Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En el campo, donde el tiempo no se mide por relojes sino por la sombra que se alarga sobre la tierra, los hombres aprendían a decir las cosas sin adornos, como si cada palabra tuviera que atravesar el aire caliente y llegar entera al corazón de quien la escuchaba.
Allí no había discursos, ni teorías, ni frases para impresionar. Había sentencias. Y entre todas las que dejó mi abuelo —que hablaba poco, pero dejaba huellas— hubo una que siempre volvía como un eco cuando la vida se complicaba más de la cuenta:
“No se preocupen, muchachos… to’ eh una mierda.”
Lo decía sin rabia, sin amargura, sin ese gesto agrio de quien ha perdido la fe en todo. Lo decía con una serenidad casi peligrosa, como quien ha visto demasiado y ya no necesita explicarlo. Y uno, de muchacho, no entendía. Porque a esa edad todo parece importante: la mirada de una mujer, la pelea con un amigo, el orgullo herido, la ilusión de que el mundo gira alrededor de uno como si fuera un planeta privilegiado.
Pero el abuelo no discutía. No argumentaba. Soltaba la frase y se quedaba mirando el horizonte, como si allí, en esa línea donde el cielo se junta con la tierra, estuviera escrita la explicación que a nosotros nos faltaba.
Con los años, uno empieza a entender que aquella frase —tan ruda, tan desprovista de elegancia— no era una negación de la vida, sino una forma de domesticarla. Porque hay que haber vivido lo suficiente para saber que muchas de las cosas que parecen gigantes terminan siendo pequeñas, que los conflictos que hoy nos desvelan mañana apenas se recuerdan, y que las pasiones que creemos eternas a veces no sobreviven ni siquiera al paso de una estación.
El abuelo había visto pasar gobiernos, crisis, promesas, cosechas buenas y malas, enfermedades que llegaban sin aviso y se llevaban a la gente como si fueran hojas secas. Había visto hombres poderosos caer en silencio y pobres levantarse con dignidad. Y en medio de todo eso, había aprendido una lección que no cabía en libros ni en discursos: que el mundo, con toda su gravedad aparente, tiene una ligereza escondida que solo se revela cuando uno deja de tomárselo todo tan en serio.
Por eso su frase no era desprecio, era defensa.
Era una manera de protegerse del exceso de importancia que le damos a las cosas. De no dejar que la vida nos aplaste con su propio teatro. De recordarnos que, al final, lo verdaderamente importante no grita, no se exhibe, no necesita imponerse.
Porque el amor verdadero no hace ruido. La dignidad no necesita aplausos. Y la paz —esa paz que uno busca sin saberlo— casi siempre llega cuando dejamos de pelear con lo que no tiene remedio.
A veces pienso que el abuelo, con su lenguaje áspero y su sabiduría sin escuela, había resuelto antes que nosotros el gran problema de la existencia: cómo vivir sin dejarse devorar por ella.
Y entonces su voz vuelve, como si el viento la trajera desde alguna tarde perdida entre cañaverales:
“No se preocupen, muchachos…”
Y en ese instante uno comprende que no era resignación lo que enseñaba, sino libertad.
