Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Robert K. Merton, nombre que escuché por primera vez en 1966 durante una charla del sociólogo Frank Marino Hernández, sostenía en su célebre "teoría de la tensión" que la conducta desviada puede surgir cuando una sociedad promueve obsesivamente el éxito económico, pero distribuye de manera profundamente desigual los medios legítimos para alcanzarlo.

Sesenta años después de aquella conferencia, no puedo evitar preguntarme si esa teoría no ayuda también a comprender algunos rasgos de la sociedad dominicana contemporánea.
Pienso, sobre todo, en determinados sectores de la vida pública y privada donde el éxito, el prestigio y la riqueza parecen convertirse en fines absolutos, mientras las oportunidades para alcanzarlos continúan distribuyéndose de manera muy desigual.
Esta reflexión me vino a la mente al releer un pasaje del Evangelio según san Mateo.

Hay frases que parecen escapar al tiempo.
Nacen en un contexto determinado, sobreviven a la desaparición de los imperios y terminan adquiriendo un significado completamente distinto del que probablemente tuvieron cuando fueron pronunciadas o escritas.
Pocas ilustran mejor ese fenómeno que una expresión contenida en el Evangelio según san Mateo:
"Al que tiene, se le dará más y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará" (Mt 13,12).
Confieso que nunca he logrado leer ese versículo sin experimentar una cierta inquietud intelectual.

Leído con los ojos del siglo XXI, parece más una ley del capitalismo financiero que una enseñanza pronunciada por un predicador judío de la Galilea del siglo I.

