Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay operaciones que en la pizarra parecen inocentes y en la vida terminan siendo peligrosas.
Uno cree que está sumando porque ve el signo de más, porque oye el aplauso de los suyos, porque anota nombres nuevos en una libreta de campaña, porque otro dirigente cruza la calle con una sonrisa de recién convertido y se coloca en la fotografía del vencedor.
Pero la política, como las matemáticas, tiene una severidad que no perdona los entusiasmos mal calculados: no toda suma aumenta; a veces se suma para disminuir; a veces se agranda una parte mientras se achica el conjunto; a veces el número crece en una columna y el saldo final baja en la cuenta general.
El ejemplo elemental lo entiende un estudiante de primer curso: cinco más tres negativos no da ocho, da dos.
El signo de la suma está ahí, visible, correcto, legal, indiscutible, pero lo que se incorpora no agrega valor sino deuda.
Cinco más menos tres es dos.
En apariencia hubo una adición; en la realidad hubo una reducción.
Y si alguien insiste en sumar números negativos sin mirar su naturaleza, llegará un momento en que la abundancia de signos positivos no le impedirá caer por debajo de cero.
Puede ocurrir también cuando se suman deudas: cada préstamo nuevo aumenta el monto recibido en la mano, pero resta libertad, resta solvencia y resta mañana.
O cuando se suman palabras en una discusión: quien agrega argumentos sin orden cree fortalecer su causa, pero a veces lo que aumenta es el ruido y lo que disminuye es la credibilidad.
Hay sumas que enriquecen y hay sumas que empobrecen. La diferencia no está en el signo, sino en la calidad de lo que se agrega.
Ese principio, llevado a la política dominicana, ayuda a mirar con menos pasión y más precisión el caso de Leonel Fernández y la Fuerza del Pueblo frente al Partido de la Liberación Dominicana.
Leonel sale los fines de semana, recorre provincias, saluda jóvenes, abraza caras nuevas, incorpora profesionales, mujeres, muchachos, dirigentes comunitarios, personas que quizá nunca habían tenido militancia o que estaban esperando una causa que les hablara en un idioma reconocible.
Esa parte del movimiento es sana, legítima y necesaria.
Cuando un partido abre puertas a la juventud y a gente nueva, suma de verdad.
No roba oxígeno: produce respiración. No traslada una silla de un cuarto a otro: construye otra habitación en la casa política.
El problema comienza cuando la operación deja de ser una ampliación de la base social y se convierte, o parece convertirse, en una extracción permanente de cuadros, simpatizantes y militantes del PLD.
Entonces la suma deja de ser una creación y pasa a ser un traslado.
Para la Fuerza del Pueblo, cada dirigente peledeísta que se marcha representa estructura, territorio, experiencia, nombres conocidos, contactos y memoria electoral.
Para el PLD, el mismo acto representa pérdida, desánimo, sospecha, huecos orgánicos y una sensación de hemorragia que puede ser más grave que la hemorragia misma.
En política, como en medicina, no siempre mata la pérdida de sangre; a veces mata el miedo de seguir perdiéndola.
Aquí está el centro del dilema:
Leonel puede estar sumando para su partido y, al mismo tiempo, restando capacidad al conjunto opositor que necesitaría estar unido en 2028.
Esa es la operación matemática de los números negativos. Si la Fuerza del Pueblo crece a costa del PLD, sin crear una arquitectura posterior de reunificación, el resultado puede ser que ambos lleguen más pequeños de lo que creen frente a un adversario que conserva el poder, los recursos, la narrativa de estabilidad y la posibilidad de presentar una candidatura nueva, femenina y fresca como Carolina Mejía.
Carolina no es un detalle decorativo en ese cuadro. Es precisamente el tipo de figura que puede beneficiarse de la fatiga del pleito ajeno.
Si el PRM logra vender la fórmula de cambio y continuidad, renovación sin sobresalto, juventud con aparato, administración con rostro amable, la oposición no puede darse el lujo de parecer una familia dividida que todavía discute la herencia del padre muerto.
