
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La historia tiene formas sorprendentes de volver sobre sus heridas. A veces lo hace mediante una guerra; otras, a través de un hombre que aparece en un balcón y pronuncia palabras cargadas de una memoria más antigua que su propia vida.
Un polaco sucedió a una larga serie de papas italianos. Después llegó un alemán; más tarde, un jesuita argentino y, tras él, un agustino nacido en Estados Unidos.
Vistas en conjunto, esas elecciones invitan a reflexionar sobre la capacidad de la Iglesia para atravesar las fracturas de los siglos. Podríamos llamar a esa imagen un exorcismo católico de la historia: no un hecho verificable ni un programa secreto, sino la posibilidad de que el pasado deje de ejercer un poder absoluto sobre el presente.
Francisco fue el primer papa jesuita. Elegido el 13 de marzo de 2013, llevó al pontificado una formación marcada por la espiritualidad de san Ignacio de Loyola. León XIV, elegido el 8 de mayo de 2025, es el primer papa agustino. Robert Francis Prevost había sido prior general de esa comunidad entre 2001 y 2013.
Un jesuita y, después, un agustino. La secuencia adquiere especial resonancia al recordar que Martín Lutero fue fraile agustino.
En 1505, Lutero ingresó en el convento de Erfurt y fue ordenado sacerdote en 1507. El hombre que protagonizaría la Reforma protestante se había formado dentro del catolicismo y de una tradición profundamente vinculada al pensamiento de san Agustín.
La crisis iniciada en 1517 desembocó en su ruptura con Roma. El 3 de enero de 1521, León X lo excomulgó mediante la bula Decet Romanum Pontificem. Más tarde, Lutero abandonó la vida conventual y, en 1525, se casó con Catalina de Bora.
La precisión es importante: Lutero se separó de la Iglesia católica, mientras la Orden de San Agustín permaneció en comunión con Roma. Sus hermanos religiosos no quedaron definidos para siempre por la decisión de uno de sus miembros, aunque su figura siguiera vinculada a esa tradición.
En el siglo XVI, los jesuitas se convirtieron en protagonistas de la respuesta católica a la expansión protestante. La Compañía de Jesús, aprobada por Paulo III en 1540, desplegó una intensa labor educativa, pastoral, intelectual y misionera. Sus colegios, predicadores y teólogos contribuyeron a sostener el catolicismo y a impulsar una renovación cuyo principal referente institucional fue el Concilio de Trento.
Sería excesivo afirmar que los jesuitas derrotaron por completo la Reforma. El protestantismo sobrevivió y se consolidó. Sin embargo, su contribución a la defensa del catolicismo y a la renovación interna de la Iglesia fue decisiva en numerosos contextos.
Tampoco toda aquella respuesta se redujo a la confrontación. Pedro Fabro, uno de los primeros compañeros de Ignacio, participó en conversaciones con dirigentes de la Reforma en Alemania. La defensa de la fe incluyó también el encuentro y la palabra, aunque no siempre condujeran a acuerdos duraderos.
Cinco siglos después, un jesuita entrega el pontificado a un agustino. La familia religiosa asociada a buena parte de la defensa católica frente a la Reforma es sucedida por aquella a la que perteneció el fraile que rompió con Roma.
Para un creyente, esa sucesión puede suscitar una meditación sobre la Providencia. Para el historiador, es una coincidencia cargada de significado simbólico, no una prueba de que exista una intención histórica predeterminada. Ambas miradas pueden convivir si distinguimos los hechos de su interpretación.
León XIV no tiene que reparar una culpa hereditaria de los agustinos. Su elección recuerda que una comunidad religiosa posee una historia más rica que sus episodios de ruptura. Agustín, la vida común, la búsqueda interior de Dios y el servicio a la Iglesia siguen vivos en esa tradición.
Otra secuencia pontificia amplía la reflexión.
Juan Pablo II surgió de las entrañas de Polonia, un país que padeció la ocupación nazi y después vivió bajo un régimen comunista. Karol Wojtyła conoció la opresión antes de hablar al mundo sobre la libertad, aunque su experiencia no pueda confundirse con la totalidad de la historia polaca ni europea.
Su regreso a Polonia, en junio de 1979, mostró la fuerza pública de una fe que el poder político no había conseguido extinguir. Las multitudes reunidas en torno al papa podían reconocerse como una comunidad con memoria, dignidad y voz propia.
