EL PAPA DIABLO

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
El rostro de Inocencio X bajo los pies de San Miguel.
En una pequeña iglesia de Roma se conserva desde hace casi cuatro siglos una de las imágenes más extraordinarias de la lucha entre el bien y el mal.
San Miguel Arcángel, joven, hermoso y sereno, mantiene encadenado y aplastado bajo sus pies a Satanás mientras levanta la espada para consumar su victoria.

La pintura es obra de Guido Reni, uno de los grandes maestros del barroco italiano.
Fue realizada hacia 1635 y sabemos que necesariamente estaba terminada en 1636, porque ese año ya circulaba en Roma un grabado derivado de ella.
El original permanece en la iglesia de Santa Maria della Concezione dei Cappuccini, en la actual Via Veneto.
El catálogo oficial del patrimonio cultural italiano confirma tanto su localización como la existencia de aquella reproducción fechada en 1636.
Pero el cuadro esconde una historia mucho más terrenal.
El personaje que San Miguel mantiene bajo sus pies tiene rostro humano.
Y una tradición recogida ya en el siglo XVII sostiene que Guido Reni habría dado deliberadamente a Satanás las facciones del cardenal Giovanni Battista Pamphilj, el hombre que años después ocuparía el trono de San Pedro con el nombre de Inocencio X.
De ahí nace una de las historias más deliciosamente irreverentes de la pintura romana: un futuro papa convertido en Diablo.
Barberini contra Pamphilj.
Para comprenderla hay que entrar en el complicado mundo político de la Roma del Seicento.
El cuadro había sido encargado por el cardenal Antonio Barberini, capuchino y hermano del papa Urbano VIII.
Su destino era precisamente la iglesia de los Capuchinos cuya construcción había financiado la familia Barberini.
Pamphilj, por su parte, mantenía malas relaciones con los Barberini. Y Guido Reni también había tenido dificultades con él.
La tradición más importante no procede de una ocurrencia contemporánea.
La recoge Carlo Cesare Malvasia, biógrafo de Reni en el siglo XVII.
Según esa tradición, el artista habría utilizado las facciones del cardenal Pamphilj para representar al demonio como venganza por los agravios que había sufrido.
Una síntesis moderna de la biografía de Reni recoge precisamente la relación entre las hostilidades de Pamphilj hacia el pintor y el episodio del San Miguel.
Pero aquí debemos hacer una distinción histórica fundamental.
Malvasia transmite una tradición; no tenemos una prueba documental concluyente de que Reni utilizara deliberadamente el rostro de Pamphilj.
Una fuente histórico-artística moderna incluso señala expresamente que la identificación tradicional fue negada por el propio pintor.
Por tanto, podemos contar la historia. Lo que no debemos hacer es convertir la leyenda en un hecho demostrado.
Primero fue cardenal; después papa.
Hay además una paradoja cronológica que vuelve todavía más fascinante la historia.
Cuando Reni pintó su San Miguel, hacia 1635, Giovanni Battista Pamphilj no era papa.
Era cardenal.
Nueve años después, en 1644, sería elegido pontífice y adoptaría el nombre de Inocencio X.
Y Guido Reni no pudo contemplar aquella transformación: había muerto en Bolonia en 1642.
Es decir, si la tradición de Malvasia es verdadera, Guido Reni no pintó al papa como Satanás.
Pintó a Satanás con el rostro de un hombre que después se convirtió en papa.
Ahí está la precisión histórica que hace todavía mejor la historia.
Rafael y Reni.
La otra imagen permite comprender la originalidad de Reni.
Más de un siglo antes, Rafael había representado también a San Miguel venciendo a Satanás. En aquella pintura de 1518 —hoy en el Louvre— el demonio pertenece inequívocamente al universo de lo monstruoso: cuerpo deformado, cuernos y apariencia infernal.
Reni hizo algo diferente.
Su Satanás conserva un cuerpo poderoso y vencido, pero sobre todo posee un rostro reconociblemente humano.
Y precisamente esa humanización hizo posible que los contemporáneos vieran detrás del demonio a un hombre concreto.
«Un pincel angélico»
La parte más hermosa de la historia, sin embargo, pertenece al propio Reni.
Giovan Pietro Bellori recuperó unas palabras del pintor que posteriormente se convertirían prácticamente en manifiesto de la teoría de la belleza ideal.
Reni decía que habría deseado poseer un «pennello Angelico» y formas del Paraíso para pintar al Arcángel; como no podía ascender al cielo ni encontrar aquella belleza perfecta sobre la tierra, tuvo que buscarla en la idea que había formado dentro de sí.
Bellori citó esas palabras en su célebre discurso sobre L’Idea y después en el contexto de su teoría artística.
El contraste resulta extraordinario.
Para representar a San Miguel, Guido Reni afirmaba que ninguna belleza terrenal era suficiente: necesitaba imaginar el Paraíso.
Para representar al Diablo, según la tradición, no necesitó buscar tan lejos.
Le bastó mirar hacia la corte pontificia.
Y aquel cardenal supuestamente condenado por el pincel de Reni a permanecer eternamente bajo el pie del Arcángel terminaría sentado, pocos años después, en el trono de San Pedro.
Se llamaba Giovanni Battista Pamphilj.
La historia lo conocería como el papa Inocencio X.
Y la leyenda del arte lo convirtió, para siempre, en El Papa Diablo.
