
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Yo tenía apenas 16 años cuando, en 1966, comencé a descubrir que muchas de las ideas que estaban sacudiendo al mundo habían salido, directa o indirectamente, de Alemania.
No lo comprendía entonces con la perspectiva que puedo tener sesenta años después.
Lo fui aprendiendo en las aulas del Instituto de Promoción Social, IPS, en Santo Domingo, en un momento extraordinariamente convulso de nuestra historia.
Acabábamos de salir de la Guerra de Abril de 1965.

Santo Domingo conservaba todavía las heridas físicas y políticas de los combates. La intervención militar de los Estados Unidos, el enfrentamiento entre constitucionalistas y fuerzas del llamado Gobierno de Reconstrucción Nacional, la división de las Fuerzas Armadas, el recuerdo reciente del golpe de Estado contra Juan Bosch y las discusiones acerca del comunismo, la democracia, la revolución y la justicia social estaban presentes en todas partes.
No eran entonces cuestiones académicas.
Las habíamos visto en las calles.
La secuencia histórica había sido vertiginosa: el ajusticiamiento de Trujillo en 1961, las primeras elecciones democráticas de diciembre de 1962, el gobierno de Juan Bosch iniciado en febrero de 1963, el golpe de Estado del 25 de septiembre de aquel año, la insurrección constitucionalista de abril de 1965, la guerra, la intervención norteamericana y, finalmente, las elecciones de 1966 que llevaron a Joaquín Balaguer nuevamente al poder.
Y en medio de aquel país todavía sacudido por semejante terremoto político, yo entré al IPS.

Las cátedras del IPS
Aquello fue para mí una verdadera apertura al mundo de las ideas.
El IPS no se limitaba a enseñar una profesión. Pretendía formar promotores sociales, personas capaces de comprender la sociedad y trabajar dentro de ella.
En noviembre de 1966 terminé el Cuarto Curso de Formación Social del Instituto con calificación de Excelente.
El programa resulta revelador cuando lo contemplo ahora, sesenta años después.
Estudiábamos sociología.
Filosofía.
Economía.
Investigación social.
Desarrollo de la comunidad.
Educación de adultos.
Cooperativismo.
Sindicalismo.
Liderazgo.
Dinámica de grupos.
Propaganda.
Periodismo.
Oratoria.
Educación cinematográfica.
Eran materias que obligaban a un adolescente dominicano de 16 años a hacerse preguntas enormes.
¿Qué es una sociedad?
¿Por qué existen clases sociales?
¿Qué provoca una revolución?
¿Qué es la autoridad?
¿Qué diferencia existe entre autoridad y autoritarismo?
¿Cómo se organiza una comunidad?
¿Cómo funciona la propaganda?
¿Cómo pueden los medios influir sobre una población?
¿Por qué los hombres obedecen?
¿Por qué se rebelan?
¿De dónde salen las ideas capaces de movilizar a millones de seres humanos?
Uno de nuestros profesores fue Rafael Herrera, una de las grandes figuras del periodismo dominicano.
También aprendí de Henry Molina, dirigente sindical, que nos introducía en la realidad de las nacientes luchas sociales dominicanas.
Y recuerdo particularmente a Frank Marino Hernández, de quien escuché por primera vez una palabra que entonces me resultaba extraña:
anomia.
Era el descubrimiento de que una sociedad podía entrar en una situación de desorganización en la cual las normas tradicionales perdían fuerza sin que otras hubieran logrado sustituirlas.
¿Y qué podía parecerse más a la República Dominicana de aquellos años?
Habíamos pasado de una dictadura de treinta y un años al intento democrático de Bosch; del golpe de Estado a la insurrección; de la insurrección a la guerra; de la guerra a una intervención extranjera; y de allí a un nuevo orden político.
La teoría sociológica estaba delante de nosotros.
Pero también estaba en la calle.
Las ideas tenían nombres extraños
Fue dentro de aquella formación cuando comenzaron a aparecer nombres que posteriormente encontraría una y otra vez durante mi vida.
Marx.
Hegel.
Nietzsche.
Weber.
Y detrás de ellos, inevitablemente, Alemania.
Entonces fui descubriendo algo que con los años me ha resultado cada vez más impresionante.
Una cantidad extraordinaria de las ideas que habían transformado —y muchas veces confundido— al mundo moderno había nacido en el universo intelectual alemán.
Decir que Alemania inundó de ideas confusas a todo el mundo es, evidentemente, una provocación.
Pero las provocaciones pueden ser útiles cuando nos obligan a mirar nuevamente la historia.
Porque existe una paradoja difícil de ignorar.
Pocas naciones han contribuido tanto como Alemania a la filosofía, la ciencia, la música, la literatura y la organización intelectual de la modernidad.
