
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
He leído con mucha atención el artículo de mi amigo Hugo Guiliani Cury, “Más allá de un Acuerdo de Comercio Recíproco (ACR)”, publicado este jueves 24 de septiembre.
Huguito plantea una idea importante: República Dominicana debe aprovechar la reorganización de las cadenas productivas mundiales, el nearshoring y el friendshoring para profundizar su integración económica con Estados Unidos.
Estoy de acuerdo en que debemos aprovechar todas las oportunidades que nos ofrece nuestra proximidad al mayor mercado del mundo.
Pero quiero hacerle una pregunta a Huguito:
¿Y qué hacemos con China?
Y agregaría inmediatamente otra:
¿Qué hacemos con Rusia?
Porque la política exterior de un país no puede construirse exclusivamente alrededor de su comercio. Mucho menos la política exterior de la República Dominicana, que carga con una circunstancia geográfica que ninguna teoría económica puede modificar: compartimos la isla de Santo Domingo con Haití.

Y Haití atraviesa una crisis que República Dominicana no puede resolver.
El presidente Luis Abinader acaba de decirlo ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: “República Dominicana ha hecho su parte”. Reclamó completar el despliegue de la Fuerza de Supresión de Bandas, aportar las tropas y recursos faltantes, hacer cumplir el embargo de armas y fortalecer las instituciones haitianas.
¿Dónde se toman muchas de las decisiones fundamentales sobre esa intervención internacional?
En el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

¿Y quiénes tienen poder de veto allí?
Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia.
Ahí comienza mi diferencia de perspectiva con Huguito.
Podemos aspirar a una relación económica cada vez más estrecha con Estados Unidos. Podemos aprovechar nuestra ubicación geográfica, el DR-CAFTA, las zonas francas y la reorganización industrial norteamericana. Pero no podemos comportarnos como si el mundo terminara en Washington.
Mucho menos ahora.
Nuestro “destino manifiesto”
Podría decirse, jugando con aquella vieja expresión norteamericana, que República Dominicana tiene también una especie de destino manifiesto geográfico.
No porque debamos conquistar nada.
Todo lo contrario.
Nuestro destino geográfico consiste en que Haití estará siempre al lado nuestro.
Podemos levantar una verja fronteriza. Podemos reforzar nuestras Fuerzas Armadas. Podemos controlar la inmigración conforme a nuestras leyes. Podemos defender nuestra soberanía.
Pero no podemos mover la República Dominicana hacia otra isla.
Por eso la estabilidad de Haití constituye para nosotros un interés nacional permanente.
Y precisamente porque República Dominicana no puede resolver por sí sola el problema haitiano, necesita una política exterior capaz de hablar con todas las grandes potencias.
Washington, Beijing y Moscú
Esto no es teoría.
Cuando el Consejo de Seguridad aprobó en septiembre de 2025 la nueva Fuerza de Supresión de Bandas para Haití, doce países votaron a favor. China, Rusia y Pakistán se abstuvieron. La resolución fue aprobada, pero Beijing y Moscú expresaron reservas importantes sobre el diseño y funcionamiento de la operación.
China y Rusia, por tanto, no son espectadores distantes del problema que tenemos al otro lado de nuestra frontera.
Son actores con capacidad para influir en lo que haga —o deje de hacer— el Consejo de Seguridad.
Y existe un dato todavía más revelador.
En julio pasado, cuando nuestro canciller Roberto Álvarez compareció ante el Consejo de Seguridad para tratar precisamente la crisis haitiana, China y Rusia también intervinieron. China reclamó detener el tráfico de armas hacia Haití y declaró estar dispuesta a desempeñar un papel constructivo; Rusia habló de combatir las bandas mediante la Fuerza de Supresión junto con las instituciones de seguridad haitianas.
Entonces debemos hablar con ellos.
Ni escoger un imperio ni alejarnos de Estados Unidos
No propongo sustituir a Washington por Beijing.
Sería absurdo.
Estados Unidos es nuestro principal socio económico, nuestro mercado natural, hogar de una inmensa comunidad dominicana y un país indispensable para nuestra seguridad y prosperidad.
Lo que sostengo es diferente.
República Dominicana necesita a Estados Unidos, pero necesita también libertad de movimiento internacional.
La geopolítica contemporánea exige conversar con Washington, Beijing, Bruselas, Londres, París y Moscú cuando nuestros intereses nacionales lo requieran.
Eso es especialmente cierto cuando Haití está de por medio.
Porque ayer el presidente Abinader habló desde la tribuna de las Naciones Unidas y advirtió que la realidad haitiana “no admite espera”. Los informes de la propia ONU documentan asesinatos, secuestros, expansión territorial de las bandas y circulación de armas ilícitas.
Si estamos pidiendo una respuesta del Consejo de Seguridad, tenemos que mirar a todo el Consejo de Seguridad.
No solamente a Washington.
Huguito tiene razón cuando mira hacia el Norte y contempla las extraordinarias oportunidades económicas que ofrece Estados Unidos.
Yo solamente agregaría algo:
miremos también hacia el Este.
Porque para una nación pequeña la política exterior no consiste en escoger entre gigantes.
Consiste en defender sus intereses entre ellos.
Y nosotros tenemos un interés nacional que está por encima de cualquier moda geopolítica: preservar la estabilidad, la soberanía y el desarrollo de la República Dominicana frente a una crisis haitiana que no provocamos, que no podemos resolver solos y de cuyas consecuencias, por compartir la misma isla, nunca podremos desentendernos.
Por eso vuelvo a mi pregunta, querido Huguito:
¿Y qué hacemos con China?
Y ya que estamos hablando del Consejo de Seguridad:
¿qué hacemos también con Rusia?
