En 1986 vino el día en que el poder se creyó eterno y el pueblo recordó el miedo
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Había en el aire de 1982 una confianza que no se veía, pero se respiraba.
Era como ese calor pegajoso de Santo Domingo que se mete en la ropa sin pedir permiso: uno no lo nota al principio, pero al final termina dominándolo todo.
Así estaba el poder en aquellos días, instalado en la idea peligrosa de que la historia había sido finalmente domesticada.
Luego en 1984 el Partido Revolucionario Dominicano llevaba ya seis años gobernando desde que Antonio Guzmán Fernández había abierto una puerta que parecía definitiva.
Aquella derrota de Joaquín Balaguer no fue solo una victoria electoral en 1978: fue una promesa de normalidad, una ilusión de continuidad democrática que muchos quisieron creer irreversible.
Y cuando en 1982 llega Salvador Jorge Blanco, no se percibe como un cambio, sino como la confirmación de un ciclo que apenas comenzaba.
Los empresarios lo respaldaban sin reservas. Washington lo recibía con honores.
Y el país —todavía con la esperanza fresca— aceptaba el rumbo.
La visita de Estado a Ronald Reagan en 1984 fue la fotografía perfecta de ese momento: la República Dominicana integrada, alineada, validada en el tablero de la Guerra Fría.
Un pequeño país caribeño que parecía haber encontrado su lugar en el orden internacional.
Pero la historia nunca avisa cuando va a cambiar de dirección.
Porque mientras el poder se exhibía en salones alfombrados, en las calles se acumulaba un silencio espeso, cargado de precios que subían, de salarios que no alcanzaban, de decisiones económicas que se explicaban en tecnicismos pero se sufrían en la mesa vacía.
Y entonces vino abril de 1984.
No como una sorpresa, sino como una consecuencia.
El estallido popular no fue solo una protesta: fue una ruptura.
El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional se convirtió en chispa en un país cargado de frustraciones.
El costo de la vida se disparó y la respuesta del Estado fue dura, desbordada, incapaz de contener sin herir.
Las calles hablaron con violencia porque ya nadie las escuchaba con paciencia.
Desde ese momento, el gobierno dejó de gobernar con autoridad y comenzó a sostenerse con dificultad.
El apoyo empresarial se volvió cauteloso.
El respaldo internacional, silencioso.
Y el pueblo empezó a retirarle su confianza.
Pero lo más grave no ocurrió en las calles, sino dentro del propio partido.
El Partido Revolucionario Dominicano comenzó a dividirse, como se dividen las estructuras cuando el poder deja de ser un proyecto y se convierte en botín.
Las corrientes internas, los liderazgos enfrentados, las ambiciones cruzadas, terminaron por debilitar lo que antes parecía una maquinaria sólida.
Y en ese deterioro interno, se filtró una percepción —difícil de medir pero imposible de ignorar—: los Estados Unidos comenzaron a cansarse.
No con gestos dramáticos, sino con ese lenguaje silencioso que en diplomacia equivale a una señal de retirada.
Cuando un aliado deja de ser estable, deja de ser indispensable.
Entonces, lo impensable comenzó a hacerse posible.
En 1986, regresó al poder Joaquín Balaguer.
No porque el pasado hubiese resucitado, sino porque el presente se había descompuesto.
Nadie en 1978 hubiera apostado por ese retorno.
Pero la política —como la historia— no avanza en línea recta: gira, se repliega, vuelve sobre sí misma cuando encuentra vacío.
Balaguer no regresó por su fuerza.
Regresó porque el orden se había roto.
Y el país, cansado del desorden, eligió lo conocido, incluso si ese conocido venía envuelto en sombras.
Pero hay una escena —casi íntima, casi doméstica— que resume mejor que cualquier análisis lo que ocurrió en esos años.
La madrugada del 17 de mayo.
Una casa grande, silenciosa, con el país todavía a oscuras.
Unos pocos hombres reunidos, esperando cifras que ya no eran solo números, sino destino.
Allí estaba Juan Bosch, en bata, como si la historia lo hubiese sorprendido antes de vestirse.
Le entregan los resultados.
Los mira.
Los comprende en un instante.
Y entonces, con esa mezcla de lucidez y desencanto que solo tienen los que conocen profundamente a su pueblo, dice:
—Coño… ustedes saben lo que es este pueblo votar por un ciego.
No hablaba de la vista.
Hablaba de la memoria.
Bosch entendía algo que a veces se olvida: los pueblos no votan solamente por programas ni por virtudes visibles.
Votan por orden, por estabilidad, por miedo a que el caos se repita.
Y cuando el presente se vuelve incierto, el pasado —por oscuro que haya sido— puede parecer una forma de seguridad.
Esa fue la verdadera elección de 1986.
No fue solo el regreso de Joaquín Balaguer.
Fue la derrota de una ilusión.
La ilusión de que el poder conquistado se conserva por inercia.
La ilusión de que el respaldo internacional sustituye la legitimidad interna.
La ilusión de que un partido unido en la victoria no se fragmenta en la dificultad.
Al final, lo que ocurrió fue más simple y más profundo.
El poder se creyó eterno.
El pueblo recordó el miedo.
Y la historia —como siempre— decidió por ambos.
