
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La competencia entre Estados Unidos y China por la inteligencia artificial tiene una dimensión que suele quedar oculta detrás de los anuncios de nuevos modelos y las valoraciones multimillonarias de las empresas: la electricidad.
Para Elon Musk, esa infraestructura puede convertirse en uno de los factores decisivos del liderazgo tecnológico mundial.

En su conversación con The Economist, Musk plantea una posibilidad que Washington debería examinar cuidadosamente. Las empresas chinas están consiguiendo resultados importantes con una capacidad de cómputo relativamente limitada. Si logran ampliarla considerablemente, sostiene, tendrán buenas probabilidades de alcanzar el primer lugar.
Su afirmación es una previsión, no la proclamación de una victoria consumada. Pero contiene una advertencia estratégica: las restricciones actuales no garantizan que la ventaja estadounidense perdure.
Musk identifica dos recursos fundamentales para el desarrollo de la inteligencia artificial: los chips y la electricidad. A ellos añade los robots cuando se trata de llevar esa inteligencia al mundo físico, donde las máquinas pueden fabricar, transportar y ejecutar tareas.
Detrás de una respuesta que aparece en segundos en nuestros teléfonos existe una infraestructura material. Los modelos necesitan procesadores, centros de datos, sistemas de refrigeración y un suministro eléctrico continuo. El avance tecnológico depende también de la capacidad de construir y mantener esa infraestructura.
En ese terreno, Musk considera que China dispone de una ventaja considerable. Afirma que su producción eléctrica ya supera la de Estados Unidos, Europa y la India juntos, y calcula que podría llegar a cuadruplicar la estadounidense.
Conviene distinguir las dos afirmaciones. La comparación con Europa exige precisar qué países comprende y qué año se utiliza. La posibilidad de cuadruplicar la producción de Estados Unidos es una estimación personal de Musk, no un resultado alcanzado ni una certeza sobre el futuro.
La magnitud de la expansión china, sin embargo, tiene respaldo documental. Según el informe mundial de electricidad de Ember de 2026, China añadió en 2025 unos 336 teravatios hora de generación solar: más que toda la demanda eléctrica del Reino Unido durante ese año. Es una muestra de la escala de su transformación energética.
Ahora bien, producir mucha electricidad no basta para dominar la inteligencia artificial. También hacen falta chips avanzados, investigadores, algoritmos eficientes, redes capaces de abastecer los centros de datos y empresas que conviertan la investigación en aplicaciones útiles. La abundancia de un recurso puede perder valor si otro continúa siendo insuficiente.
Precisamente ahí se encuentra el argumento de Musk: si las empresas chinas ya compiten con recursos limitados, cabe preguntarse qué podrían lograr cuando esas limitaciones disminuyan.
La entrevistadora lleva entonces la conversación al terreno político. ¿Debería Estados Unidos impedir que sus empresas utilicen modelos chinos?
Musk responde que esa prohibición no evitaría que China llegara a liderar el sector. Washington puede regular a las empresas bajo su jurisdicción, pero no decidir qué modelos utilizará el resto del planeta.
Su respuesta obliga a distinguir entre proteger determinados sistemas por razones de seguridad y ganar una competencia tecnológica mundial. Una restricción puede tener un propósito específico; por sí sola, no sustituye la investigación, la inversión ni la construcción de infraestructura.
Para países como la República Dominicana, esta discusión también importa. Nuestra capacidad de aprovechar la inteligencia artificial dependerá de decisiones concretas sobre educación, electricidad confiable, conectividad y protección de los datos. Además, tendremos que evaluar las herramientas disponibles por su utilidad, sus costos y las condiciones bajo las cuales operan.
El debate entre las grandes potencias nos deja una enseñanza práctica: consumir tecnología no equivale a desarrollar capacidad propia.
La advertencia de Musk merece atención porque sitúa la competencia en sus fundamentos materiales. El liderazgo de la inteligencia artificial se disputará en laboratorios y empresas, pero también en centrales eléctricas, fábricas de semiconductores y aulas.
El futuro digital necesitará energía, conocimiento y una política capaz de convertir ambos en bienestar.
