
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Estuve en París por primera vez el año pasado, en 2025.
Ya he relatado algunos detalles de aquella visita y los motivos que me llevaron a la capital francesa.
Mi estancia fue breve, pero debo confesar que regresé con una impresión que posiblemente sorprenda a quienes consideran París una de las ciudades más fascinantes del mundo.
Me pareció una ciudad frívola. No conseguí comprender del todo las razones de su extraordinaria fama internacional.
Naturalmente, una visita de pocos días no permite conocer la profundidad histórica, cultural y espiritual de una nación.
Pero las imágenes de la multitud congregada para recibir a León XIV me presentan otro París.

No el de las apariencias, el turismo o la celebridad, sino el de una tradición religiosa que ha sobrevivido a revoluciones, persecuciones, guerras y profundas transformaciones sociales.
Quizás aquella primera visita no me permitió descubrir el París que ahora aparece ante mis ojos: el de la Francia católica.
París ha ofrecido una imagen extraordinaria.
Una multitud estimada en cientos de miles de personas se ha congregado para recibir al papa León XIV.
Algunas informaciones sitúan la asistencia en aproximadamente 800.000 personas, una cifra que refleja la magnitud de esta manifestación religiosa.
Los Campos Elíseos y la plaza de la Concordia se convirtieron en el escenario de una impresionante expresión de fe, precisamente en el corazón de una nación que suele presentarse como uno de los grandes símbolos de la secularización europea.
La visita pontificia, iniciada el viernes 25 de septiembre con el recibimiento oficial del presidente Emmanuel Macron, tuvo uno de sus momentos centrales el sábado 26, con la multitudinaria celebración religiosa en París.
El programa incluyó también encuentros con jóvenes y una peregrinación a Lourdes el domingo 27 de septiembre.
Pero lo ocurrido en París trasciende las dimensiones de una visita pastoral. Es la reaparición pública de una tradición espiritual que algunos consideraban condenada a desaparecer.
Francia, la nación de Clodoveo, de san Luis IX, de las grandes catedrales medievales, de santo Tomás de Aquino y de innumerables santos, conserva unas raíces católicas que ninguna transformación política o cultural ha conseguido borrar completamente.
También es la Francia de la Ilustración, de la Revolución francesa iniciada en 1789, de Maximilien Robespierre y del período del Terror de 1793-1794, durante el cual numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles fueron víctimas de la persecución revolucionaria.
Es igualmente la Francia de la separación entre la Iglesia y el Estado, establecida mediante la ley de 1905, y de una tradición republicana que convirtió la laicidad en uno de sus principios fundamentales.
Ambas historias pertenecen a la misma nación.
Y precisamente por eso resulta tan significativo que una multitud de semejantes dimensiones se congregue para recibir al sucesor de san Pedro.
La historia encierra una paradoja formidable. La plaza de la Concordia fue uno de los principales escenarios de las ejecuciones de la Revolución francesa. Allí fueron guillotinados Luis XVI, en enero de 1793, y María Antonieta, en octubre de ese mismo año.
Más de dos siglos después, ese mismo espacio se ha convertido en escenario de una extraordinaria celebración de la fe católica.
Donde la Revolución instaló la guillotina, hoy se ha congregado una inmensa multitud para celebrar la Eucaristía con el obispo de Roma.
La imagen tiene una extraordinaria fuerza histórica y espiritual.
Sin embargo, el verdadero significado de esta jornada no se encuentra exclusivamente en las cifras.
Francia ha experimentado durante décadas un profundo proceso de secularización. La disminución de la práctica religiosa, el debilitamiento de las instituciones tradicionales y las transformaciones culturales han modificado considerablemente su relación con el catolicismo.
Pero la secularización no equivale necesariamente a la desaparición de la fe.
Existe, además, otro fenómeno que merece atención: el creciente interés de los adultos franceses por recibir el bautismo. El aumento de los bautismos de adultos constituye uno de los acontecimientos más interesantes de la vida religiosa francesa contemporánea.
Es una señal que invita a reflexionar sobre las inquietudes espirituales de las nuevas generaciones.
El mensaje de León XIV recuerda también que la Iglesia no puede limitarse a defender su patrimonio histórico. La dignidad humana, la solidaridad y la acogida de quienes necesitan ayuda forman parte esencial de su misión.
La extraordinaria recepción del pontífice pone de manifiesto que la Iglesia continúa teniendo una presencia pública considerable y que el catolicismo sigue formando parte de la identidad histórica y espiritual de Francia.
Esto no significa que todos los franceses compartan la fe católica. La República francesa es laica y su sociedad reúne creyentes de distintas religiones, agnósticos y ateos.
Pero sería igualmente equivocado interpretar la laicidad republicana como una prueba de que Francia ha dejado de tener una profunda identidad cultural y espiritual vinculada al cristianismo.
La multitud reunida en París invita a reconocer esa realidad.
Francia fue durante siglos una de las grandes protagonistas de la historia de la Iglesia. Sus universidades, monasterios, pensadores, misioneros y catedrales contribuyeron decisivamente a la formación espiritual de Europa.
Esa herencia no pertenece únicamente al pasado.
Las imágenes de los Campos Elíseos y de la plaza de la Concordia muestran que sigue existiendo una comunidad católica capaz de congregarse públicamente, transmitir su fe y participar en los grandes debates contemporáneos.
Hay algo particularmente significativo en que esta manifestación se haya producido en París, ciudad que representa simultáneamente la tradición cristiana europea, la Ilustración y los ideales de la Revolución francesa.
La historia de Francia no puede comprenderse prescindiendo de ninguna de esas dimensiones. Pero tampoco puede explicarse ignorando el papel decisivo que desempeñó el catolicismo en la formación de su cultura y de su identidad nacional.
La multitud que recibió a León XIV constituye un testimonio contemporáneo de esa continuidad histórica.
Y para mí, que el año pasado conocí París sin experimentar la fascinación que tantos visitantes describen, estas imágenes tienen un significado particular. Me descubren una dimensión de aquella ciudad que no pude apreciar durante mi breve estancia.
El París que conocí no me impresionó. El París que ahora contemplo me invita a mirarlo de otra manera.
Quizás esa sea la principal enseñanza de esta jornada.
La Francia católica que muchos creían desaparecida no ha desaparecido.
Ante León XIV, ha vuelto a hacerse visible en el corazón de París.
