Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay mañanas en que un país entero cabe en una casa, en un papel doblado y en una frase pronunciada en bata, todavía con el cuerpo adolorido por una operación reciente y el alma atravesada por la incredulidad.
Voy a contar esta historia como se cuentan las cosas que no se olvidan: no desde la frialdad de los archivos, sino desde la respiración de aquella madrugada.
Fue el 17 de mayo de 1986, al otro día de las elecciones del 16 de mayo, cuando la noche todavía no había terminado de irse y el amanecer entraba en la ciudad con el pudor de quien sabe que llega a una casa donde hay duelo, convalecencia y política, las tres cosas que más se parecen al destino en la República Dominicana.
Estábamos en la residencia de Natasha Sánchez. No era una casa cualquiera. Era una casa grande, de un solo nivel, con varias áreas, terrazas y espacios amplios, como esas residencias de familias dominicanas donde el aire parece circular con memoria propia y donde cada rincón conserva una conversación distinta.
Pero en aquella hora no se sentía la amplitud de la arquitectura, sino la densidad del ambiente.
Apenas un mes antes había fallecido su esposo, José Frank Tapia, y la casa llevaba todavía por dentro el luto reciente, ese silencio particular que no se impone con palabras, sino con la manera en que la gente baja la voz al cruzar un pasillo.
Natasha era hija de Mario Sánchez, amigo de infancia de Juan Bosch.
Esa relación antigua, tejida con la fibra de la confianza y los años, ayuda a explicar por qué Bosch estaba allí.
En febrero de 1986 había sido operado de la vesícula y, debido a esa convalecencia, necesitaba un lugar donde pudiera moverse sin el castigo de las escaleras.
Donde él residía entonces era en la César Nicolás Penson, número 60, en un segundo piso. Todavía no residía en la calle Paseo de los Locutores.
Por eso había sido trasladado a una habitación en la casa de Natasha, en el primer nivel, para que el cuerpo pudiera recuperarse sin entrar a diario en pelea con la gravedad.
De modo que aquella casa reunía varias fragilidades en una sola escena: una viudez reciente, un líder enfermo que se recuperaba con disciplina y un país entero en vilo tras unas elecciones decisivas.
No era el tipo de lugar donde uno esperaría oír una frase destinada a quedarse pegada para siempre en la memoria política dominicana. Sin embargo, precisamente por eso, fue allí donde ocurrió.
Éramos pocos los que estábamos en la casa a esa hora. La política, cuando es de verdad, no siempre se decide en los grandes salones ni en los balcones.
A veces se vuelve más nítida en la intimidad de los pequeños grupos, en las madrugadas cuando solo quedan los que saben que las cifras no son simples números, sino una manera de cerrar o de abrir una época.
Afuera, el país todavía estaba suspendido entre la expectativa y la resignación.
Adentro, la espera tenía el sonido casi imperceptible de las hojas que aún no habían llegado.
Entonces, a las seis de la mañana, llegó Hamlet Hermann.
Conviene detenerse en ese nombre, porque los años suelen desgastar los recuerdos hasta volverlos imprecisos, pero la verdad de una escena depende a veces de un detalle exacto.
No era un visitante casual ni un portador accidental de noticias.
Ese año, Hamlet Hermann era el director del Centro de Cómputos del Partido de la Liberación Dominicana.
Era, por decirlo de una manera sencilla, el hombre que tenía en las manos el pulso estadístico del partido, quien convertía la agitación de la noche electoral en un boletín, en una relación de cifras que ya no admitía ni ilusiones excesivas ni consuelos retóricos.
Entró con los resultados del PLD correspondientes al 17 de mayo de 1986. Llevaba el boletín estadístico del partido, y en aquel papel venía contenida una verdad que no necesitaba dramatización.
A veces la política dominicana parece barroca en su lenguaje, pero brutalmente simple en sus desenlaces.
Las cifras del PLD daban por ganador al doctor Joaquín Balaguer.
Hay que detenerse también en esa paradoja histórica. Balaguer no era para Bosch un competidor más; era la encarnación de una tradición de poder que el país conocía demasiado bien.
Para una parte de la nación, representaba la experiencia, el orden, la astucia del viejo zorro que siempre encuentra cómo volver.
Para otra, representaba el retorno de una forma de mando que nunca terminaba de abandonar del todo el escenario.
La ceguera física del doctor Balaguer añadía a todo aquello un componente simbólico casi feroz, porque el pueblo dominicano parecía decir con su voto que prefería la memoria de una mano conocida, aunque no viera, antes que la incertidumbre de otros caminos.
Bosch recibió el boletín. Estaba en bata. No en una bata ceremonial ni en una de hospital, sino en esas batas de dormir que hacen más humana a una figura pública y la devuelven, por un momento, a la condición simple de hombre que atraviesa el peso de las horas en una habitación ajena.
