Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En la vieja escuela de la diplomacia —esa que no se improvisa en redes ni se mide por el pulgar inquieto de los teléfonos— había una certeza que no se escribía porque se respiraba: el error es humano, pero la obstinación es política… y suele salir cara.
Los hombres de Estado sabían que equivocarse no los disminuía; lo que los condenaba era aferrarse al error como si fuera una bandera.
Esa lección, antigua como las cancillerías de Europa y tan vigente como el primer cable diplomático de la mañana, la terminaron entendiendo —cada uno a su manera— Donald Trump, Javier Milei y Papa Francisco.
No eran almas gemelas. Ni siquiera coincidían en el tono con que miraban el mundo.
Pero en el instante decisivo hicieron lo único que preserva a los Estados en medio del ruido: corrigieron.
Trump, con su estilo de choque y espectáculo, entendió en un momento preciso que hay escenarios donde la estridencia pierde valor.
Cruzó el océano en mayo de 2017 y llegó al Vaticano no como polemista, sino como jefe de Estado.
No fue a ganar un titular; fue a sostener un puente. Y en ese encuentro —breve, observado, casi ritual— ocurrió lo esencial: el reconocimiento mutuo. En diplomacia, eso basta.
Milei, que venía de palabras duras, hizo un viaje más largo, aunque geográficamente fuera el mismo.
Pasó de la crítica al gesto.
De la distancia al respeto.
Llegó a Roma, miró de frente la historia que lo precedía y dejó una carta que no era un simple protocolo: era una rectificación.
Reconoció en el Papa una figura que trasciende las ideologías, una voz universal que no se puede ignorar sin pagar costos.
Y entonces aparece, como una voz que no necesita escenario internacional, la de Hipólito Mejía.
Sin retórica. Sin citas. Sin adornos.
“Ese problema no tiene que meterse el Gobierno.”
Dicho así, como quien habla en un colmado o en una finca, pero con la precisión de quien ha visto el poder desde dentro, esa frase encierra una doctrina completa.
Porque mientras el mundo se divide entre guerras, bloques e ideologías que se superponen como nubes de tormenta, la República Dominicana enfrenta una tentación peligrosa: creer que participar es protagonizar, que opinar es influir, que responder es liderar.
Y no siempre es así.
Hay momentos en que la inteligencia consiste en intervenir.
Pero hay otros —más delicados— en los que consiste en no hacerlo.
Ahí comienza la verdadera política exterior.
Porque los hechos recientes entre la República Dominicana y los Estados Unidos no son un episodio aislado, sino un síntoma de esta época donde lo inmediato sustituye a lo estratégico y lo público desplaza a lo prudente.
La participación dominicana en la cumbre de Barcelona generó una reacción inusual de la embajadora Leah Francis Campos, quien eligió el lenguaje simbólico —una cita bíblica, una imagen, una insinuación— para expresar una incomodidad política.
No fue una nota formal. Fue algo más inquietante: un mensaje directo al espacio público.
Y la respuesta de un funcionario local, igualmente pública, abandonó el terreno de la diplomacia para entrar en el de la emoción.
Ahí, en ese cruce de señales, es donde se rompe el hilo invisible que sostiene las relaciones entre Estados.
Porque los países pequeños —y esto lo enseña la historia sin necesidad de teoría— no pueden darse el lujo de reaccionar como si fueran grandes potencias.
No pueden convertir cada diferencia en una escena. No pueden confundir dignidad con imprudencia.
Pueden, sí, defender sus intereses.
Pero deben hacerlo con inteligencia.
Y la inteligencia, en política exterior, tiene dos caminos que no se excluyen, sino que se complementan:
corregir a tiempo, como hicieron Trump y Milei
y no meterse donde no corresponde, como advierte Hipólito
Esa combinación —corrección y prudencia— es la verdadera doctrina de supervivencia de los Estados que saben su tamaño, pero también su valor.
No se trata de ceder soberanía.
Se trata de evitar costos innecesarios.
No se trata de dar la razón al otro.
Se trata de preservar la relación.
Porque al final, lo que está en juego no es una frase, ni una publicación, ni una reacción momentánea. Es algo más profundo: la credibilidad del Estado dominicano en un mundo que observa en silencio, interpreta con cuidado y decide sin anunciarlo.
Y la credibilidad —esa moneda invisible que sostiene el prestigio de las naciones— no se mide en aplausos. Se mide en confianza.
Trump lo entendió en Roma.
Milei lo entendió después de sus palabras.
Hipólito lo entendió sin necesidad de explicarlo.
La pregunta es si nosotros lo entenderemos a tiempo.
Porque hay una diferencia silenciosa —pero decisiva— entre los líderes que hacen historia y los que la padecen: los primeros saben detenerse antes de que el error crezca; los segundos insisten hasta que el error los define.
Y la República Dominicana, que ha navegado tempestades más oscuras que esta, no necesita demostrar firmeza en el ruido ni carácter en la confrontación pública.
Necesita algo más difícil:
serenidad para corregir
y prudencia para no exponerse
Porque al final —y esta es una lección que no envejece— la historia no castiga el error…
castiga la obstinación.
Y por eso, en el delicado equilibrio de las naciones, la corrección a tiempo no es debilidad.
Es inteligencia política.
Y la prudencia, cuando evita conflictos innecesarios, no es cobardía.
Es sabiduría.
Porque la estabilidad, como tantas veces hemos aprendido, no se importa.
Se fabrica.
