Por José Manuel Jerez
La política dominicana ha comenzado a entrar, silenciosamente, en una nueva etapa de reconfiguración estratégica. Aunque todavía faltan dos años para las elecciones presidenciales de 2028, el sistema político ya empieza a girar alrededor de una pregunta que, hasta hace poco, parecía prematura pero que hoy adquiere creciente densidad política y electoral: ¿convendría una fórmula presidencial integrada por Leonel Fernández y Omar Fernández? La sola posibilidad ha comenzado a alterar cálculos internos, expectativas partidarias y narrativas de poder dentro y fuera de la oposición.
La razón es sencilla: dicha fórmula tendría la capacidad de combinar, en una misma boleta, dos elementos que rara vez coinciden simultáneamente en la política latinoamericana contemporánea: experiencia y renovación. Leonel Fernández continúa siendo, objetivamente, el dirigente opositor con mayor experiencia de Estado, mayor capacidad estratégica y más sólida estructura política nacional. Su dominio del aparato partidario, su experiencia internacional y su capacidad de articulación continúan colocándolo como la figura más relevante del sistema político dominicano. Sin embargo, también enfrenta una realidad inevitable: parte importante del electorado joven lo percibe como representante de una etapa política pasada. Ahí es donde emerge Omar Fernández como pieza potencialmente decisiva.
Omar representa algo que hoy tiene enorme valor electoral: baja tasa de rechazo, conexión generacional, capacidad comunicacional y adaptación al nuevo ecosistema político-digital. A diferencia de los liderazgos tradicionales, su crecimiento ha sido particularmente fuerte entre jóvenes urbanos, independientes y sectores profesionales que no necesariamente se identifican con las estructuras clásicas de los partidos. Su posicionamiento no depende exclusivamente del apellido que lleva, sino también de una construcción política propia basada en moderación discursiva, presencia mediática y manejo estratégico de imagen pública. En un escenario donde el voto emocional y la percepción pesan tanto como las estructuras territoriales, Omar podría convertirse en el complemento perfecto de Leonel.
Desde el punto de vista estrictamente electoral, una fórmula Leonel–Omar podría neutralizar una de las mayores amenazas competitivas que enfrentaría la oposición en 2028: el fenómeno generacional del oficialismo. Si el PRM finalmente decide impulsar a David Collado, el principal reto para Leonel sería precisamente el contraste entre experiencia y renovación. Collado ha logrado posicionarse como un liderazgo moderado, moderno y con fuerte atractivo urbano. En ese contexto, Omar serviría para impedir que el oficialismo monopolice el discurso de futuro, modernidad y relevo generacional. La elección dejaría entonces de ser “pasado versus futuro” para transformarse en una disputa mucho más compleja entre dos proyectos distintos de renovación política.
Pero el verdadero alcance de esa eventual fórmula no sería solamente electoral; sería también estructural. La Fuerza del Pueblo necesita resolver, tarde o temprano, el problema de la sucesión política. Hasta ahora, la organización continúa dependiendo enormemente del liderazgo personal de Leonel Fernández. Y todo partido excesivamente dependiente de una sola figura corre riesgos de fragmentación futura. Una integración formal de Omar en la boleta presidencial permitiría proyectar estabilidad interna, continuidad organizativa y transición generacional ordenada. En términos políticos, significaría convertir a la Fuerza del Pueblo de un partido construido alrededor de un liderazgo histórico en un proyecto político con vocación de permanencia.
Sin embargo, el tema no está exento de riesgos. El principal sería la narrativa adversaria alrededor de una supuesta “dinastización” del poder. El oficialismo intentaría presentar la fórmula como un proyecto familiar de sucesión hereditaria, buscando conectar con sectores jóvenes independientes y votantes críticos del personalismo político. Ese ataque no sería menor. En América Latina, las percepciones de concentración familiar del poder suelen generar resistencias importantes, especialmente entre sectores urbanos y clases medias profesionales. Por ello, el éxito de una eventual fórmula Leonel–Omar dependería en gran medida de cómo se construya narrativamente ante la opinión pública.
La diferencia comunicacional sería determinante. No puede proyectarse como una simple transferencia de liderazgo entre padre e hijo. Debe proyectarse como una integración estratégica entre dos liderazgos complementarios: uno con experiencia histórica y capacidad de conducción del Estado; otro con legitimidad generacional y adaptación a los nuevos códigos sociales y tecnológicos del siglo XXI. Si la narrativa se maneja correctamente, la fórmula podría transformarse en una síntesis política extremadamente competitiva.
La realidad es que la política dominicana está entrando en un proceso de transformación silenciosa donde ya no bastará únicamente con estructuras tradicionales ni tampoco exclusivamente con popularidad mediática. El liderazgo del futuro probablemente pertenecerá a quienes logren combinar experiencia, capacidad técnica, conexión emocional, narrativa digital y estabilidad institucional. Y precisamente ahí es donde una eventual fórmula Leonel–Omar adquiere enorme potencial estratégico.
De cara al 2028, la discusión ya no es solamente quién tiene más experiencia o quién conecta mejor con los jóvenes. La verdadera pregunta es cuál liderazgo podrá interpretar el nuevo momento político dominicano y construir una mayoría social suficientemente amplia para gobernar en un contexto internacional marcado por incertidumbre económica, tensiones geopolíticas, crisis institucionales y profundas transformaciones tecnológicas. Y en medio de ese escenario, la posibilidad de una fórmula Leonel–Omar comienza a perfilarse, cada vez más, como una de las hipótesis políticas más relevantes y poderosas del futuro inmediato dominicano.