Pero pocas produjeron también, en un período relativamente corto, sistemas de pensamiento tan ambiciosos, contradictorios y radicales.
Alemania nos dio a Bach y Beethoven.
A Goethe y Schiller.
A Kant y Hegel.
A Marx y Engels.
A Nietzsche y Weber.
A Heidegger.
Y a la llamada Escuela de Frankfurt.
Y en medio de aquella formidable historia cultural apareció también Adolf Hitler.
No estoy metiendo a todos en el mismo saco
Hay que hacer inmediatamente una precisión fundamental.
Sería histórica y moralmente absurdo afirmar que Kant conduce a Hitler, que Marx equivale a Hitler o que Adorno y Horkheimer pertenecían intelectualmente al nazismo.
Todo lo contrario.
Los hombres de la Escuela de Frankfurt fueron perseguidos por Hitler. El Instituto de Investigación Social fue clausurado después de la llegada de los nazis al poder en 1933 y varios de sus integrantes tuvieron que exiliarse.
Muchos eran judíos.
Horkheimer, Adorno y otros representantes de aquella corriente terminarían desarrollando una parte importante de su actividad fuera de Alemania.
Pero precisamente ahí comienza una de las historias intelectuales más extraordinarias del siglo XX.
Hitler expulsó de Alemania a intelectuales alemanes que terminaron llevando sus ideas a los Estados Unidos.
Alemania exportaba ideas incluso cuando perseguía a quienes las producían.
La fábrica alemana de sistemas
Francia produjo grandes filósofos.
Inglaterra desarrolló una extraordinaria tradición empirista y liberal.
Italia había proporcionado desde Roma hasta el Renacimiento algunas de las estructuras fundamentales de la civilización occidental.
Pero Alemania desarrolló una peculiar pasión intelectual por los grandes sistemas capaces de explicarlo todo.
Kant quiso establecer los límites de la razón.
Hegel intentó comprender el desenvolvimiento de la historia mediante la dialéctica.
Marx tomó aquella tradición filosófica y la trasladó hacia la economía, las clases sociales y la revolución.
Nietzsche emprendió una demolición radical de numerosos valores heredados de la tradición occidental.
Freud, desde la Viena germanófona, introdujo el inconsciente como una fuerza decisiva para comprender al ser humano.
Heidegger volvió a preguntarse qué significaba el Ser.
Y los pensadores de Frankfurt intentaron explicar por qué sociedades modernas que se proclamaban racionales y libres podían producir nuevas formas de dominación.
El problema comenzó cuando algunas de aquellas filosofías dejaron de utilizarse solamente como instrumentos para pensar y fueron transformadas por discípulos, partidos y movimientos en explicaciones totales del hombre y de la historia.
De Alemania a Rusia y de Rusia a China
Karl Marx nació en Tréveris en 1818.
Era alemán.
Pero la revolución que proclamaba en nombre del proletariado no triunfó primero en Alemania.
Triunfó en Rusia.
Y desde Rusia viajó hasta China.
He aquí una de las mayores ironías de la historia moderna: una doctrina concebida fundamentalmente pensando en las contradicciones de la Europa industrial terminó produciendo una de sus revoluciones más gigantescas en una China predominantemente campesina.
Mao Zedong tuvo que adaptar el marxismo.
Marx había colocado al proletariado industrial en el centro de la transformación revolucionaria.
Mao comprendió que China era otra cosa.
El campesinado adquirió entonces una función revolucionaria decisiva.
Alemania había exportado una idea.
Rusia la había convertido en revolución.
China terminó convirtiéndola en Estado.
Y mientras tanto apareció Hitler
Pero en la propia Alemania otra corriente avanzaba en dirección completamente diferente.
El nazismo fue ferozmente antimarxista.
Fue nacionalista, racista, antisemita, expansionista y totalitario.
Por eso no podemos colocar a Marx, Nietzsche, Hitler y la Escuela de Frankfurt dentro de una misma genealogía ideológica.
No pertenecen a ella.
Pero todos pertenecen, de maneras completamente diferentes y muchas veces antagónicas, a la gigantesca crisis de la modernidad europea en la cual el mundo germanófono desempeñó un papel extraordinario.
Y ahí encontramos una enseñanza fundamental:
las ideas nunca permanecen exactamente como las concibieron sus autores.
Viajan.
Se traducen.
Se simplifican.
Se deforman.
Se convierten en consignas.
Los políticos se apropian de ellas.
Los partidos las convierten en catecismos.
Y millones de personas pueden terminar matando o muriendo en nombre de interpretaciones que quizá sus propios creadores no habrían reconocido.
Frankfurt quiso explicar la catástrofe
La Escuela de Frankfurt nació dentro de aquella gigantesca crisis europea.
Horkheimer, Adorno, Marcuse y otros combinaron elementos procedentes de Marx, Freud, Weber, Nietzsche y otras tradiciones.