Carolina Mejía, en ese escenario, puede aparecer como lo que toda maquinaria oficialista desea ofrecer cuando el desgaste del poder empieza a sentirse: una cara menos usada para defender una obra que se presenta como continuidad necesaria.
Y frente a eso, una oposición confundida, resentida, fragmentada, con dos alas de una misma tradición compitiendo por la primacía moral y electoral, le regala al oficialismo lo que más necesita: claridad por contraste.
Porque el votante dominicano, sobre todo el votante independiente, no siempre vota por doctrina. Muchas veces vota por clima. Vota por sensación. Vota por quien parece tener rumbo. Vota por el que menos le complica la vida.
Si mira hacia un lado y ve un gobierno con poder, recursos y una figura emergente capaz de hablar de futuro, y mira hacia el otro y ve al PLD y a la Fuerza del Pueblo disputándose dirigentes, recuerdos, agravios y certificados de legitimidad boschista, la conclusión puede ser brutal: mejor lo conocido que el pleito interminable.
Toda confusión favorece al PRM. Esa frase no es un insulto contra nadie; es una ley de la percepción electoral.
Hay gente que lo ha dicho con honestidad política: simpatiza con Leonel, reconoce su talento, su experiencia, su peso histórico, su capacidad de articular discurso y de convocar sectores.
Pero al mismo tiempo le preocupa la táctica del sonsaque.
Esa preocupación no nace de una hostilidad personal contra Leonel, sino de una conciencia peledeísta y boschista.
El boschismo, en su raíz más profunda, no fue una simple maquinaria electoral. Fue una escuela política.
Y una escuela no se destruye para probar que uno fue el mejor alumno. Una escuela se preserva, se renueva, se corrige, se amplía y se pone al servicio de una causa superior.
La Fuerza del Pueblo nació, en los hechos, como el instrumento político externo del leonelismo cuando la batalla interna del PLD se convirtió en una guerra sin retorno entre 2019 y 2020.
Aquello no fue una creación surgida de la nada; fue la mudanza de una parte esencial del viejo PLD hacia una nueva casa.
Por eso su relación con el PLD es distinta a la de cualquier otro partido. No son dos culturas ajenas. Son dos ramas de un mismo tronco, separadas por heridas, ambiciones, agravios, errores y cálculos.
Y por eso cada traslado de militantes no se siente como una conquista exterior, sino como una disputa doméstica.
Es como llevarse muebles de la casa común para amueblar el apartamento nuevo, mientras se afirma que algún día todos tendrán que volver a reunirse en una sola sala.
La pregunta inevitable es esta: ¿beneficia a Leonel debilitar al PLD si en 2028 necesita al PLD para construir un amplio frente opositor?
En el corto plazo, sí puede beneficiarlo. Le permite llegar a la mesa con más fuerza, presentarse como el principal jefe de la oposición, demostrar que su partido no fue una aventura pasajera y reclamar la jefatura natural de cualquier alianza futura.
Pero en el mediano plazo el cálculo se vuelve peligroso, porque una organización humillada, drenada y tratada como cantera no siempre llega dócil al acuerdo.
Puede llegar resentida, puede llegar tarde, puede llegar sin entusiasmo, puede llegar con su base desorientada, o puede no llegar en absoluto.
La unidad que se construye sobre ruinas ajenas rara vez despierta fervor; despierta conveniencia, y la conveniencia no siempre moviliza multitudes.
Los números electorales de 2024 mostraron una realidad incómoda: Leonel Fernández y la Fuerza del Pueblo quedaron por encima del PLD en el nivel presidencial, mientras Abel Martínez y el partido morado descendieron a una posición dolorosa.
Esa fotografía fortaleció el argumento leonelista de que la nueva oposición tiene su centro en la Fuerza del Pueblo.
Pero una elección no es una eternidad. La política dominicana ha demostrado demasiadas veces que los votos se mueven, que los entusiasmos se evaporan, que los rechazos pesan tanto como los apoyos y que los aparatos sin emoción se vuelven esqueletos de campaña.