La impresión resulta todavía más desconcertante cuando se recuerda que la propia doctrina social de la Iglesia ha rechazado reiteradamente un capitalismo que convierta el beneficio económico en criterio absoluto de organización de la sociedad.
Desde Rerum Novarum de León XIII, en 1891, hasta Centesimus Annus de Juan Pablo II y Caritas in Veritate de Benedicto XVI, el magisterio ha insistido en que la economía debe estar subordinada a la dignidad de la persona humana y al bien común.
El mercado no puede convertirse en un absoluto moral.
Entonces surge inevitablemente la pregunta.
¿Por qué algunos pasajes del Evangelio parecen expresar exactamente la lógica contraria?
La dificultad aparece precisamente en el capítulo 13 de Mateo, donde Jesús pronuncia la parábola del sembrador.
Un sembrador lanza la semilla.
Parte cae en el camino, otra sobre terreno pedregoso, otra entre espinos y otra en tierra buena.
Sólo esta última produce fruto abundante.
Hasta ahí la narración resulta sencilla.
Pero inmediatamente después ocurre algo que ha desconcertado a generaciones enteras de lectores.
Los discípulos preguntan por qué Jesús habla en parábolas.
La respuesta parece establecer una diferencia radical entre quienes comprenderán el mensaje y quienes permanecerán excluidos:
"A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no."
Y enseguida aparece la frase:
"Al que tiene, se le dará más…"
Vista aisladamente, la afirmación parece formular un principio de acumulación: quien posee continuará acumulando; quien carece terminará perdiéndolo todo.
Sin embargo, la exégesis tradicional sostiene que Jesús no habla de riqueza material.
El "tener" significa poseer apertura interior para acoger el Reino; el "no tener" significa permanecer cerrado a él.
Esa explicación, aunque coherente desde la perspectiva teológica, no elimina completamente las dificultades del texto.
La investigación bíblica moderna ha mostrado que los Evangelios fueron escritos aproximadamente entre los años 70 y 100 d. C., varias décadas después de la muerte de Jesús.
No constituyen una grabación literal de las palabras de Jesús.
Son los Evangelios el resultado de una larga transmisión oral y de un proceso de redacción llevado a cabo por las primeras comunidades cristianas.
Precisamente por ello, muchos especialistas consideran que algunas explicaciones alegóricas de las parábolas —entre ellas la detallada interpretación de los distintos terrenos— reflejan también la experiencia pastoral de la Iglesia naciente.
Eso no significa que los Evangelios hayan sido falsificados.
Significa algo mucho más complejo y mucho más interesante: los evangelistas escribieron historia desde la fe.
Conservaron la memoria de Jesús, pero también interpretaron esa memoria a la luz de la experiencia de las comunidades cristianas que comenzaban a extenderse por el Imperio romano.
La crítica textual confirma, además, que los manuscritos contienen variantes, añadidos y correcciones introducidos durante siglos de copia manual.
Casos como el final largo de Marcos o el episodio de la mujer sorprendida en adulterio muestran que el texto bíblico conoció un proceso de transmisión complejo.
Sin embargo, no existe evidencia documental seria que permita sostener una manipulación sistemática destinada a favorecer un determinado sistema económico.
Paradójicamente, el mismo Evangelio que contiene la expresión "al que tiene se le dará más" ofrece algunas de las condenas más severas al poder del dinero.
Jesús proclama bienaventurados a los pobres.
Advierte que nadie puede servir simultáneamente a Dios y al dinero.
Invita al joven rico a vender cuanto posee y repartirlo entre los pobres.
Afirma que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios.
Difícilmente puede sostenerse que los Evangelios constituyan una apología de la acumulación de riqueza.
Y, sin embargo, la historia reservaba una extraordinaria sorpresa.
Robert K. Merton
En 1968, Robert K. Merton publicó un estudio sobre el funcionamiento de la comunidad científica.
Observó que los investigadores ya famosos obtenían mayor reconocimiento, mayores recursos y más crédito que científicos menos conocidos, incluso cuando sus aportes poseían un valor comparable.
Necesitaba un nombre para describir ese mecanismo de acumulación de ventajas.
Lo encontró precisamente en el Evangelio de Mateo.
Así nació el llamado "Efecto Mateo".
Merton, nacido en Filadelfia como Meyer Robert Schkolnick y formado en Temple University y Harvard University, no pretendía hacer exégesis bíblica.
Tomó aquella frase como una poderosa metáfora para describir un fenómeno social observable empíricamente.
Con el paso de los años, el concepto abandonó el ámbito de la sociología de la ciencia y comenzó a utilizarse prácticamente en todas las disciplinas.
En educación explica por qué los niños que aprenden a leer con facilidad leen cada vez más, amplían constantemente su vocabulario y mejoran sus capacidades cognitivas, mientras quienes presentan dificultades iniciales terminan alejándose progresivamente de la lectura.
El llamado "Matthew Effect" constituye hoy uno de los fundamentos de la intervención temprana en problemas de alfabetización.
Lo mismo ocurre en la economía, en la política, en las redes sociales y en la distribución del poder.
La ventaja produce ventaja.
El éxito genera más éxito.
La desigualdad inicial tiende a ampliarse.
Pero la ironía intelectual resulta todavía mayor cuando se examina el resto de la obra de Merton.
Lejos de justificar ese proceso, desarrolló una de las teorías más influyentes para explicar la criminalidad moderna.
Su "teoría de la tensión" sostiene que la conducta desviada puede surgir cuando una sociedad promueve obsesivamente el éxito económico, pero distribuye de manera profundamente desigual los medios legítimos para alcanzarlo.
No todos parten desde el mismo punto.
No todos reciben las mismas oportunidades.
Cuando la cultura dominante promete prosperidad universal mientras las estructuras sociales impiden alcanzarla a una parte importante de la población, aparecen tensiones capaces de producir delincuencia, frustración y exclusión.
Es decir, el mismo sociólogo que tomó una frase del Evangelio para describir la acumulación de ventajas utilizó toda su obra para estudiar críticamente las consecuencias sociales de esa acumulación.
Quizá ahí resida la enseñanza más profunda de esta historia.
Los textos sobreviven precisamente porque admiten nuevas lecturas.
Una frase escrita hace casi dos mil años terminó dando nombre a uno de los conceptos fundamentales de la sociología contemporánea.
Pero ello no significa que Jesús estuviera formulando una teoría económica ni una ley científica.
Fue Robert K. Merton quien, diecinueve siglos después, descubrió que aquellas palabras describían con sorprendente precisión uno de los mecanismos más persistentes de la organización social: la tendencia de las ventajas a multiplicarse y de las desventajas a profundizarse.
Y es precisamente ahí donde el Evangelio de Mateo vuelve a encontrarse con la República Dominicana.
Porque una sociedad que predica el éxito, pero no garantiza igualdad de oportunidades; que admira la riqueza, pero tolera profundas desigualdades; que premia muchas veces la cercanía al poder más que el mérito, termina reproduciendo, generación tras generación, el mismo "Efecto Mateo" que Merton describió hace casi sesenta años.
Tal vez por eso aquella antigua frase sigue provocando discusión dos mil años después.

No porque justifique la desigualdad, sino porque, leída desde la sociología, describe con inquietante precisión uno de los mecanismos más persistentes de la condición humana y uno de los mayores desafíos de nuestras democracias.