Después de Hitler y del Holocausto apareció inevitablemente una pregunta aterradora:
¿Cómo pudo la civilización que había producido a Goethe, Beethoven y Kant producir también Auschwitz?
La pregunta era legítima.
El problema, a mi juicio, estuvo en algunas de las respuestas y especialmente en la prolongación posterior de determinadas maneras de interpretar la sociedad.
La teoría crítica amplió extraordinariamente el territorio sometido a sospecha.
Ya no bastaba analizar al Estado.
Ni al propietario de la fábrica.
Había que estudiar también la familia.
La escuela.
La religión.
La autoridad.
La publicidad.
Los periódicos.
La radio.
El cine.
La sexualidad.
La psicología.
El entretenimiento.
El lenguaje.
La cultura.
Hasta la propia razón occidental.
Era una operación intelectual formidable.
Pero contenía un peligro igualmente formidable.
Cuando una teoría encuentra estructuras de dominación detrás de prácticamente todas las instituciones humanas, puede terminar interpretándolo todo como dominación.
Y una teoría capaz de explicarlo todo corre el riesgo de convertirse en una teoría que no puede ser refutada por nada.
Hitler terminó exportando a Frankfurt hacia Estados Unidos
Aquí aparece otra extraordinaria ironía.
Al perseguir a aquellos intelectuales, Hitler contribuyó involuntariamente a transportar parte de aquella tradición crítica alemana a los Estados Unidos.
Décadas después, Herbert Marcuse se convirtió en una figura intelectual asociada a la Nueva Izquierda y a las rebeliones universitarias de los años sesenta.
Y fíjense en las fechas.
Mientras yo estaba en Santo Domingo estudiando sociología, propaganda, filosofía, sindicalismo y desarrollo comunitario en el IPS en 1966, las universidades norteamericanas y europeas estaban entrando precisamente en una de las mayores convulsiones culturales de la posguerra.
Dos años después llegaría 1968.
París.
Berkeley.
Las protestas contra Vietnam.
La rebelión estudiantil.
La revolución sexual.
La crítica de la autoridad.
La Nueva Izquierda.
Muchas corrientes diferentes confluyeron allí.
No todas procedían de Frankfurt.
No todo lo que posteriormente se llamaría posmodernismo, política identitaria, teoría de género o pensamiento decolonial salió de aquella escuela alemana.
Foucault era francés.
Derrida era francés nacido en Argelia.
Las genealogías intelectuales son diferentes.
Meterlo todo dentro de la Escuela de Frankfurt sería cometer precisamente aquello que estamos criticando:
confundir las ideas.
Hasta los chinos recibieron aquel vendaval
China constituye quizá el ejemplo más espectacular de la circulación mundial de las ideas europeas.
Primero recibió el marxismo.
Después el marxismo-leninismo.
Mao lo transformó conforme a las circunstancias chinas.
Después vino la Revolución Cultural.
Y finalmente apareció Deng Xiaoping.
Entonces ocurrió algo que Marx difícilmente habría podido imaginar.
El Partido Comunista conservó el monopolio político mientras China introducía mercados, inversión extranjera, empresas privadas, competencia industrial, exportaciones y acumulación de riqueza.
Nació una criatura histórica formidable:
una gigantesca economía de mercado gobernada por un Partido Comunista.
Los chinos recibieron las ideas occidentales.
Las estudiaron.
Las copiaron.
Las adaptaron.
Las descartaron cuando les pareció necesario.
Y finalmente hicieron sus propias síntesis.
Los chinos terminaron preguntando: ¿funciona?
Ahí encuentro una de las ironías más divertidas de esta historia.
Mientras una parte de las universidades occidentales continuaba discutiendo interminablemente sobre alienación, hegemonía, estructuras de poder, dominación y crítica cultural, los chinos comenzaron a hacerse preguntas bastante más concretas.
¿Cómo producir más acero?
¿Cómo construir puertos?
¿Cómo fabricar automóviles?
¿Cómo levantar ciudades?
¿Cómo desarrollar trenes de alta velocidad?
¿Cómo formar millones de ingenieros?
¿Cómo fabricar semiconductores?
¿Cómo competir con los Estados Unidos?
¿Cómo utilizar el capitalismo sin entregar el poder del Partido Comunista?
China había recibido buena parte del vocabulario ideológico europeo.
Pero terminó sometiéndolo a una pregunta brutalmente sencilla:
¿Funciona o no funciona?
No existe un gen alemán de la locura
Por eso tampoco debemos cometer otro error.
No existe ningún “problema genético-social” alemán.
No existe un gen alemán de la confusión filosófica.
Sería absurdo combatir el determinismo racial utilizando precisamente otro determinismo racial.
