José Manuel Jerez
La política ofrece pocas ocasiones tan claras de verificar una interpretación como aquella en que el análisis queda publicado antes del acontecimiento. El domingo 18 de octubre, una semana antes de la segunda vuelta presidencial de Brasil, publiqué “Vox Brasil: una encuesta que merece ser leída con atención”. Hoy, con los resultados oficiales sobre la mesa, es legítimo volver sobre aquel texto: no para reclamar una infalibilidad que la ciencia política desconoce, sino para subrayar un hecho comprobable. Frente a la orientación dominante de las encuestadoras más conocidas, identificamos una señal que las urnas terminaron respaldando.
El primer elemento de aquella lectura se encontraba en la votación del 4 de octubre. Antes de la primera vuelta, Datafolha daba a Lula un 45 % de los votos válidos frente a un 42 % de Flávio Bolsonaro; Quaest, un 46 % frente a un 45 %; PoderData, un 45 % frente a un 43 %; AtlasIntel, un 47 % frente a un 44,1 %; y CNT/MDA, un 47,8 % frente a un 42,1 %. Eran cinco mediciones de firmas ampliamente conocidas que colocaban numéricamente a Lula en primer lugar. Las urnas, sin embargo, situaron primero a Flávio Bolsonaro, con un 47,03 %, frente al 45,16 % obtenido por Lula.
Vox Brasil había registrado una señal diferente: en su última encuesta anterior a aquella primera vuelta, Flávio Bolsonaro aparecía ligeramente por delante. Convertidos sus datos al criterio de votos válidos, la medición equivalía aproximadamente al 45,9 % para Flávio y al 45,0 % para Lula. La distancia entre ambos era inferior a un punto porcentual; el escrutinio terminó estableciéndola en 1,87 puntos. No fue una coincidencia matemática perfecta, pero sí una aproximación relevante tanto a los porcentajes como al orden en que terminaron los candidatos.
Conviene precisar que Vox Brasil no fue la única firma que captó aquella delantera: Futura/100% Cidades y Palver también situaron a Flávio por delante. Reconocerlo no disminuye el argumento; lo fortalece. Lo decisivo es que, entre las encuestadoras examinadas, Vox ofrecía un antecedente empírico que contrastaba con la lectura de varias de las firmas de mayor presencia pública. Ese antecedente justificaba analizar con especial atención su siguiente medición, aunque contradijera el sentido de otras encuestas.
Eso fue justamente lo que hicimos el 18 de octubre. Con 2.100 entrevistas presenciales realizadas entre los días 15 y 17, Vox Brasil atribuía a Lula el 51 % de los votos válidos y a Flávio Bolsonaro el 49 %. En una segunda vuelta marcada por diferencias estrechas, la inversión del orden era políticamente significativa. No ignoramos que la ventaja se encontraba dentro del margen de error y que, por tanto, existía un empate técnico. Pero tampoco aceptamos que la familiaridad de un nombre o la reiteración de una tendencia sustituyeran el examen de los datos.
El contraste se hizo todavía más revelador al cerrarse la campaña. Datafolha, Quaest, PoderData, AtlasIntel y CNT/MDA, entre otras firmas, seguían colocando numéricamente a Flávio Bolsonaro por delante en sus mediciones finales. Según la comparación publicada por Congresso em Foco el 26 de octubre, catorce de las dieciséis encuestas nacionales difundidas entre los días 22 y 24 mostraban esa ventaja. Solo Vox Brasil y Colectta situaban a Lula en primer lugar. La corriente mayoritaria de los sondeos apuntaba, pues, en una dirección distinta de la señal que habíamos considerado digna de especial atención.
El 25 de octubre hablaron las urnas: Lula obtuvo el 51,79 % de los votos válidos y Flávio Bolsonaro el 48,21 %, de acuerdo con el Tribunal Superior Electoral. La medición de Vox que comentamos una semana antes había registrado 51 % frente a 49 %: apenas 0,79 puntos porcentuales de distancia respecto del resultado final de cada candidato. Incluso su sondeo posterior, difundido el 23 de octubre, mantuvo a Lula por delante, con 50,6 % frente a 49,4 %. La dirección de aquella señal no desapareció en la recta final; terminó confirmándose en el escrutinio.
Allí radica el alcance de nuestro acierto. No elaboramos la encuesta ni pretendimos atribuirnos sus cifras; hicimos algo distinto, propio del análisis político: comparar antecedentes, advertir una discrepancia significativa y explicar por qué un indicador minoritario merecía ser tomado en serio. Cuando varias mediciones de mayor notoriedad apuntaban en sentido contrario, sostuvimos públicamente que Vox Brasil ofrecía razones objetivas para una lectura cuidadosa. Fue una valoración hecha antes de conocer al vencedor. Y, en ese punto preciso, acertamos.
Es importante distinguir una lectura acertada de una profecía. Mi artículo del 18 de octubre decía expresamente: “No dicen quién ganará el 25 de octubre”. Esa afirmación no debilita el reconocimiento posterior; revela la prudencia con que fue formulado el análisis. Una encuesta describe preferencias en un momento determinado, y una ventaja numérica dentro del margen de error no autoriza a proclamar resultados inevitables. Acertamos al identificar y fundamentar una señal contraria a la tendencia dominante, no al presentar como certeza lo que todavía era una contienda abierta.
Después de las elecciones recibí un mensaje del amigo Gedeón Santos, analista y exembajador, cuyas palabras agradezco de manera especial: “Tu interpretación sobre la firma encuestadora Vox fue certera”. Le agradezco públicamente la atención con que leyó aquel trabajo y la generosidad de su reconocimiento. Lo aprecio porque remite a una dimensión esencial del oficio intelectual: la posibilidad de que nuestras razones sean examinadas y contrastadas por otros, incluso cuando el ambiente dominante invita a seguir una lectura diferente.
Sería tan equivocado convertir este episodio en una proclamación de superioridad permanente de Vox Brasil como restarle importancia a lo ocurrido. Otras firmas captaron correctamente el orden en la primera vuelta, y Colectta también colocó a Lula delante en el tramo final de la segunda. Una elección no confiere infalibilidad a ningún instituto ni a ningún analista. Lo verificable es más concreto y, por eso mismo, más sólido: nuestro artículo destacó una medición cuya orientación resultó consistente con el desenlace, cuando la mayoría de los sondeos recientes favorecía numéricamente al adversario.
La experiencia deja una enseñanza que trasciende a Brasil. El buen análisis no consiste en repetir la encuesta más citada, seguir el clima de opinión ni acomodar los datos a nuestras simpatías. Exige distinguir intención de voto y votos válidos, examinar márgenes de error, evaluar antecedentes y conservar la libertad de criterio frente a los consensos aparentes. En la República Dominicana, donde las encuestas suelen ocupar el centro del debate electoral, esa disciplina también es necesaria: una medición debe ser interrogada por su método y por su evidencia, no por la comodidad política de sus resultados.
El 18 de octubre sostuvimos que Vox Brasil merecía ser leída con atención. Una semana después, los resultados demostraron que aquella advertencia tenía fundamento. Esa es la dimensión del acierto que reivindico: haber defendido, con datos y antes de las urnas, una interpretación que se apartaba de la corriente predominante. La credibilidad de un analista no se edifica proclamando certezas después de los hechos, sino dejando constancia de sus razones antes de que ocurran y aceptando, después, el juicio de la realidad. Esta vez, la realidad respaldó nuestro análisis.
