Por José Manuel Jerez
La noción de “derrota estratégica” ha reaparecido con fuerza en el análisis de la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán, no como una consigna retórica, sino como una categoría analítica con profundas implicaciones en el estudio de la guerra y el poder. En términos clásicos, una derrota estratégica ocurre cuando un actor logra superioridad táctica o incluso operativa en el campo de batalla, pero fracasa en la consecución de sus objetivos políticos fundamentales.
Los objetivos atribuidos a Washington y Tel Aviv eran, en esencia, de carácter estructural: desmantelar el programa nuclear iraní, neutralizar su capacidad balística y desarticular su red de proyección regional, conocida como el “Eje de la Resistencia”. El hecho de que ninguno de estos objetivos haya sido plenamente alcanzado introduce una tensión entre medios y fines que es característica de las derrotas estratégicas.
Desde una perspectiva teórica, este fenómeno puede analizarse a la luz del realismo estructural de Kenneth Waltz, para quien el sistema internacional impone límites objetivos a la acción de los Estados. Incluso una potencia hegemónica puede ver restringida su capacidad de transformar realidades políticas complejas cuando enfrenta actores con alta resiliencia estratégica.
La negociación en torno al control del estrecho de Ormuz constituye un punto de inflexión particularmente revelador. Este paso implica una reducción de los objetivos iniciales y una transición desde una lógica de imposición a una de gestión del conflicto, reconociendo implícitamente la capacidad de resistencia del adversario.
La dimensión política interna en Estados Unidos agrava esta lectura. Sectores del movimiento Make America Great Again cuestionan el costo estratégico de involucrarse en conflictos que no generan beneficios claros para la seguridad nacional estadounidense.
Por su parte, el liderazgo israelí enfrenta un dilema estratégico: la incapacidad de traducir la superioridad militar en resultados políticos concretos erosiona su doctrina de disuasión.
En términos de teoría de la guerra, la situación recuerda que la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero cuando los medios militares no logran servir a los fines políticos, la estrategia entra en crisis.
Sin embargo, lo que emerge es una transición hacia un orden internacional más fragmentado. La incapacidad de una superpotencia para imponer unilateralmente su voluntad frente a un actor regional indica un desplazamiento en la distribución del poder global.
La narrativa de “victoria” que intente construir Washington responde más a necesidades políticas internas que a una evaluación objetiva del resultado estratégico.
En suma, el caso no solo ilustra los límites del poder militar en el siglo XXI, sino que confirma una tendencia más amplia: el tránsito hacia una configuración internacional más compleja, donde la fuerza ya no garantiza la consecución de objetivos políticos.