Esa imagen no se me borra: el gran líder político, convaleciente, todavía recuperándose de su operación de vesícula, leyendo en silencio los números que acababan de fijar una derrota.
En la República Dominicana se habla mucho, pero las grandes escenas suelen estar hechas de silencios.
Bosch tomó el documento y lo leyó. No necesitaba demasiado tiempo.
Quienes han vivido entre estadísticas electorales aprenden a interpretar una tabla casi con la misma rapidez con que un campesino lee el cielo antes de la lluvia.
Bastó una mirada concentrada, una revisión sobria, el asentamiento interior de lo que ya era irremediable.
Los números del propio PLD eran claros: el ganador era Joaquín Balaguer.
Entonces levantó la cabeza y dijo aquella frase, seca, irrepetible, sin adornos y sin el menor esfuerzo por convertirla en consigna:
«Coño, ustedes saben lo que es este pueblo votar por un ciego para ser presidente.»
Ahí quedó todo.
No hubo discursos. No hubo una asamblea de lamentos. No hubo teatralidad.
No recuerdo una sola réplica que pudiera estar a la altura de aquella sentencia.
Éramos pocos, como ya dije, y en los momentos verdaderamente decisivos hasta la elocuencia sobra.
La frase de Bosch no pedía comentarios, porque contenía al mismo tiempo asombro, amargura, sociología, historia y una punzada íntima de decepción.
Decía más de lo que parecía decir.
Hablaba del país, del electorado, del peso del pasado y también del muro invisible contra el que había chocado su proyecto político.
Lo extraordinario de aquella frase es que no fue pronunciada en una plaza pública, sino en la intimidad de una casa atravesada por la muerte reciente y la enfermedad.
Por eso mismo tiene una fuerza especial.
Cuando un líder habla ante multitudes, suele hablar también para la posteridad.
Cuando habla en bata, entre pocos testigos, habla desde un lugar menos protegido, más desnudo, y por eso más verdadero.
En esa madrugada, la política dominicana se mostró sin maquillaje. No era la política de los afiches, los jingles o los discursos inflamados.
Era la política en su estado puro: números, cuerpos cansados, ojos insomnes y una frase que cae sobre la habitación como una campanada. En el fondo, lo que Bosch estaba registrando no era solo una derrota electoral.
Estaba constatando una forma de relación entre el pueblo y el poder. Se preguntaba, con la crudeza que dan los hechos consumados, qué veía realmente la nación cuando votaba.
Y tal vez se preguntaba también qué parte de la historia dominicana seguía aún sin resolverse.
Porque el país de 1986 no era un país nuevo. Llevaba dentro las cicatrices de la Guerra de Abril, las heridas nunca del todo cerradas del autoritarismo, la pedagogía del miedo, la fascinación por el caudillo y esa mezcla tan dominicana de realismo y resignación con que muchas veces se aceptan las vueltas de la historia.
El voto por Balaguer, leído desde aquella habitación, no podía ser entendido como un simple resultado administrativo. Era, para Bosch, una radiografía moral y política de la nación.
Desde afuera podría parecer un episodio mínimo: un hombre llega con un boletín, otro lo lee y pronuncia una frase.
Pero las naciones están hechas precisamente de esos instantes en apariencia menores que, con el tiempo, revelan su tamaño verdadero.
Yo he pensado muchas veces en el espesor de aquella escena. La casa de Natasha Sánchez, con su duelo silencioso por José Frank Tapia. Bosch, trasladado allí por razones de salud porque todavía no podía subir diariamente al segundo piso de su residencia en la César Nicolás Penson.
Hamlet Hermann entrando a las seis de la mañana con la objetividad casi despiadada de las cifras.
Y la sentencia final, que condensó en una línea la perplejidad de un líder ante la voluntad del pueblo.
Lo que ocurrió después pertenece ya a la historia conocida: Balaguer fue reconocido como vencedor y la vida pública siguió su curso, como siempre sigue.
Los carros volvieron a sonar en las calles, los periódicos organizaron sus titulares, los comentaristas buscaron explicaciones y los partidos entraron en la rutina de administrar el golpe o capitalizar el triunfo.
Pero para mí el centro de esa historia no está en la proclamación oficial ni en el comentario de los analistas.
Está en esa casa, en esa hora, en ese puñado de testigos y en la manera en que Bosch recibió el veredicto que traían los propios números de su partido.
Hay escenas que parecen escritas por un novelista, pero que la vida organiza mejor que cualquier literatura.
Una viuda reciente recibe, en la misma casa donde todavía circula el luto, a un líder histórico que convalece de una cirugía. Ese líder, que además es uno de los grandes educadores políticos del siglo dominicano, espera la comprobación numérica de una elección crucial.
Y quien llega con esa comprobación es el director del Centro de Cómputos de su partido.
En vez de épica, la historia ofrece una bata de dormir; en vez de tarima, una habitación; en vez de multitud, apenas unas pocas personas; y en vez de un largo discurso, una frase brutalmente suficiente.
