Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Historiador y Diplomático)
«París es París», repetía el profesor Alberto Malagón, con un vaso de whisky en la mano, aquella noche de 1970, durante la cena del Sindicato Nacional de Periodistas en el Hotel Napoletano, en el malecón de Santo Domingo. Lo decía con una convicción que daba por terminada cualquier discusión antes de que alguien tuviera tiempo de comenzarla.

No hacían falta explicaciones. Bastaba repetir el nombre de aquella ciudad para que comparecieran sus puentes, sus luces, sus escritores y esa antigua seguridad de los franceses de que la civilización siempre termina encontrando una mesa disponible en París.
Tardé cincuenta y cinco años en conocer la ciudad que el profesor resumía en aquellas tres palabras. Cuando por fin llegué, París no me deslumbró. La frase había atravesado intacta más de medio siglo; mi asombro, entretanto, ya tenía domicilio en otra parte.
En Roma.

Nunca quise discutirle al profesor su sentencia. Hay ciudades que merecen sus devotos, y cada cual tiene derecho a escoger las suyas. Pero a mí la única que me deslumbra es Roma.
Mi amigo, el embajador Giorgio Sfara, dice que Roma es una aldea en comparación con París. Se lo admito con la tranquilidad de quien sabe que el tamaño no resuelve ciertos asuntos del corazón. Hasta encuentro en esa observación una razón adicional para quererla. Una aldea donde cabe tanta historia debe de tener algún arreglo secreto con la eternidad.
Roma es mi ciudad después de Santo Domingo.

Durante los once años en que viví allí, entre 2009 y 2020, tuve tiempo para acostumbrarme a sus calles, pero nunca para agotar mi asombro. La familiaridad, que suele desgastar la belleza, me producía en Roma el efecto contrario: cuanto más la conocía, más cosas me quedaban por descubrir. Uno podía salir a resolver una diligencia y regresar con una pregunta que llevaba dos mil años esperando a un transeúnte.
Porque en Roma la historia conserva domicilio.
A pocos pasos de la blancura monumental del Vittoriano, al pie del Capitolio, se encuentra la cárcel Mamertina. Esa cercanía encierra una lección: arriba, la patria convertida en mármol; bajo tierra, la oscuridad donde el poder encerraba a sus vencidos. La gloria y su reverso, a distancia de una breve caminata.
La visité en 2015 o 2016. No tengo certeza del año. Creo incluso haber compartido algunas fotografías. La memoria, tan escrupulosa para guardar ciertas impresiones, se vuelve negligente con los calendarios. Permanece el lugar; vacila la fecha.

Allí estuvo preso Vercingétorix, el caudillo galo que se enfrentó a Julio César y que acabaría convertido, muchos siglos después, en uno de los grandes símbolos de la memoria nacional francesa. Francia aún no existía. Existían aquellas tierras, aquellos pueblos y aquel hombre derrotado, cuya vida terminó en Roma en el año 46 antes de Cristo.
Siempre me ha parecido extraordinaria esa circunstancia: para seguir hasta su desenlace la historia de uno de los héroes que Francia adoptaría como suyos, hay que entrar en las entrañas de Roma.
Francia conserva su nombre en la memoria. Roma guarda el lugar de su cautiverio.
Y la misma cárcel alberga otra memoria. Según la tradición cristiana, también estuvieron allí los apóstoles Pedro y Pablo antes de su martirio. La precisión importa: hablamos de una tradición, cuya fuerza espiritual no debe confundirse con una certeza documental. Aun con esa cautela, la confluencia estremece. En aquel recinto se encuentran el recuerdo de la resistencia gala y el de los hombres que ayudaron a extender una fe destinada a sobrevivir al imperio.

