Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay discusiones que envejecen sin morir.
Se sientan a esperar en una esquina de la historia, cambian de ropa, aprenden nuevas palabras y regresan como si acabaran de nacer.
Una de ellas ha vuelto ahora vestida con el lenguaje contemporáneo de la innovación, las carreras STEM y la inteligencia artificial, pero en realidad lleva medio siglo caminando por los pasillos dominicanos.
El actual rector del Instituto Tecnológico de Santo Domingo ha dicho que la República Dominicana no necesita más abogados ni contables, sino ingenieros.
La frase, provocadora y directa, parece nueva solo para quienes no recuerdan que esa fue, precisamente, una de las razones de ser del propio INTEC desde su nacimiento.
Porque el asunto no comenzó ayer, ni con la revolución digital, ni con Silicon Valley, ni con la inteligencia artificial, ni siquiera con la expansión global de la informática.
Este debate nació cuando el país todavía se debatía entre las sombras de la postguerra civil de 1965, las promesas del desarrollismo latinoamericano y las ilusiones de una modernización que siempre parecía estar a punto de llegar, pero que nunca terminaba de instalarse del todo.
En aquellos años, la República Dominicana seguía siendo una sociedad profundamente marcada por la cultura del escritorio, el sello, el expediente y la palabra.
El prestigio social estaba asociado al abogado de traje impecable, al médico respetado por el barrio entero, al contador que ofrecía estabilidad, al político que hablaba durante horas desde una tribuna como si la elocuencia fuera una ciencia exacta.
La figura del ingeniero existía, por supuesto, pero no ocupaba el centro simbólico del imaginario nacional.
La nación admiraba al hombre que hablaba, no necesariamente al que diseñaba puentes, máquinas o sistemas.
Fue en ese contexto que nació el Instituto Tecnológico de Santo Domingo en 1972, no como una universidad más, sino como una apuesta deliberada por otro modelo.
Su propia existencia era una crítica silenciosa al esquema universitario dominante.

La idea era sencilla y ambiciosa a la vez: formar profesionales capaces de insertar a la República Dominicana en el mundo tecnológico, industrial y científico del futuro.
Era, en esencia, una declaración de modernidad.
Pero como tantas veces ocurre en nuestro país, la claridad del diagnóstico no garantizó la solución del problema.
Ya para mediados de los años setenta se hablaba exactamente de lo mismo que hoy.
La preocupación era entonces la industrialización.
Se decía que la nación no podía depender eternamente de una economía primaria, del comercio básico o de una burocracia hipertrofiada.
Se hablaba de ingenieros industriales, de desarrollo tecnológico, de planificación.
Más adelante llegaron los años ochenta y con ellos el lenguaje de la computación, la automatización y la informática.
Después vinieron los noventa con la apertura económica.
Luego los años dos mil con la globalización.
Más tarde la economía del conocimiento.
Ahora hablamos de inteligencia artificial, ciencia de datos, robótica y automatización avanzada.
Las palabras han cambiado. El problema, no tanto.
Y en cierto modo, esta historia también tiene un rostro personal.
Hubo una generación que creyó sinceramente en esa promesa tecnológica.
Jóvenes que ingresaron al INTEC convencidos de que el país podía transformarse a través de la ciencia, la ingeniería y la disciplina técnica.
Era la época en que estudiar Ingeniería de Sistemas no era simplemente escoger una carrera, sino abrazar una idea de futuro nacional.
Muchos de ellos conocieron profesores rigurosos, laboratorios exigentes y una cultura académica que apostaba por formar cuadros técnicos para una República Dominicana distinta.
Sin embargo, cuarenta o cincuenta años después, la conversación sigue ahí, intacta, como un mueble viejo que nadie se decide a sacar de la sala.
Porque el drama dominicano nunca fue simplemente universitario.
El verdadero cuello de botella estaba mucho antes de la universidad, escondido en las aulas de primaria y secundaria donde generaciones enteras aprendieron a temerle a las matemáticas como si fueran una enfermedad, donde la lógica fue tratada como un lujo y donde la ciencia muchas veces se enseñó como una colección de datos muertos en vez de una manera de pensar.
Sin base sólida en matemáticas, la ingeniería deja de parecer una oportunidad y comienza a parecer una condena.
Eso explica por qué tantos jóvenes, incluso brillantes, terminan inclinándose por carreras percibidas como más transitables o socialmente más rentables.
No porque carezcan de talento, sino porque el sistema los empuja hacia donde el terreno parece menos empinado.
Pero también hay razones culturales más profundas.
La República Dominicana, como buena heredera del mundo iberoamericano, construyó una cultura política profundamente verbalista.
Aquí el prestigio histórico se ganó hablando, negociando, litigando, escribiendo discursos o manejando relaciones personales.
El ingeniero, salvo excepciones, no fue elevado a símbolo nacional del progreso del mismo modo en que lo fue en Alemania, Japón, Corea del Sur o China, donde la figura del técnico y del constructor fue asociada directamente con el renacimiento nacional.
Aquí, durante mucho tiempo, el símbolo del éxito fue el escritorio con aire acondicionado, no el laboratorio.
Pero incluso eso sería una explicación incompleta.
Porque tampoco basta con graduar ingenieros si la economía nacional no sabe qué hacer con ellos.
Ese es el otro silencio incómodo del debate.
No se puede pedir una explosión de talento tecnológico sin un aparato productivo capaz de absorberlo.
Muchos ingenieros terminan administrando negocios familiares, trabajando en áreas comerciales, ocupando funciones burocráticas o emigrando.
El país forma parte de una economía donde el turismo, los servicios, el comercio y ciertas industrias ligeras tienen peso enorme, pero donde todavía la gran transformación científico-industrial sigue siendo parcial.
De modo que el rector del INTEC tiene razón, pero solo parcialmente.
Sí, el país necesita más ingenieros.
Pero también necesita un ecosistema que les dé sentido.
De lo contrario, el discurso se convierte en liturgia.
¿Ha fracasado el país?
No necesariamente.
La República Dominicana de hoy no es la de 1976.
Ha cambiado enormemente. Hay más infraestructura, más conectividad, más universidades, más digitalización, más integración global, más zonas francas, más sofisticación económica.
Pero el problema estructural persiste porque la modernización no es simplemente cuestión de edificios o discursos institucionales. Es una cultura nacional.
Las naciones que lograron grandes saltos tecnológicos no solo fundaron universidades. Cambiaron mentalidades.
Transformaron la escuela básica.
Hicieron prestigioso el conocimiento científico.
Crearon industrias reales.
Conectaron investigación con empleo.
Convirtieron la ingeniería en narrativa nacional.
Eso aún sigue pendiente aquí.
Por eso esta frase del rector del INTEC no debe verse como noticia, sino como síntoma.
Es la voz de una conversación dominicana que lleva cincuenta años negándose a terminar.
Como esas lluvias tropicales que parecen irse y vuelven cuando uno ya guardó el paraguas.
Porque quizá el verdadero problema nunca fue únicamente la falta de ingenieros.
Quizá ha sido la incapacidad colectiva de construir el país donde los ingenieros realmente hagan falta.
