Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay obras que son simples objetos artísticos y hay obras que terminan convirtiéndose en acontecimientos históricos.
El mosaico de Nuestra Señora de la Altagracia colocado en los Jardines Vaticanos en 2016 pertenece a esta segunda categoría.
No fue solamente una pieza de arte sacro instalada en uno de los lugares más visitados de la Ciudad del Vaticano.
Fue la culminación de una larga historia de fe, identidad nacional, diplomacia cultural y devoción mariana que une a la República Dominicana con la Iglesia universal desde hace más de cinco siglos.
La devoción a Nuestra Señora de la Altagracia forma parte de la propia fundación espiritual de la nación dominicana.
Desde el siglo XVI la imagen ha acompañado la historia del pueblo dominicano en sus alegrías y sufrimientos, en sus luchas por la libertad, en sus momentos de crisis y en sus esperanzas colectivas.
Mucho antes de que existiera la República Dominicana como Estado independiente, la Virgen de la Altagracia ya era venerada por el Pueblo Dominicano como Madre y Protectora de sus habitantes.
Con el paso de los siglos aquella devoción se convirtió en uno de los símbolos más profundos de la identidad nacional.
Por esa razón, cuando surgió la posibilidad de incorporar una representación permanente de la Virgen de la Altagracia en los Jardines Vaticanos, la iniciativa adquirió un significado que iba mucho más allá de la instalación de una obra artística.
Se trataba de llevar hasta el corazón mismo de la dirección mundial de la Iglesia Católica una imagen que representa la fe de generaciones enteras de dominicanos.
La realización de la obra fue confiada a Progetto Arte Poli Srl, prestigiosa empresa de arte sacro situada en Bassone, Verona, Italia.
Fundada en 1953 y dirigida durante décadas por el maestro Albano Poli, la firma es reconocida internacionalmente por sus mosaicos, vitrales, esculturas y trabajos monumentales para iglesias, santuarios y espacios religiosos de numerosos países.
- La tradición artesanal de Arte Poli hunde sus raíces en las antiguas botteghe italianas, donde la creación artística continúa realizándose mediante técnicas heredadas de generaciones de maestros artesanos.
Los artistas de Arte Poli reprodujeron la imagen tradicional de Nuestra Señora de la Altagracia utilizando miles de pequeñas teselas de vidrio y materiales nobles. El resultado fue una obra que conserva fielmente la iconografía dominicana y al mismo tiempo incorpora la riqueza técnica de la tradición musivaria italiana. La Virgen aparece inclinada en actitud contemplativa ante el Niño Jesús recién nacido, mientras San José permanece discretamente al fondo de la escena. El cielo azul profundo sembrado de estrellas doradas evoca la dimensión celestial de la maternidad divina. La composición logra transmitir serenidad, ternura y recogimiento espiritual.
La colocación del mosaico se realizó el 20 de mayo de 2016 en los Jardines Vaticanos, mientras que su bendición oficial tuvo lugar el 17 de noviembre de ese mismo año. A la ceremonia asistieron representantes de la Santa Sede, miembros del cuerpo diplomático, cardenales, arzobispos, obispos y numerosas personalidades dominicanas e italianas. Entre ellos figuraban destacados miembros de la jerarquía eclesiástica dominicana que quisieron acompañar aquel acontecimiento histórico.
Las fotografías conservadas de aquella jornada poseen hoy un valor documental extraordinario. En ellas puede observarse la ceremonia de bendición, el mosaico instalado en el muro de los Jardines Vaticanos, los representantes de la Iglesia dominicana reunidos ante la imagen y diversos momentos de una celebración que marcó un hito en las relaciones entre la República Dominicana y la Santa Sede. También muestran a quienes participaron directamente en las gestiones que hicieron posible la realización del proyecto.
Para quien escribe estas líneas, aquellas imágenes poseen además un significado profundamente personal. Durante mi gestión como Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede tuve el privilegio de impulsar numerosas iniciativas destinadas a fortalecer la presencia cultural y espiritual dominicana en Roma. Ninguna de ellas, sin embargo, posee quizás la fuerza simbólica de este mosaico. Ver a Nuestra Señora de la Altagracia incorporada de manera permanente al paisaje espiritual del Vaticano significó contemplar cómo una devoción nacida en la isla de Santo Domingo encontraba un lugar visible en el centro mismo de la cristiandad.
La importancia del acontecimiento fue recogida también por la prensa dominicana. Diversos medios publicaron reportajes sobre la colocación del mosaico y destacaron que la Protectora del Pueblo Dominicano pasaba a formar parte de las representaciones marianas presentes en los Jardines Vaticanos. De esta manera, la Altagracia se incorporaba al conjunto de advocaciones nacionales que expresan la universalidad de la Iglesia y la diversidad espiritual de los pueblos.
El proyecto tuvo además una dimensión diplomática que merece ser recordada. En el mundo contemporáneo la diplomacia ya no se limita a tratados, negociaciones y documentos oficiales. Existe también una diplomacia cultural que fortalece vínculos entre naciones mediante el arte, la historia y los símbolos compartidos. El mosaico de Nuestra Señora de la Altagracia constituye precisamente uno de esos ejemplos. A través de una obra artística se estableció una presencia permanente de la cultura dominicana en uno de los espacios más emblemáticos del Vaticano.
Miles de peregrinos, turistas, sacerdotes, obispos, cardenales y diplomáticos recorren cada año los Jardines Vaticanos. Muchos de ellos descubren allí por primera vez la imagen de la Virgen de la Altagracia y, con ella, una parte de la historia espiritual de la República Dominicana. Así, el mosaico continúa realizando silenciosamente una labor evangelizadora y cultural que trasciende generaciones.
Hay un detalle particularmente significativo. Los Jardines Vaticanos no son simplemente un parque ornamental. Constituyen un espacio cargado de simbolismo religioso e histórico. Allí se encuentran imágenes marianas procedentes de diversas naciones, monumentos vinculados a acontecimientos de la Iglesia universal y lugares de recogimiento frecuentados por los pontífices. Que Nuestra Señora de la Altagracia haya sido incorporada a ese entorno equivale a un reconocimiento de la profundidad histórica y espiritual de la devoción dominicana.
La historia no suele escribirse únicamente mediante grandes acontecimientos políticos o militares. Muchas veces se construye también a través de símbolos discretos que sobreviven al paso de los años. El mosaico realizado por Arte Poli en Verona y colocado en los Jardines Vaticanos en 2016 pertenece a esa categoría. Es una obra de arte, pero también un testimonio de fe. Es una pieza cultural, pero también una expresión de identidad nacional. Es un gesto diplomático, pero también una manifestación de amor filial hacia la Madre Protectora del pueblo dominicano.
Cuando los visitantes contemplan hoy aquella imagen entre los senderos del Vaticano, pocos conocen las gestiones, esfuerzos y colaboraciones que hicieron posible su presencia allí. Sin embargo, la obra permanece. Y permanecerá durante generaciones como un recordatorio de que la pequeña nación que ocupa la parte oriental de la isla de Santo Domingo dejó también una huella visible en los jardines del sucesor de San Pedro.