Lo que existió fue una combinación histórica extraordinaria:
una unificación nacional tardía;
una industrialización vertiginosa;
universidades extraordinariamente poderosas;
una inmensa tradición filosófica;
el militarismo prusiano;
el nacionalismo;
la Primera Guerra Mundial;
la derrota de 1918;
Versalles;
la hiperinflación;
el enfrentamiento entre comunistas y nacionalistas;
la Gran Depresión;
Hitler;
la Segunda Guerra Mundial;
Auschwitz;
la destrucción de Alemania;
la ocupación;
la división entre Alemania Oriental y Occidental;
y finalmente la Guerra Fría.
Todo aquello ocurrió prácticamente dentro de la vida de dos generaciones.
¿Cómo no iba semejante terremoto histórico a producir una gigantesca conmoción intelectual?
Y yo estaba aprendiendo todo aquello desde Santo Domingo
Cuando vuelvo mentalmente a las aulas del IPS de 1966 comprendo mejor la importancia de aquella experiencia.
Nosotros no estudiábamos esas cuestiones desde la tranquilidad de una sociedad estable.
Veníamos de una guerra.
Habíamos visto una sociedad dominicana romperse.
Habíamos visto desaparecer la dictadura.
Habíamos visto nacer una democracia.
Habíamos visto derrocar a un presidente.
Habíamos visto una insurrección.
Habíamos visto tanques y soldados extranjeros nuevamente en Santo Domingo.
Habíamos visto propaganda procedente de todos los bandos.
Habíamos escuchado hablar de comunismo y anticomunismo, constitucionalismo y revolución, imperialismo y democracia.
Y entonces llegábamos al IPS y encontrábamos palabras como sociología, filosofía, economía, propaganda, sindicalismo, liderazgo, investigación social y dinámica de grupos.
Comprendí después que aquellas palabras tenían una historia.
Y que detrás de una cantidad sorprendente de ellas aparecían pensadores alemanes.
Mi formación como promotor social no terminó además dentro de un aula.
Había que salir a conocer el país real.
Había que entrar en las comunidades.
Observar.
Preguntar.
Escuchar.
Investigar.
Comprender cómo vivían los pobres.
Comprender el sindicalismo.
Comprender los barrios.
Comprender la organización comunitaria.
Aquella formación tuvo una consecuencia directa en mi vida.
En 1967, todavía jovencísimo, comenzaron mis reportajes sabatinos en Listín Diario sobre los barrios marginados de Santo Domingo.
La sociología había comenzado a convertirse en periodismo.
Sesenta años después
Ahora comprendo algo que aquel muchacho de 16 años apenas podía sospechar.
Las ideas son como los ejércitos.
Salen de un territorio.
Cruzan fronteras.
Ocupan universidades.
Entran en periódicos.
Penetran partidos políticos.
Llegan a sindicatos.
Se instalan en las aulas.
Viajan en libros.
Se transforman en revoluciones.
Y rara vez llegan intactas a su destino.
A veces conquistan.
A veces son derrotadas.
A veces se mezclan con las ideas locales.
Y otras veces ocurre algo todavía más curioso: el pueblo que recibe una doctrina extranjera la transforma hasta convertirla en algo que sus propios creadores apenas reconocerían.
Eso hicieron los rusos con Marx.
Eso hicieron todavía más radicalmente los chinos.
Y eso ocurrió también, de otra manera, cuando la filosofía y la teoría social europeas cruzaron el Atlántico y entraron en las universidades norteamericanas.
Por eso mantengo la provocación con la que comencé:
Alemania inundó de ideas confusas a todo el mundo.
Pero debo corregirla inmediatamente.
Alemania inundó al mundo de ideas.
Algunas fueron luminosas.
Otras fueron confusas.
Algunas resultaron peligrosísimas.
Y otras se encuentran entre las mayores conquistas del pensamiento humano.
El verdadero peligro no consiste en pensar.
Consiste en convertir una idea en una explicación absoluta del ser humano.
Cuando la raza pretende explicarlo todo, aparece el racismo.
Cuando la clase pretende explicarlo todo, aparece el determinismo de clase.
Cuando el poder pretende explicarlo todo, cada relación humana termina convertida en una lucha entre dominadores y dominados.
Y cuando una teoría sostiene que quien la contradice demuestra precisamente, mediante su contradicción, que está alienado o manipulado, la discusión racional comienza a desaparecer.
Ese peligro no es alemán.
Es humano.
Pero cuando en 1966, después de una guerra civil y una intervención extranjera, aquel muchacho de 16 años se sentaba en las cátedras del Instituto de Promoción Social de Santo Domingo, empezaba sin saberlo un viaje intelectual que todavía no ha terminado.
Sesenta años después continúo haciéndome algunas de aquellas preguntas.
Y sigo encontrándome, una y otra vez, con Alemania.