Hay lugares que obligan a bajar la voz.
La Mamertina es uno de ellos. Su fuerza procede de lo poco que necesita mostrar. Basta pensar en la espera de un prisionero, en unos pasos que se acercan, en la última claridad que alguien pudo ver desde una abertura. La historia, que desde lejos parece hecha de fechas y batallas, recupera allí la medida de un cuerpo humano.
Eso es lo que quiero decir cuando afirmo que París no puede sacar de sus entrañas lo que Roma guarda en las suyas. Sé que París tiene antigüedad, ruinas y subsuelos memorables. Pero en Roma los siglos se acumulan con una intimidad singular: parecen rozarse todavía, como si ninguno hubiera terminado de retirarse para dejar sitio al siguiente.
Una columna puede llevar tanto tiempo a la intemperie que las generaciones que quisieron derribarla resultan más difíciles de imaginar que la columna misma.
Comprendo el asombro de Goethe. Llegó en 1786 a una ciudad que había deseado conocer desde mucho antes, alimentado por las imágenes de Roma que acompañaron su juventud. Había algo profundamente humano en aquel encuentro: por fin tenía delante lo que durante tantos años había pertenecido a su imaginación.
También Lord Byron encontró en Roma materia para su poesía. Las ruinas le ofrecían ese encuentro entre grandeza y pérdida que recorre el cuarto canto de Childe Harold. Ante ellas, la gloria adquiría una presencia tangible: tenía piedra, sombra y desgaste.

A veces pienso que Roma ejerce sobre los escritores una autoridad semejante a la del mar. Cada uno llega convencido de que encontrará palabras nuevas; todos descubren que aquello que tienen delante puede prescindir de ellas.
Y luego está Napoleón.
En mi disputa afectuosa con París, me gusta imaginar que Roma le mandó desde Córcega a Napoleone para ayudarla a hacerse gloriosa. Es una licencia del cariño. Bonaparte nació en Ajaccio en 1769, cuando la isla acababa de pasar al dominio francés. Roma no lo envió, desde luego, pero le había preparado, con muchos siglos de anticipación, parte del lenguaje con que vestiría su ambición.
Las águilas, los laureles, los símbolos imperiales: aquel hombre que quiso inaugurar una época volvió los ojos hacia la Antigüedad para darle forma visible a su poder. Sus regimientos llevaron águilas a la manera de las legiones romanas. Hasta la novedad necesitaba antepasados.
Roma tenía, por supuesto, sus propias cuentas dolorosas con el emperador. La historia nunca acepta del todo las bromas que hacemos con ella. Pero queda la ironía: aquella Francia que pretendía reorganizar Europa buscó en Roma algunos de los signos con que quiso anunciar su grandeza.
Tal vez Giorgio Sfara tenga razón y Roma sea una aldea. Una donde todavía se reconoce la voz del vecino, donde una conversación puede demorarse más que una diligencia, donde la solemnidad de una fachada convive con la ropa tendida y el almuerzo de una familia. Esa proximidad de lo doméstico es parte de su encanto. Los siglos no han conseguido desalojar de ella la vida cotidiana.
Yo viví en Borgo Pio. Desde ese recuerdo, Roma tiene para mí una dimensión que ninguna comparación entre capitales puede resolver. Allí transcurrieron años de mi vida, jornadas de trabajo, encuentros y despedidas. Uno termina queriendo las ciudades por cosas que no aparecen en las guías y que a veces ni siquiera sabe explicar.
Acaso por eso, cuando conocí París, llevaba conmigo una ciudad que no podía dejar en el hotel.
No pretendo discutir ahora con el recuerdo del profesor Malagón ni convertir al embajador Sfara. París seguirá teniendo sus razones, magníficas y numerosas. Yo conservaré las mías, que caben en una caminata y se remontan a siglos que nunca viví.
«París es París», decía el profesor, con su vaso de whisky en la mano, aquella noche de 1970 junto al mar de Santo Domingo.
Todavía puedo recordar la frase.
Pero pienso en la pequeña cárcel, tan cerca del mármol deslumbrante del Vittoriano. Pienso en el caudillo galo, en la memoria de los apóstoles, en los poetas que llegaron buscando la Antigüedad y encontraron algo que les estaba ocurriendo a ellos.
Después recuerdo mis años en Borgo Pio.
Y me parece que todavía tengo las llaves.