Leonel tiene apoyo, pero también rechazo. Tiene historia, pero también desgaste. Tiene seguidores fieles, pero también adversarios internos y externos que no lo perdonan. Ese dato no debe ocultarse debajo de una bandera verde ni debajo de una bandera morada.
Por eso la operación correcta no puede ser simplemente sumar dirigentes peledeístas a la Fuerza del Pueblo como quien acumula piezas en una vitrina.
La operación correcta, si de verdad se piensa en 2028, tendría que ser más delicada: sumar jóvenes sin humillar al PLD; sumar nuevos sectores sin desmantelar la tradición común; sumar experiencia sin provocar deserciones teatrales; sumar fuerza propia sin convertir al aliado necesario en enemigo sentimental.
En matemáticas, una suma de números positivos eleva el total; en política, una suma de voluntades positivas amplía el horizonte.
Pero cuando se suma el resentimiento, cuando se suma la fuga, cuando se suma la sensación de traición, el resultado puede comportarse como número negativo.
Hay otra operación matemática que ayuda a entenderlo: multiplicar por menos uno.
Una fuerza positiva, al ser atravesada por el signo contrario, cambia de dirección.
Un dirigente con capacidad organizativa puede ser un activo en una alianza; pero si llega envuelto en agravio, puede convertirse en factor de división.
Una campaña de crecimiento puede ser positiva; pero si el método provoca desconfianza, el signo cambia.
Lo que debía multiplicar entusiasmo multiplica sospecha. Lo que debía sumar estructura suma heridas. Y las heridas, cuando se llevan a las urnas, no votan con disciplina; se quedan en la casa, anulan, se abstienen, murmuran o se van con quien les ofrezca menos conflicto.
También existe la resta disfrazada de adición cuando un partido acumula siglas sin alma.
Se anuncia un frente amplio, se firma una alianza, se toman fotografías, se reparten candidaturas, se levantan manos en una tarima. Todo parece suma.
Pero si debajo no hay confianza, si la base no entiende el propósito, si el ciudadano no ve proyecto nacional sino reparto de posiciones, esa suma de siglas puede restar credibilidad.
Un frente opositor no es una aritmética de logos; es una construcción emocional, programática y moral. Debe decirle al país no solo quiénes se juntan, sino para qué se juntan y qué aprendieron de sus errores.
Ese es el punto boschista de la cuestión. Juan Bosch no construyó partidos para que fueran agencias de colocación ni refugios de resentidos. Los concibió como instrumentos de educación cívica, disciplina democrática, conciencia nacional y transformación social.
Un peledeísta y boschista puede apoyar a Leonel, reconocer su liderazgo, valorar su obra, y al mismo tiempo advertir que ninguna ambición personal, por legítima que parezca, debe destruir la posibilidad de una recomposición opositora.
La historia no premia a quienes ganan la discusión interna y pierden el país. Tampoco premia a quienes conservan el sello original pero pierden la capacidad de hablarle a la sociedad nueva.
El PLD, por su parte, no puede limitarse a quejarse del sonsaque. Si pierde gente, debe preguntarse por qué la pierde. Si su base se desorienta, debe reconstruir autoridad. Si sus jóvenes no encuentran espacio, debe abrir puertas. Si su marca pesa por errores del pasado, debe hacer examen público y no solo nostalgia administrativa. Nadie retiene militantes solo con actas de fundación.
La lealtad política necesita orgullo, claridad y futuro. Un partido que fue escuela de poder no puede resignarse a ser museo de poder. Si la Fuerza del Pueblo debe cuidarse de crecer restando, el PLD debe cuidarse de defenderse paralizándose.
La Fuerza del Pueblo tampoco puede olvidar que una candidatura presidencial no gana solo con los convencidos. Gana cuando reduce el miedo de los que dudan.
Y Leonel, precisamente por su peso histórico, necesita algo más que adhesiones: necesita tranquilidad social alrededor de su figura. Si su crecimiento se percibe como revancha contra el PLD, puede consolidar a los suyos y espantar a los necesarios. Si se percibe como recomposición de una corriente nacional con capacidad de gobernar y pactar, puede ampliar.