Acaso por eso no he querido contar esta historia como una anécdota suelta, sino como lo que fue: una miniatura exacta del país. Porque la República Dominicana suele comprimirse de ese modo, en espacios pequeños donde lo doméstico y lo histórico se abrazan sin pedir permiso.
Una casa puede ser a la vez sala de convalecencia, casa de duelo y observatorio del poder. Una madrugada puede ser, al mismo tiempo, la continuación de una campaña electoral y el principio de una nueva etapa nacional.
Y una frase dicha en voz llana puede sobrevivir mejor que cien editoriales.
Pienso hoy en Bosch leyendo aquel boletín y me parece ver en su gesto algo más que el enojo de un derrotado. Había en él una incredulidad filosófica, una especie de choque entre la inteligencia histórica y el comportamiento del pueblo real.
Porque una cosa es el pueblo como ideal político y otra el pueblo de carne y hueso, que vota según sus recuerdos, sus miedos, sus costumbres y sus propias formas de entender la seguridad.
A veces los grandes líderes aman demasiado una versión pedagógica del país y se asombran cuando el país actúa desde otra lógica, menos ilustrada pero más persistente.
Tal vez por eso aquella expresión conserva su filo. No era solo una referencia física a la ceguera de Balaguer; era una forma de denunciar una paradoja más profunda.
Un pueblo que escoge a un presidente ciego obliga a pensar, inevitablemente, en qué estaba viendo ese pueblo, y qué era lo que prefería no mirar.
¿Votaba por la persona? ¿Votaba por la memoria del mando? ¿Votaba por la costumbre? ¿Votaba por la esperanza de orden? ¿O votaba, simplemente, contra el miedo a lo desconocido?
En una sola frase, Bosch abrió todas esas preguntas sin formularlas expresamente.
Yo no olvido tampoco el contraste material de la escena. El país afuera, inmenso y convulso. Adentro, una casa grande pero recogida en su silencio.
Las terrazas, los pasillos, las distintas áreas de la residencia, todo eso quedaba como suspendido alrededor del núcleo de la noticia.
Y en el centro, Bosch en bata. Esa imagen despojada humaniza incluso la historia grande. Nos recuerda que los grandes giros políticos no suceden solo en los comités centrales, ni en los despachos oficiales, ni frente a las cámaras. También ocurren junto a una cama, en una habitación prestada, cuando alguien entrega un papel y otro entiende, de una vez y para siempre, que el país ha escogido otro rumbo.
No sé si la posteridad terminará por conceder a esa escena el lugar que merece, pero yo sí sé que contiene una verdad esencial sobre la vida dominicana: aquí la historia nunca llega de modo abstracto. Llega a las casas. Se sienta en las salas. Camina por las terrazas. Se mezcla con el café de la mañana, con el dolor del duelo, con la fragilidad del cuerpo, con la conversación susurrada entre pocos testigos. Y por eso mismo deja marcas más hondas.
Han pasado los años, y sin embargo aquella madrugada conserva una nitidez que desafía el tiempo.
Veo a Hamlet Hermann entrando con el boletín. Veo a Bosch recibiéndolo. Veo el silencio alrededor. Oigo la frase. Y siento que, por un instante, la República Dominicana se quedó inmóvil para escucharse a sí misma a través de la voz de uno de sus hombres más lúcidos y más heridos.
Todo lo demás vino después. Los análisis, las interpretaciones, las querellas partidarias, los recuentos de votos, las versiones interesadas de unos y otros. Pero en el fondo de esa jornada permanece la escena desnuda.
Eso fue lo esencial. A las seis de la mañana del 17 de mayo de 1986, en la casa de Natasha Sánchez, viuda reciente de José Frank Tapia, donde Juan Bosch convalecía después de su operación de vesícula y antes de mudarse a Paseo de los Locutores, Hamlet Hermann le llevó los resultados estadísticos del PLD que daban por ganador a Joaquín Balaguer.
Bosch los leyó en bata y, con la puntería moral de quien acaba de recibir una revelación amarga, dijo: «Coño, ustedes saben lo que es este pueblo votar por un ciego para ser presidente.»
Y ahí quedó todo.
Quedó todo porque hay frases que no clausuran una conversación, sino una época interior. Después de pronunciarlas, uno puede seguir hablando, pero ya lo importante ha sido dicho.
Aquella mañana, Bosch no necesitó añadir nada más. El país había hablado por las urnas,
Hamlet Hermann lo había traducido en cifras y él, con una sola línea, tradujo esas cifras en conciencia.
Desde entonces, cada vez que pienso en las elecciones de 1986, no veo primero los titulares ni los porcentajes ni las fotos de campaña. Veo aquella casa.
Veo la bata. Veo el boletín. Y escucho una frase que todavía resuena como si el amanecer no hubiera terminado nunca de pasar por esa habitación.
