Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Cada revolución tecnológica comienza despertando fascinación, continúa generando confusión y termina obligando a reescribir las instituciones.
Así ocurrió con la máquina de vapor, la electricidad, Internet y, más recientemente, con la inteligencia artificial.

Ahora ha llegado el turno de la tokenización, una palabra que hace apenas unos años era conocida casi exclusivamente por especialistas en criptografía y finanzas digitales, pero que hoy ocupa el centro del debate en organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Muchos identifican inmediatamente la tokenización con Bitcoin o con las criptomonedas.
Esa asociación es comprensible, pero resulta incompleta.
Bitcoin fue la primera gran demostración de que era posible transferir valor utilizando una red descentralizada.
Sin embargo, la tokenización representa una evolución mucho más amplia.
El propio FMI sostiene que no se trata simplemente de una innovación para acelerar pagos o reducir costos administrativos, sino de una transformación potencial de la arquitectura misma del sistema financiero internacional.
Las decisiones regulatorias que se adopten durante los próximos años determinarán si esa transformación fortalece la estabilidad financiera o, por el contrario, fragmenta los mercados mundiales.
Para comprender el alcance del cambio conviene distinguir tres conceptos que con frecuencia se confunden.
El primero es la blockchain, o cadena de bloques.
Se trata de una tecnología de registro distribuido (Distributed Ledger Technology, DLT) mediante la cual múltiples participantes mantienen simultáneamente una copia sincronizada de un mismo registro digital.
Cada bloque contiene información protegida mediante criptografía y enlazada matemáticamente con el bloque anterior, haciendo extremadamente difícil modificar el historial sin que toda la red detecte la alteración.
El segundo concepto es Bitcoin. Bitcoin no es la blockchain; es una aplicación específica construida sobre una blockchain pública.
Constituye una criptomoneda creada en 2009 para funcionar sin la intervención de bancos centrales ni autoridades monetarias tradicionales.
Su aparición marcó un hito histórico al demostrar que era posible crear dinero digital descentralizado.
El tercer concepto es la tokenización. Consiste en representar mediante un token digital la propiedad o los derechos sobre un activo determinado.
Ese activo puede ser una acción bursátil, un bono soberano, un depósito bancario, un préstamo, una obra de arte, una barra de oro, un edificio o incluso reservas mantenidas en un banco central.
Aquí reside la diferencia fundamental con la simple digitalización.
Desde hace décadas las acciones y los depósitos bancarios ya son registros electrónicos.
Sin embargo, las operaciones todavía pasan por procesos sucesivos de negociación, compensación, conciliación y liquidación.
La tokenización incorpora la propiedad y las reglas de transferencia dentro del propio activo digital mediante contratos inteligentes (smart contracts), permitiendo que el pago, el cambio de propietario y la liquidación se ejecuten simultáneamente sobre un registro compartido.
La ventaja inmediata parece evidente: operaciones casi instantáneas, menores costos administrativos, reducción de intermediarios y mayor automatización.
Pero precisamente donde desaparecen las fricciones también desaparecen algunos mecanismos de protección que durante décadas sirvieron como amortiguadores frente a errores, problemas de liquidez o episodios de pánico financiero.
El FMI advierte que un sistema capaz de liquidar operaciones en cuestión de segundos también exigirá liquidez prácticamente instantánea.
Las llamadas de margen, las garantías y las ejecuciones automáticas podrían propagarse con una velocidad muy superior a la capacidad de reacción de bancos, reguladores y bancos centrales.
El riesgo dejaría de concentrarse exclusivamente en los balances de las instituciones financieras para desplazarse hacia las plataformas digitales, los operadores de infraestructuras financieras y, especialmente, el código informático que gobierna los contratos inteligentes.
Uno de los aspectos más interesantes del análisis del Fondo Monetario Internacional consiste en la redefinición del propio dinero de liquidación.
Tradicionalmente esa función ha correspondido al dinero emitido por los bancos centrales.
En un mundo tokenizado podrían coexistir depósitos bancarios tokenizados, stablecoins privadas y reservas tokenizadas emitidas por bancos centrales.
Cada modelo ofrece ventajas distintas, pero también introduce nuevos riesgos relacionados con la liquidez, la gobernanza tecnológica y la estabilidad monetaria.
El informe rechaza además la idea de que los bancos desaparecerán.
Más bien cambiarán profundamente.
La captación de depósitos, la administración de liquidez, la concesión de préstamos y el seguimiento del riesgo pasarán a desarrollarse sobre plataformas compartidas donde muchas reglas podrán ejecutarse automáticamente mediante software.
