Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En Washington, donde el poder suele hablar en cifras, decretos y amenazas, ocurrió esta semana algo que parecía escapado de otro tiempo: una lectura pública de la Biblia, larga, pausada, casi ritual, como si el mundo moderno hubiera decidido detenerse para escuchar palabras antiguas mientras el ruido de la historia seguía su curso implacable.
Allí estuvo Donald Trump, acompañado de figuras del Partido Republicano y líderes evangélicos, participando en un maratón de lectura en el Museo de la Biblia, un evento transmitido en vivo y promovido por organizaciones cristianas que sostienen —como principio histórico y político— que la Biblia está “indeleblemente entretejida” en la identidad de los Estados Unidos (AP News, cobertura de eventos religiosos y políticos en Washington; Museum of the Bible, programación oficial).
El pasaje escogido —el capítulo 7 del Segundo Libro de las Crónicas— no fue casual. “Si mi pueblo se humilla, ora y se aparta de sus malos caminos… yo sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:14, Biblia).
Esa cita ha sido recurrente en el discurso del cristianismo político estadounidense, especialmente en sectores evangélicos que interpretan la historia nacional bajo un prisma providencial (Pew Research Center; estudios sobre religión y política en EE. UU.).
Pero toda lectura pública del poder tiene su sombra.
Mientras se pronunciaban esas palabras de arrepentimiento, en otros espacios del mismo gobierno se discutían cifras que pertenecen a otro lenguaje: el del poder duro.
El Pentagon ha planteado un incremento sustancial del gasto militar para 2027, con énfasis en drones, sistemas de defensa aérea y nuevas tecnologías de combate, en el contexto de la guerra con Irán (AP News, 21 de abril de 2026).
No se trata solo de números. Se trata de una transformación de la guerra.
Los sistemas Patriot y THAAD —concebidos para interceptar misiles balísticos— han sido utilizados contra drones de bajo costo lanzados en masa, lo que ha obligado a replantear la estrategia militar: ya no basta la precisión, ahora importa la cantidad (AP News; informes del Departamento de Defensa de EE. UU.).
La guerra moderna se ha convertido en una ecuación entre lo sofisticado y lo abundante.
Y mientras eso ocurre, el frente diplomático se mueve en una lógica distinta.
Tras semanas de tensión, el gobierno de Donald Trump optó por extender una tregua en el conflicto con Irán, sin levantar sanciones ni desactivar presiones militares.
Es una pausa estratégica, no una solución.
Según reportes de Reuters, AP News y The New York Times (abril de 2026), esta decisión responde a esfuerzos de mediación, entre ellos el papel discreto de Pakistán, que ha buscado abrir un espacio para la negociación.
Pero negociar, en este contexto, no es ceder. Es administrar el conflicto.
Irán —como han señalado análisis de The New York Times— no es un actor monolítico.
Su estructura política combina liderazgo religioso, aparato militar y tensiones internas que dificultan la formulación de una posición unificada. Pedirle una propuesta coherente es, en cierto modo, exigirle estabilidad en medio de la presión (NYT en Español, abril de 2026).
Mientras tanto, el bloqueo continúa.
Ese instrumento silencioso que no dispara, pero aprieta.
Que no destruye de inmediato, pero desgasta.
Que no se anuncia como guerra, pero actúa como tal.
Y es ahí donde la escena inicial —la lectura de la Biblia— adquiere su verdadero peso simbólico.
Porque no es un acto aislado. Es parte de una tradición histórica en la que el poder político busca legitimarse en lo sagrado.
Desde los imperios antiguos hasta la política contemporánea, la invocación de la fe ha servido tanto para consolar como para justificar (Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo; estudios sobre religión y poder en EE. UU.).
Pero la Biblia no es un texto neutral. Es un espejo.
Y en ese espejo conviven la misericordia y el castigo, la compasión y la guerra, la justicia y el poder. Como señalan teólogos y analistas contemporáneos, el problema no es la lectura del texto, sino su uso político (Vatican News; análisis sobre fe y responsabilidad pública).
En el caso actual, la tensión es evidente.
Se invoca el arrepentimiento… mientras se financia la guerra. Se lee la Escritura… mientras se preparan armas. Se habla de sanar la tierra… mientras se perfeccionan los medios para destruirla.
No hay contradicción aparente para el poder.
Hay cálculo.
Porque el poder nunca apuesta a un solo escenario.
Se negocia… pero se arma.
Se ora… pero se presiona.
Se espera… pero se prepara.
Sin embargo, incluso en esa lógica implacable, hay señales que invitan a una reflexión más profunda.
El reconocimiento de que las municiones se agotan, de que la producción industrial tiene límites, de que los conflictos no pueden sostenerse indefinidamente, sugiere que incluso las grandes potencias están sujetas a la realidad (AP News; informes del Departamento de Defensa).
La historia, tarde o temprano, impone condiciones.
Por eso, mientras unos leen la Biblia y otros redactan presupuestos militares, el mundo queda suspendido en una pregunta que no pertenece a ningún partido ni a ninguna ideología, sino a la condición humana misma: ¿puede una civilización sostener al mismo tiempo la fe en la redención y la preparación permanente para la guerra?
La respuesta no está en los discursos.
Está en los hechos.
Porque la Escritura —como la historia— no absuelve a nadie.
Solo deja constancia.
