Por José Manuel Jerez
La actualidad internacional ha dejado de ser un espacio de análisis convencional para convertirse en un terreno de disputa estratégica donde las apariencias engañan y los equilibrios tradicionales se desmoronan. No estamos ante un simple escenario de tensiones geopolíticas, sino frente a una crisis profunda del orden internacional, en la que las potencias ya no logran traducir su poder militar en control político efectivo, ni sostener la arquitectura institucional que durante décadas legitimó su hegemonía.
El conflicto en Oriente Medio es la expresión más visible de esta fractura. Estados Unidos e Israel han desplegado poder militar sin lograr consolidar objetivos estratégicos duraderos frente a Irán. Este desfase entre capacidad bélica y resultados políticos no es menor: constituye el síntoma más claro de una “derrota estratégica” en términos clásicos. Como advertía Hans Morgenthau, el poder no se mide por la fuerza desplegada, sino por la capacidad de alcanzar fines políticos. Y hoy, ese principio parece estar en crisis.
Pero el verdadero problema no es el conflicto en sí, sino lo que revela: el agotamiento de un modelo de liderazgo global. Estados Unidos ya no actúa como arquitecto del orden internacional, sino como un actor más dentro de un sistema que se le escapa de las manos. Sus decisiones, muchas veces erráticas o contradictorias, generan incertidumbre incluso entre sus propios aliados, debilitando el sistema de alianzas que históricamente sostuvo su primacía.
En este contexto, China emerge no como un reemplazo inmediato, sino como un beneficiario estratégico del desgaste estadounidense. Sin embargo, su posición es más compleja de lo que aparenta. Pekín no necesita el colapso del orden internacional; necesita su funcionamiento mínimo. La estabilidad es condición de su crecimiento. De ahí su paradoja: cuanto más se debilita Estados Unidos, más inestable se vuelve el sistema que China necesita para consolidarse.
Este juego de tensiones se proyecta directamente sobre la economía global. La seguridad energética ha vuelto a convertirse en un factor de poder central, y el riesgo sobre el Estrecho de Ormuz no es una hipótesis académica, sino una amenaza concreta con efectos inmediatos. El mercado del petróleo opera hoy bajo lógica geopolítica pura, donde cualquier escalada puede desencadenar choques inflacionarios globales. En este contexto, la economía mundial no está en crisis… está en vulnerabilidad estructural.
Para países como la República Dominicana, esta realidad no es externa ni distante: es determinante. Nuestra economía depende de variables que no controlamos —energía, comercio, flujos financieros— y, por tanto, cada movimiento en el tablero internacional impacta directamente en nuestra estabilidad interna. Pensar la política económica sin considerar la geopolítica es, hoy, una forma de ingenuidad peligrosa.
En el plano nacional, la situación no es menos compleja. La política dominicana ha entrado, de manera anticipada, en una fase de reconfiguración del poder con miras a 2028. Lo que se observa no es simplemente competencia electoral, sino una lucha por redefinir el sistema de alianzas, los liderazgos y el sentido mismo de la oposición. En este proceso, algunos actores parecen dispuestos a cometer un error estratégico de alto costo: diluir su identidad en acuerdos tácticos que pueden comprometer su viabilidad política.
El problema no es la alianza en sí, sino su lógica. Cuando la oposición pierde su función de contrapeso y se acerca al poder sin una estrategia clara, deja de ser alternativa y se convierte en extensión del sistema que debería cuestionar. Esto no solo debilita la competencia democrática, sino que altera el equilibrio político, favoreciendo escenarios de concentración de poder.
A este panorama se suma una variable crítica: la fragilidad institucional. En contextos de alta competencia política, el respeto a la Constitución, la independencia de los órganos de control y la vigencia del Estado de Derecho dejan de ser principios abstractos para convertirse en condiciones de supervivencia democrática. Cuando estas bases se erosionan, el sistema no se adapta: se descompone.
Desde una perspectiva estructural, lo que estamos presenciando —tanto a nivel global como nacional— es una transición de poder. El orden internacional se mueve hacia una multipolaridad conflictiva, mientras los sistemas políticos internos enfrentan presiones de cambio que no siempre logran canalizar institucionalmente. En ambos casos, la constante es la misma: incertidumbre, competencia y redefinición.
En suma, la actualidad no debe analizarse como una suma de hechos, sino como una disputa por el control del futuro. Quien no entienda la lógica de este momento —quien no comprenda que estamos ante una transformación profunda del poder— está condenado a reaccionar en lugar de anticipar. Y en política, reaccionar siempre es llegar tarde.
La República Dominicana enfrenta, por tanto, un doble desafío: interpretar correctamente el escenario internacional y, al mismo tiempo, evitar errores estratégicos en su dinámica interna. Porque en tiempos de transición, no gana quien tiene más poder, sino quien entiende mejor el momento histórico.
