Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Yo caminé Roma durante once años como quien recorre una casa donde alguien ha cambiado los muebles en la noche.
Al principio no se nota. La luz cae igual sobre el Campidoglio, las piedras siguen ahí, el Teatro di Marcello conserva su dignidad antigua.
Pero hay algo que no encaja, una ausencia que no se ve, pero se siente. Como cuando falta una voz en una conversación.
Roma, 1926. Benito Mussolini ordena el piccone. No un bombardeo, no una guerra. Un martillo.
Y en tres años, un barrio que había resistido mil años deja de existir.

Entre el Campidoglio y el Tíber había un laberinto que no era un error urbano, sino la memoria misma: callejones medievales, talleres artesanos, patios renacentistas, plazas vividas durante siglos. Piazza Montanara. Piazza Aracoeli. Via della Bufola. Via Monte Caprino. Via della Consolazione.
Hoy esos nombres no están en ningún mapa.
Pero Roma —que tiene memoria propia— los sigue murmurando.
El régimen los llamó “deturpaciones”. Dijo que eran insalubres, que ahogaban los monumentos.
Pero la verdad era otra: querían una perspectiva limpia, una escenografía imperial, una línea recta que condujera la mirada hacia la grandeza antigua como si el tiempo intermedio no hubiera existido.
Y así nació la Via del Mare.
Para abrirla, hubo que borrar lo que no cabía en la idea.
Cinco iglesias fueron derribadas. Algunas con siglos de historia.
Santa Rita da Cascia fue desmontada piedra por piedra, como si la fe pudiera mudarse sin perder su alma.
Sant’Angelo in Pescheria sobrevivió, no por milagro, sino por conveniencia: encajaba en la escenografía frente al teatro antiguo.
Las otras no tuvieron esa suerte.
Entonces aparece la gran ironía, que Roma entiende mejor que nadie: el régimen que proclamaba defender la “romanidad” estaba destruyendo las capas que habían protegido Roma durante siglos.
Porque esas iglesias medievales, esas plazas renacentistas, no eran obstáculos: eran la piel que había cubierto y conservado el cuerpo antiguo.
Para mostrar el Imperio, hubo que destruir la historia.
Y mientras las piedras caían, la gente también desaparecía.
Cinco mil personas fueron sacadas de allí. No se les preguntó nada.
Fueron trasladadas a barrios nuevos, como Garbatella, donde la ciudad empezaba de cero, sin memoria, sin raíces, sin las paredes que sabían sus nombres.
Las botteghe —algunas abiertas desde hacía generaciones— cerraron en cuestión de meses. Oficios enteros se evaporaron sin dejar registro.
Y entonces aparecen los nombres.
No los de quienes se fueron, sino los de quienes firmaron la nueva ciudad.
Marcello Piacentini, el arquitecto del régimen, el hombre que convirtió la ideología en líneas rectas y perspectivas imperiales.
Antonio Muñoz, el erudito, el custodio del pasado, que restauraba los monumentos antiguos mientras participaba en una transformación que sacrificaba otras capas de la misma historia.
Attilio Spaccarelli, el conocedor del tejido urbano, que entendía la ciudad viva pero trabajaba dentro de una lógica que exigía abrir, limpiar, monumentalizar.
Tres nombres.
Tres trayectorias distintas.
Y un mismo gesto: hacer visible una Roma… borrando otra.
Porque ahí está la paradoja que uno entiende caminando, no leyendo:
El mismo hombre que estudiaba cómo conservar la belleza de la ciudad podía ser parte del proceso que la mutilaba.

El mismo experto en monumentos antiguos contribuía a eliminar los siglos que los habían protegido.
El mismo arquitecto sensible al contexto terminaba dibujando avenidas que lo borraban.
Pero la verdad no está en los nombres.
Está en lo que falta.
Porque los libros recuerdan a Piacentini, a Muñoz, a Spaccarelli. Hablan de planes, de estilos, de teorías.
Pero no dicen quién hacía pan en Via della Bufola. No dicen quién abría su taller en Piazza Montanara. No dicen quién cerró su puerta por última vez sin saber que no volvería.
Esos nombres no están escritos.
Pero están en Roma.
Yo los sentía sin conocerlos.
En el eco de una calle demasiado ancha.
En el silencio de una plaza demasiado limpia.
En la sospecha de que la perfección es, muchas veces, la forma más elegante del olvido.
Porque la recta —esa obsesión del poder— no admite memoria.
Y Roma, en cambio, es memoria enredada.
Por eso, después de once años caminándola, entendí que la ciudad no había sido destruida.
Había sido reescrita.
Y toda reescritura tiene dos partes: lo que se muestra… y lo que se borra.
Lo que se muestra lleva firmas.
Lo que se borra, no.
Pero es eso último —lo invisible, lo expulsado, lo silenciado— lo que uno termina caminando sin darse cuenta.
Porque en Roma, como en la historia, lo que desaparece no muere.
Se queda debajo.
Y espera.
Sin embargo, su memoria respira por sus calles y nos absorbe.
