Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay que decirlo desde el principio, porque en estos tiempos la memoria se distorsiona con facilidad: a pesar de las diferencias de criterio —sobre todo en materia migratoria— las relaciones entre Donald Trump, ya como presidente de los Estados Unidos, y Papa Francisco fueron siempre cordiales.

Luego en Enero del 2025 el papa Francisco le envió al presidente Trump un Mensaje de Felicitación por su nuevo mandato.
No hubo rupturas.
No hubo choques abiertos.
No hubo ese “controlazo” que hoy vemos en otros escenarios.
Hubo desacuerdos, sí. Pero también hubo diplomacia. Y la diplomacia —cuando funciona— no elimina las diferencias; las administra.

Basta recordar que en mayo de 2017, en su primera visita oficial a Europa, el presidente Trump fue al Vaticano y colocó en el centro de su agenda el encuentro con el Papa. Fue recibido con los honores correspondientes y, más allá de las interpretaciones mediáticas, el encuentro transcurrió en un clima de respeto institucional.
Y conviene decirlo con claridad: hubo sonrisas.
Las hubo en el saludo inicial, en el intercambio con la familia, en los momentos que muchas veces no ocupan los titulares principales. Porque así funciona el mundo mediático: selecciona, enfatiza, omite. Pero las imágenes existen, están ahí, aunque no siempre se destaquen.

Por eso sorprende —y hay que subrayarlo— la falta de fineza diplomática que se observa hoy en otros episodios. Porque lo que antes se manejaba con prudencia, ahora se expone con estridencia. Y cuando la diplomacia se pierde, lo que queda no es la verdad: es el ruido.
Pero para entender esa diferencia, hay que volver a Roma, a abril de 2016.
Ese día, en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco saludó brevemente a Bernie Sanders. Un gesto mínimo, que él mismo explicó como simple cortesía: “Esto se llama educación, no mezclarse en la política”.
Tenía razón.
Pero la historia rara vez se detiene en las intenciones.
Porque en esos mismos días, en otra sala de Roma, se estaba discutiendo algo que hoy adquiere otro significado. En una reunión de los embajadores latinoamericanos acreditados ante la Santa Sede —en la que yo participaba como decano de las Américas y del grupo latinoamericano, tras siete años de ejercicio— propuse invitar a Hillary Clinton.
Era la figura central del momento. Ex secretaria de Estado, candidata casi segura del Partido Demócrata, con altas probabilidades de ganar las elecciones. La lógica diplomática era clara: abrir un canal de diálogo anticipado, especialmente sobre la política migratoria, un tema vital para América Latina.
Incluso señalé que podía facilitar el contacto, a través de relaciones personales en la República Dominicana, país que los Clinton visitaban con frecuencia.
La propuesta fue bien recibida.
Pero entonces intervino el embajador de mayor edad en la sala, el representante del Uruguay, un hombre de 82 años, cuya experiencia hablaba con la calma de quien ha visto pasar demasiadas certezas.
No rechazó la idea.
La completó.
“Está muy bien, embajador —dijo—, pero ¿por qué no invitamos también a un aspirante del Partido Republicano que se llama Donald Trump?”
El nombre se escuchó.
Pero no se pensó.
No hubo rechazo, pero tampoco debate. La propuesta quedó suspendida en el aire, como quedan las ideas que no encuentran terreno en el momento adecuado.
Y ahí estuvo el error.
Porque mientras nosotros mirábamos lo probable, lo inevitable, lo institucional —Clinton—, el futuro avanzaba por un camino que no queríamos reconocer.
En paralelo, en el Vaticano, Sanders participaba en un encuentro de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales sobre la encíclica Centesimus annus de Juan Pablo II, junto a líderes como Rafael Correa y Evo Morales.
Su presencia era lógica.
Pero no era inocente.
Al enterarme, contacté a Marcelo Sánchez Sorondo, figura clave de la academia. La explicación fue correcta, pero no disipó la impresión de que existían influencias, equilibrios, fuerzas invisibles que operaban detrás de la agenda.
Y entonces comprendí algo que solo se aprende en Roma:
el Vaticano no es un bloque. Es un cruce de corrientes.
Por eso el Papa tenía razón en el gesto… pero el contexto lo superaba.
Meses después, la historia decidió.
Clinton no llegó.
Sanders no ganó.
Y Trump —el nombre que no debatimos— se convirtió en presidente de los Estados Unidos.
Y, sin embargo, una vez en el poder, la relación entre Trump y el Papa no se rompió.
Se administró.
Eso es lo que hoy parece haberse olvidado.
Porque la diplomacia no consiste en coincidir.
Consiste en convivir con las diferencias sin convertirlas en espectáculo.
Lo que ocurrió en Roma en 2016 no fue un error de información.
Fue un error de percepción.
Creímos en lo probable y descartamos lo posible.
Escuchamos lo evidente y no atendimos lo incómodo.
Y cuando el futuro cambió de forma, ya era tarde para discutirlo.
Por eso aquella lección, sencilla y dura:
la estabilidad no se importa;
se fabrica.
