
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante la noche del 13 al 14 de septiembre de 1321 murió en Rávena Dante Alighieri, el poeta que convirtió una lengua todavía en formación en uno de los grandes instrumentos de expresión de la civilización occidental.
Tenía 56 años. Había nacido en Florencia, probablemente entre mayo y junio de 1265, pero murió lejos de su ciudad natal, víctima del exilio político que marcó los últimos veinte años de su existencia.

Dante no fue solamente el autor de la Divina Comedia. Fue poeta, filósofo, estudioso de la teología, diplomático y protagonista de las intensas luchas políticas de la Italia medieval. Su vida permite comprender hasta qué punto la creación literaria puede estar ligada al drama personal y a los conflictos de una época.
En 1302 fue condenado al destierro por sus adversarios políticos. Nunca regresaría a Florencia. Vivió sucesivamente en distintas ciudades italianas y encontró finalmente protección en Rávena, bajo el amparo de Guido Novello da Polenta.
Según la tradición histórica más aceptada, enfermó de malaria después de regresar de una misión diplomática realizada en Venecia. Murió poco tiempo después y fue sepultado en Rávena, donde todavía descansan sus restos. Florencia, arrepentida tardíamente, levantó para él un monumento funerario en la basílica de Santa Croce, pero la tumba permanece vacía. Rávena nunca renunció a custodiar al poeta que Florencia había expulsado.
La lengua del pueblo convertida en lengua universal
En tiempos de Dante, el latín continuaba siendo la lengua principal de la Iglesia, de la filosofía, de la ciencia y de las personas cultas. La península italiana estaba dividida políticamente y también fragmentada en numerosos dialectos y formas regionales de expresión.
Dante comprendió, sin embargo, que la lengua hablada por el pueblo podía alcanzar la misma dignidad literaria del latín. Su decisión de escribir la Comedia en lengua vulgar florentina tuvo consecuencias históricas extraordinarias.
No escogió una lengua empobrecida. La amplió, la disciplinó y la elevó. Recurrió al habla cotidiana, a términos filosóficos y teológicos, a expresiones populares, tecnicismos, latinismos y palabras creadas o transformadas por su poderosa imaginación. Con ese inmenso repertorio describió el infierno y la esperanza, el pecado y la redención, la política de su tiempo y el destino eterno del ser humano.
Por eso Dante es llamado justamente el padre de la lengua italiana.
Se afirma con frecuencia que cerca del 90 % del léxico fundamental del italiano contemporáneo ya se encontraba configurado al concluir el siglo XIV. La cifra no significa literalmente que Dante haya inventado nueve de cada diez palabras empleadas hoy por los italianos. Expresa algo más preciso: una parte extraordinariamente alta del vocabulario básico moderno ya aparece en los grandes autores del Trecento, principalmente Dante, Petrarca y Boccaccio, con una contribución excepcional de la Divina Comedia. Así lo explica también la Società Dante Alighieri.
Dante defendió teóricamente la dignidad de la lengua vulgar en su tratado De vulgari eloquentia, escrito paradójicamente en latín. Buscaba una lengua italiana “ilustre”, capaz de superar las divisiones regionales y convertirse en vehículo común de cultura.
Un poema sobre la condición humana
La Divina Comedia narra el viaje de Dante por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Virgilio, símbolo de la razón humana, lo guía durante las dos primeras etapas. Beatriz, expresión del amor elevado por la gracia, lo conduce después hacia la contemplación de Dios.
Pero la obra no es únicamente una visión del más allá. Es también un juicio sobre la historia, la corrupción, el abuso del poder y la responsabilidad moral de cada persona. Dante distribuye entre condenados, penitentes y bienaventurados a papas, emperadores, políticos, guerreros, maestros, amigos y enemigos.
Su poema representa un itinerario desde la oscuridad hasta la luz. Comienza en una “selva oscura”, cuando el poeta ha perdido el camino verdadero, y culmina ante el misterio divino, en “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”.
Siete siglos después de su muerte, Dante continúa hablando al mundo porque escribió sobre las grandes preguntas que nunca envejecen: el bien y el mal, la libertad, la justicia, el arrepentimiento, el poder, el amor y la salvación.
Murió desterrado, pero su palabra consiguió unificar espiritualmente a Italia varios siglos antes de su unificación política. Florencia lo expulsó; Rávena protegió sus restos; Italia entera heredó su lengua.
Y la humanidad recibió uno de sus poemas eternos.
