Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En 1972 tuve la oportunidad de realizar en el Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (CIESPAL), en Quito, Ecuador, el Segundo Curso Internacional de Preparación Básica en Periodismo Científico y Educativo, auspiciado por la Organización de los Estados Americanos.
Aquella experiencia amplió considerablemente mis horizontes intelectuales y me permitió comprender la creciente importancia que tendrían la ciencia y la tecnología en las transformaciones económicas, sociales y políticas del mundo contemporáneo.
Años más tarde, entre 1981 y 1985, inicié estudios de Ingeniería de Sistemas en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).
Aunque mi trayectoria profesional se desarrolló principalmente en el periodismo, la investigación histórica y la diplomacia, nunca abandoné el interés por los grandes avances científicos y tecnológicos.
Por el contrario, esos temas continuaron acompañándome durante décadas, especialmente en áreas vinculadas a la energía, la informática, la automatización, la inteligencia artificial y los cambios estructurales que dichas innovaciones producen en la economía mundial.
Quizás por ello observo con especial interés el renovado debate internacional sobre la energía nuclear.
Durante muchos años, después de los accidentes de Three Mile Island, Chernóbil y Fukushima, parecía que el átomo había quedado relegado a un papel secundario dentro de las estrategias energéticas de numerosas naciones.
Sin embargo, los acontecimientos recientes muestran una realidad muy diferente.
El mundo está redescubriendo la energía nuclear, no como una reliquia tecnológica del siglo XX, sino como una de las posibles respuestas a los desafíos estratégicos del siglo XXI.
Durante gran parte de las últimas tres décadas, muchos gobiernos occidentales llegaron a creer que la globalización económica terminaría reduciendo progresivamente la importancia estratégica de la energía como instrumento de poder nacional.
La expansión del comercio internacional, la interdependencia de los mercados y la creciente integración financiera parecían anunciar un mundo donde las decisiones energéticas estarían determinadas principalmente por criterios de eficiencia económica y sostenibilidad ambiental.
La realidad ha resultado ser mucho más compleja.
La guerra en Ucrania, las tensiones entre Estados Unidos y China, las disputas por las cadenas globales de suministro, la creciente competencia tecnológica y el extraordinario crecimiento de la inteligencia artificial han provocado un cambio profundo en la manera de pensar la energía.
Hoy la energía vuelve a ser considerada un asunto de seguridad nacional.
Y dentro de ese proceso la energía nuclear está experimentando un renacimiento que pocos habrían imaginado hace apenas una década.
Uno de los ejemplos más significativos se encuentra actualmente en el Reino Unido.
La empresa británica Rolls-Royce SMR firmó recientemente un acuerdo con Great British Energy–Nuclear para desarrollar tres reactores modulares pequeños (SMR) en Wylfa, en la isla de Anglesey, al norte de Gales.
El proyecto constituye uno de los programas nucleares más ambiciosos actualmente en marcha en Europa.
Según la información divulgada por la propia empresa, los tres reactores producirán conjuntamente alrededor de 1.500 megavatios de electricidad, suficientes para abastecer aproximadamente tres millones de hogares durante varias décadas.
Las instalaciones estarán diseñadas para operar durante unos sesenta años y forman parte de la estrategia británica para reforzar la seguridad energética nacional y garantizar el suministro eléctrico para la economía digital del futuro.
Lo verdaderamente novedoso no es únicamente la construcción de nuevos reactores.
La innovación radica en el propio concepto de reactor modular pequeño.
A diferencia de las gigantescas centrales nucleares construidas durante la segunda mitad del siglo XX, estos reactores pueden fabricarse parcialmente en instalaciones industriales especializadas y luego ensamblarse en el lugar definitivo de operación.
Sus promotores sostienen que esta metodología permitirá reducir significativamente los costos, los tiempos de construcción y los riesgos de sobrecostos que han afectado a numerosos proyectos nucleares tradicionales.
No se trata solamente de una iniciativa británica.
La tendencia es global.
Suecia ha comenzado a evaluar proyectos similares. Estados Unidos impulsa diversas tecnologías de reactores avanzados.
Francia mantiene su apuesta histórica por la energía nuclear.
China construye reactores a una velocidad superior a la de cualquier otro país del mundo.
Corea del Sur ha recuperado el impulso nuclear después de varios años de incertidumbre.
Italia también se está sumando a este proceso.
Después de décadas de ausencia nuclear tras los referendos celebrados en los años ochenta y noventa, el Parlamento italiano aprobó en junio de 2026 una ley delega que abre formalmente el camino para el retorno de la energía nuclear mediante tecnologías de nueva generación.
El ministro Gilberto Pichetto Fratin ha señalado que los primeros reactores podrían entrar en funcionamiento entre 2034 y 2035.
El proyecto italiano no contempla la reproducción de las grandes centrales del pasado.
La apuesta se concentra precisamente en reactores modulares pequeños y tecnologías avanzadas que prometen mayores niveles de seguridad, menor generación de residuos y una integración más flexible con las redes eléctricas modernas.
Sin embargo, el regreso del átomo no está exento de controversias.
Diversos científicos han advertido que todavía existen incertidumbres sobre la verdadera competitividad económica de los SMR.
Algunos expertos sostienen que las energías renovables continúan siendo más económicas en numerosos escenarios y que la industria nuclear aún debe demostrar en la práctica que puede cumplir las promesas de reducción de costos que acompañan estos nuevos diseños.
Pero incluso quienes mantienen reservas reconocen una realidad cada vez más evidente.
La discusión ya no gira exclusivamente alrededor del costo de producir electricidad.
La cuestión central es estratégica.
Los enormes centros de datos necesarios para el desarrollo de la inteligencia artificial requieren cantidades gigantescas de energía estable y continua.
Las cadenas industriales avanzadas necesitan seguridad de suministro.
Los gobiernos buscan reducir vulnerabilidades frente a crisis internacionales.
Las redes eléctricas deben garantizar estabilidad frente a fenómenos climáticos extremos.
En consecuencia, la energía vuelve a integrarse con la política exterior, la defensa, la tecnología y la seguridad nacional.
Exactamente lo que los recientes análisis del Fondo Monetario Internacional han descrito como el retorno de la geoeconomía.
La antigua separación entre economía y geopolítica está desapareciendo.
La observación formulada recientemente por Josh Lipsky en Finanzas y Desarrollo resulta especialmente reveladora.
Mientras muchos analistas occidentales hablan hoy del “redescubrimiento” de la geoeconomía, numerosos países emergentes nunca dejaron de pensar de esa manera.
Para ellos la seguridad nacional, la industria, la tecnología y la energía siempre han formado parte de una misma ecuación estratégica.
La energía nuclear reaparece precisamente dentro de ese nuevo paradigma.
Ya no se presenta únicamente como una fuente energética.
Se convierte en una herramienta de autonomía nacional.
Una herramienta de política industrial.
Una herramienta de competitividad tecnológica.
Y una herramienta de poder internacional.
Por eso el proyecto de Wylfa trasciende ampliamente los límites de una simple instalación energética en Gales.
Representa uno de los símbolos más visibles de una transformación histórica mucho más profunda.
Después de décadas dominadas por la ilusión de que los mercados globales resolverían por sí solos las grandes cuestiones estratégicas, las principales potencias del mundo están regresando a una lógica que habría resultado perfectamente comprensible para los estadistas del siglo XIX y para los estrategas de la Guerra Fría.
La energía vuelve a ser poder.
Y el átomo, que muchos consideraban una tecnología del pasado, comienza a reaparecer como una de las piezas fundamentales de la arquitectura geopolítica del siglo XXI.
