relativamente visible para amplios sectores de la sociedad. Ahora también se compite por lograr que determinados acontecimientos entren siquiera en la agenda particular de cada ciudadano.
Andrew Chadwick ha descrito la comunicación política contemporánea como un sistema híbrido en el que las viejas y nuevas lógicas mediáticas se combinan, se adaptan y se influyen mutuamente. Desde esa perspectiva, el poder no depende solo de producir mensajes, sino también de la capacidad de crear, aprovechar y orientar flujos de información.
Y aquí aparece el punto donde el artículo de Grimaldi y el mío terminan encontrándose.
Grimaldi concluye que, de cara a 2028, la política digital no sustituirá la territorial: habrá que articularlas. El candidato necesitará plataformas y barrios, seguidores y electores, reproducciones y organización.
Ese planteamiento coincide sustancialmente con lo que escribí: la política emergente será híbrida; no territorio o plataforma, sino territorio y plataforma; no partido o persona, sino partido y persona; no militancia o comunidad, sino militancia articulada con comunidades digitales.
Por tanto, la discusión realmente interesante entre ambos textos no consiste en decidir si la política buscó atención antes de internet.
Por supuesto que la buscó.
La discusión relevante es otra: determinar si la intermediación digital se limita a acelerar mecanismos antiguos o si, además, modifica estructuralmente las condiciones bajo las cuales la atención se distribuye, se mide y se convierte en visibilidad política.
La «radio bemba» se digitalizó, como señala Grimaldi.
Pero al digitalizarse ocurrió algo más.
Adquirió una escala potencialmente global.
Se volvió cuantificable.
Se hizo replicable a un costo marginal extraordinariamente bajo.
Puede personalizarse.
Puede clasificarse y recomendarse automáticamente.
Puede competir segundo a segundo contra millones de estímulos.
Y puede producir datos sobre quienes la reciben y sobre la manera en que reaccionan.
Ahí está la verdadera ruptura.
No hemos pasado de una política que nunca buscó atención a otra que acaba de descubrirla. Hemos pasado de una política que disputaba la atención mediante estructuras fundamentalmente humanas, territoriales y mediáticas a otra en la que esa misma disputa se desarrolla, además, dentro de arquitecturas digitales capaces de clasificar, personalizar, medir y redistribuir visibilidad a una escala desconocida para la política tradicional.
Por eso mantengo la tesis, pero ahora con una formulación todavía más precisa.
Las elecciones seguirán decidiéndose mediante votos.
Los partidos seguirán siendo indispensables.
El territorio seguirá importando.
La organización seguirá determinando buena parte de la capacidad de movilización.
Ningún millón de reproducciones sustituirá automáticamente un millón de electores.
Pero antes de que un ciudadano escuche un programa, valore una propuesta, se identifique con un dirigente, participe en una organización o llegue finalmente a una urna, una compleja arquitectura de medios, plataformas, contactos personales y sistemas de recomendación habrá influido en qué apareció primero frente a sus ojos y qué permaneció fuera de su campo de atención.
La política siempre compitió por la atención.
Lo verdaderamente nuevo no es la existencia de esa disputa, sino su gobernanza: hoy una parte de la visibilidad se organiza mediante sistemas capaces de clasificar, personalizar, medir y redistribuir atención a una escala inédita.
Por eso la pregunta contemporánea ya no es solamente quién consigue persuadir al ciudadano. Es también quién, mediante qué reglas y dentro de qué arquitectura, consigue aparecer primero ante él.
