Por José Manuel Jerez
Lo que se desarrolla entre Estados Unidos, Israel e Irán no es simplemente un conflicto regional ni una secuencia más dentro de la larga inestabilidad de Medio Oriente. Es, en realidad, un laboratorio geopolítico donde se está poniendo a prueba la capacidad real de una superpotencia para imponer su voluntad política en el siglo XXI. Y los resultados, hasta ahora, son profundamente reveladores.
La noción de “derrota estratégica” permite comprender la magnitud del fenómeno. No se trata de perder batallas, sino de fracasar en la consecución de objetivos políticos fundamentales. Washington y Tel Aviv se propusieron alterar la estructura de poder iraní: eliminar su programa nuclear, destruir su capacidad balística y desarticular su red regional. Ninguno de estos objetivos ha sido alcanzado de forma decisiva.
Este desfase entre medios militares y fines políticos constituye el núcleo de una crisis estratégica. Estados Unidos ha demostrado capacidad de proyección, superioridad tecnológica y dominio operativo; sin embargo, no ha logrado transformar esa superioridad en resultados políticos duraderos. Esta es la señal más clara de que el poder militar, por sí solo, ha dejado de ser suficiente.
El giro hacia la negociación en torno al estrecho de Ormuz es particularmente significativo. Este paso implica reconocer, aunque sea implícitamente, que Irán conserva capacidad de veto sobre uno de los puntos neurálgicos del sistema energético global. En términos geopolíticos, negociar con el adversario el control de un chokepoint es aceptar un equilibrio, no imponer una victoria.
Desde la perspectiva del realismo ofensivo de John Mearsheimer, las grandes potencias buscan maximizar su poder para garantizar su supervivencia. Sin embargo, cuando incluso ese impulso estructural encuentra límites operativos frente a actores regionales resilientes, el sistema comienza a reconfigurarse. Irán ha demostrado ser precisamente ese tipo de actor: uno que no necesita ganar para evitar perder.
La dimensión interna estadounidense agrava el escenario. El liderazgo político enfrenta tensiones crecientes dentro de su propia base. Sectores del movimiento MAGA cuestionan el costo de involucrarse en guerras que no producen beneficios estratégicos claros. Esto introduce una variable decisiva: la política doméstica comienza a restringir la proyección externa.
Israel, por su parte, enfrenta un desgaste estratégico acumulativo. La incapacidad de traducir la fuerza militar en resultados políticos erosiona su doctrina de disuasión. En un entorno regional altamente volátil, esta erosión puede tener consecuencias sistémicas.
Pero el verdadero impacto de este conflicto no está únicamente en Medio Oriente. Su efecto más profundo se proyecta sobre el sistema internacional. La incapacidad de Estados Unidos para imponer unilateralmente su voluntad frente a Irán confirma una tendencia que ya se venía gestando: el declive relativo de la unipolaridad.
En este contexto, el estrecho de Ormuz deja de ser solo un punto geográfico y se convierte en un símbolo del nuevo orden global. Quien tiene capacidad de influir en ese chokepoint no solo controla flujos energéticos, sino que condiciona la estabilidad del sistema internacional.
En conclusión, no estamos simplemente ante una posible derrota estratégica. Estamos ante algo más profundo: la evidencia de que el poder global está mutando. El siglo XXI no estará definido por la hegemonía absoluta de una sola potencia, sino por la interacción conflictiva de múltiples actores capaces de resistir, bloquear y redefinir el orden internacional.