Según numerosos historiadores y observadores, Juan Pablo II contribuyó a la resistencia espiritual y social frente al comunismo europeo. En ese proceso participaron también Solidaridad, los trabajadores polacos, movimientos cívicos y religiosos y muchos otros protagonistas. No sería preciso atribuir la caída del comunismo a una sola persona o institución.
Su mensaje insistía en que ninguna ideología podía agotar el significado de la persona. El Estado podía vigilar una plaza, pero le resultaba mucho más difícil controlar por completo la conciencia de los ciudadanos.
En 2005 lo sucedió Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, un alemán.
La Alemania nazi había invadido Polonia y cometido allí crímenes atroces. Esa responsabilidad histórica no puede trasladarse personalmente a Ratzinger por su nacionalidad. Su biografía pertenece a una generación alemana marcada por la guerra y la dictadura, aunque las experiencias individuales fueran diversas.
Precisamente por eso, la sucesión de un polaco por un alemán puede leerse como una imagen de reconciliación, siempre que no convierta a los pueblos en culpables hereditarios ni borre las responsabilidades concretas.
La escena más elocuente ocurrió el 28 de mayo de 2006, cuando Benedicto XVI visitó Auschwitz-Birkenau. Acudió como sucesor de Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán. Ante aquel lugar de exterminio, recordó los crímenes nazis, reflexionó sobre el odio y expresó su deseo de reconciliación.
Su presencia no borraba el horror ni resolvía las preguntas históricas y teológicas asociadas a él. Hacía visible, más modestamente, el deber de enfrentarse a esa memoria.
El papa polaco y el papa alemán habían sido, además, estrechos colaboradores. Antes de sucederlo, Ratzinger había servido durante años junto a Wojtyła. La fraternidad personal e institucional ya existía antes de que la sucesión la hiciera visible al mundo.
Aquí cobra sentido la expresión «exorcismo católico»: una metáfora para describir el esfuerzo de liberar la memoria de la obligación de repetir sus enemistades. No significa que las heridas desaparezcan ni que la reconciliación sea automática.
Reconciliarse exige recordar a las víctimas, reconocer las responsabilidades y defender la verdad. También puede abrir una posibilidad: que los descendientes de pueblos enfrentados se encuentren sin reproducir necesariamente el odio de sus antepasados. Ese proceso suele ser incompleto y frágil.
Del polaco al alemán; del jesuita al agustino. Son historias distintas, con heridas de naturaleza diferente. Su resonancia común está en la capacidad de la Iglesia para reunir, alrededor de una misma fe, identidades que la historia había colocado en campos de tensión.
Quizá el exorcismo más profundo consista en eso: no en borrar el pasado, sino en impedir que dicte para siempre nuestro futuro.
La herida permanece en la memoria. La última palabra puede ser la reconciliación, aunque nunca esté garantizada.
Fuentes de consulta:
● Biografías oficiales de Francisco y León XIV: https://www.vatican.va/content/francesco/es/biography/documents/papa-francesco-biografia-bergoglio.html y https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/biography/documents/biografia_leone-xiv.html
● Cronología de Lutero, Universidad de Barcelona: https://crai.ub.edu/coneix-el-crai/biblioteques/biblioteca-lletres/exposicio-virtual-Martin-Luther-doctor-biblicus/sinopsi
● Bula de excomunión de Lutero: https://thebookofconcord.org/sources-and-context/excommunication-of-luther/
● Contrarreforma, Catholic Encyclopedia: https://www.newadvent.org/cathen/04437a.htm
● Benedicto XVI sobre Pedro Fabro, 22 de abril de 2006: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/en/speeches/2006/april/documents/hf_ben-xvi_spe_20060422_gesuiti.html
● Juan Pablo II, homilía en Varsovia, 2 de junio de 1979: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/en/homilies/1979/documents/hf_jp-ii_hom_19790602_polonia-varsavia.html
● Vatican News, Juan Pablo II y la caída del Muro: https://www.vaticannews.va/es/mundo/news/2019-11/30-aniversario-caida-muro-berlin-papa-francisco-juanpabloii.html
● Benedicto XVI, Auschwitz-Birkenau, 28 de mayo de 2006: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/en/speeches/2006/may/documents/hf_ben-xvi_spe_20060528_auschwitz-birkenau.html