Algo similar ocurrirá con los mercados de capitales, donde la emisión, negociación, custodia, compensación y liquidación tenderán a integrarse dentro de una misma infraestructura digital.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿es la tokenización un fraude?
La respuesta es negativa.
La tokenización no constituye en sí misma un fraude, del mismo modo que Internet no nació para facilitar el phishing o las estafas electrónicas.
Es una herramienta cuyo uso dependerá de las instituciones, de las normas jurídicas y de la supervisión existente.
Naturalmente, también puede utilizarse de manera fraudulenta.
Podrían emitirse tokens respaldados por activos inexistentes, prometerse rentabilidades imposibles, organizarse esquemas piramidales o engañar a inversionistas mediante plataformas sin auditorías independientes.
Pero esos fraudes no provienen de la tecnología, sino de quienes la utilizan ilícitamente.
Precisamente por ello el FMI insiste en la necesidad de establecer reglas claras sobre propiedad, liquidación, supervisión del código, ciberseguridad y cooperación internacional.
Durante los primeros años del auge de las criptomonedas muchos llegaron a pensar que Bitcoin transformaría completamente el sistema monetario mundial.
La realidad ha resultado bastante más compleja.
Bitcoin continúa siendo el activo digital más conocido, pero ha experimentado fuertes ciclos de euforia y corrección.
Después de alcanzar máximos históricos en 2025 sufrió una caída cercana al cincuenta por ciento antes de recuperar parte de su valor durante 2026.
Esa elevada volatilidad ha dificultado su consolidación como reserva estable de valor y ha limitado su utilización cotidiana como medio de pago.
Al mismo tiempo, las stablecoins, las monedas digitales de bancos centrales y la tokenización regulada han comenzado a ocupar una parte creciente del interés de gobiernos, bancos y organismos multilaterales.
Paradójicamente, mientras el entusiasmo especulativo por determinadas criptomonedas se ha moderado, la infraestructura tecnológica subyacente continúa ganando aceptación.
Cada vez más bancos, bolsas de valores, cámaras de compensación y bancos centrales estudian cómo utilizar registros distribuidos y contratos inteligentes dentro de marcos regulatorios estrictos, sin necesidad de adoptar criptomonedas abiertas como Bitcoin.
Las economías emergentes enfrentan un desafío particularmente delicado.
La tokenización promete abaratar las transferencias internacionales, ampliar el acceso a los mercados financieros y reducir costos históricos de intermediación.
Sin embargo, también facilita movimientos casi instantáneos de capital, acelera eventuales corridas financieras y puede favorecer la sustitución de monedas nacionales por activos digitales privados emitidos en otras jurisdicciones.
Para países con instituciones monetarias débiles, esos riesgos adquieren una importancia estratégica.
Toda revolución tecnológica obliga finalmente a distinguir entre la herramienta y el uso que se hace de ella.
Ocurrió con la imprenta, con la electricidad, con Internet y hoy sucede con la inteligencia artificial y la tokenización.
La blockchain no es sinónimo de Bitcoin; Bitcoin no representa toda la tecnología blockchain; y la tokenización va mucho más allá de las criptomonedas.
Nos encontramos ante una posible reorganización de la infraestructura financiera internacional cuya magnitud apenas comienza a comprenderse.
Quizá dentro de algunas décadas recordemos este período como el momento en que el dinero, los títulos financieros y buena parte de la propiedad económica comenzaron a abandonar definitivamente el papel y las bases de datos tradicionales para convertirse en activos programables gobernados por software.
Como ocurrió con la revolución industrial, con la electricidad o con Internet, todavía resulta imposible prever todas las consecuencias.
Lo que sí parece claro es que la tokenización no constituye una moda pasajera, sino el inicio de una transformación profunda del sistema financiero internacional.
Que esa transformación produzca un mundo más eficiente, más seguro y más inclusivo, o uno más concentrado, vulnerable y fragmentado, dependerá menos de los algoritmos que de la calidad de las instituciones, del derecho y de las decisiones políticas que los Estados adopten desde ahora.
- Fuentes: Fondo Monetario Internacional (FMI), Tokenization Can Change the World’s Financial Architecture (2 de julio de 2026); FMI, Tokenized Finance (abril de 2026); FMI Working Paper Financial Market Infrastructures Evolution in a Tokenized Economy (julio de 2026); declaraciones del FMI sobre stablecoins y estabilidad monetaria en el Foro Económico Mundial de Davos; documentación técnica sobre blockchain, registros distribuidos y contratos inteligentes.