La diferencia entre una cosa y la otra está en el tono, en el método y en la generosidad. La política dominicana ha tenido demasiados jefes que prefirieron quedar por encima de sus compañeros antes que ponerse delante de una causa.
En 2028, si el PRM llega con una candidatura como Carolina Mejía, el desafío opositor no será menor.
Una mujer joven, conocida, con apellido político, con experiencia municipal y con la posibilidad de heredar la narrativa del cambio administrado, puede convertirse en una oferta difícil de enfrentar si la oposición llega dividida entre nostalgia, rivalidad y cálculo.
El poder, cuando tiene continuidad, no se presenta como continuidad desnuda; se disfraza de renovación. Dice: somos los mismos en la obra, pero nuevos en el rostro.
Y eso puede ser eficaz. Frente a esa fórmula, el PLD y la Fuerza del Pueblo necesitarían algo más que sumar dirigentes: necesitarían sumar confianza.
La unidad, sin embargo, no puede improvisarse a última hora.
No se puede pasar cuatro años arrancándose militantes y luego pedir abrazos sinceros en una convención de emergencia.
No se puede convertir al otro en adversario moral todos los fines de semana y después exigirle disciplina patriótica el lunes antes de las elecciones.
La unidad se trabaja temprano, con respeto, con reglas, con mediciones creíbles, con acuerdos programáticos, con garantías para todos, con reconocimiento de daños y con una narrativa superior.
Si la oposición quiere ser frente, debe dejar de actuar como archipiélago.
Y si quiere ser amplia, debe serlo de verdad: con jóvenes, mujeres, sectores sociales, empresarios, trabajadores, profesionales, campesinos, iglesias, municipalidades, diáspora y ciudadanos sin partido que no quieren volver al pasado, pero tampoco desean una continuidad sin contrapesos.
La gran advertencia es sencilla: crecer no siempre es ganar. Un árbol puede extender una rama y secar la raíz. Un río puede ganar caudal en un brazo y dejar el cauce principal sin agua.
Un partido puede llenar actos y perder simpatía. Un líder puede aumentar su círculo y estrechar su destino.
La aritmética electoral no solo cuenta cabezas; cuenta emociones, rechazos, cansancios, memorias y esperanzas.
Y cuando esas fuerzas invisibles se vuelven negativas, cualquier suma aparente puede transformarse en resta real.
Por eso, la pregunta no es si Leonel tiene derecho a fortalecer la Fuerza del Pueblo. Lo tiene.
La pregunta no es si el PLD tiene derecho a preservar su identidad. Lo tiene.
La pregunta tampoco es si Carolina Mejía puede ser una adversaria poderosa en 2028. Puede serlo.
La pregunta verdadera es si las dos alas de la tradición peledeísta y boschista tendrán la madurez de entender que el enemigo principal no es el vecino que salió de la misma casa, sino la confusión que puede condenarlas a ambas.
Si cada una suma contra la otra, el PRM recibirá la ganancia neta. Si cada una suma para una convergencia superior, la oposición podrá volver a ser opción de poder.
La matemática final es implacable. Jóvenes nuevos más pueblo nuevo más programa nuevo más unidad sincera: eso suma.
Dirigentes sonsacados más agravios acumulados más bases confundidas más candidaturas enfrentadas: eso resta. Y lo peor de todo es que puede restar mientras todos celebran que están sumando. Esa es la trampa. El signo de más puede engañar a los incautos. Pero el resultado, al final, no miente.
Santo Domingo, abril de 2026.
Fuentes consultadas para datos electorales y contexto público reciente: Diario Libre, “Elecciones 2024: Fuerza del Pueblo, segunda fuerza política de RD” (20 de mayo de 2024); Listín Diario, “Abinader gana con 57.4%, Leonel 28.8 y Abel quedó en 10.3” (21 de mayo de 2024); cobertura de resultados preliminares de la Junta Central Electoral reseñada por Diario Libre, El Día y Diario AS; análisis de El Caribe sobre la necesidad de pacto entre las dos alas del antiguo PLD de cara a 2028.
