Por José Manuel Jerez
La declaración de Danilo Medina, en la que sentencia que “nadie espere que el PLD le va a endosar su fuerza a ningún partido”, no es una simple afirmación política: es una definición estratégica que, en el contexto actual del sistema de partidos dominicano, bordea el error estructural. En un escenario de competencia tripartita, donde ninguna fuerza alcanza por sí sola la mayoría electoral, proclamar autosuficiencia no es fortaleza; es, en términos crudos, una peligrosa ilusión de poder.
Desde la teoría clásica de Giovanni Sartori, los sistemas multipartidistas competitivos no se estructuran sobre la autosuficiencia, sino sobre la lógica de coaliciones. El poder, en estos sistemas, no se conquista en solitario, sino mediante agregación estratégica. Negarse a endosar fuerza política equivale, en la práctica, a renunciar a participar en la arquitectura real del poder. Es una decisión que reduce márgenes, limita opciones y encierra al actor en su propio perímetro electoral.
Más aún, Maurice Duverger advirtió que las dinámicas electorales tienden a empujar a los actores hacia alianzas, especialmente cuando el sistema institucional —como ocurre en la República Dominicana— incorpora mecanismos de doble vuelta. En ese contexto, la negativa a construir alianzas no es neutral: es autolimitante. Es aceptar competir con una desventaja estructural frente a quienes sí entienden la lógica acumulativa del poder.
La afirmación de que el PLD puede recibir apoyo, pero no otorgarlo, introduce una asimetría insostenible desde cualquier teoría de negociación racional. Thomas Schelling lo dejó claro: toda cooperación estratégica implica reciprocidad. Pretender lo contrario no es una posición de fuerza, sino una señal de debilidad encubierta. Nadie negocia seriamente con quien no está dispuesto a ceder.
Desde una lectura más cruda, incluso desde el realismo político de Hans Morgenthau o John Mearsheimer, la política es, en esencia, lucha por el poder. Y en esa lucha, los actores eficaces no son los más puros, sino los más adaptativos. La rigidez estratégica, especialmente en contextos de alta competencia, suele ser el preludio de la irrelevancia. El sistema no premia la coherencia doctrinal aislada; premia la capacidad de construir mayorías efectivas.
El problema de fondo es que esta postura no solo es teóricamente débil, sino empíricamente refutada por la propia experiencia dominicana. Las elecciones recientes han demostrado que las alianzas son determinantes. Sin coaliciones, no se alcanza el umbral de victoria. Sin acuerdos, no se construyen mayorías. Pretender lo contrario es desconocer la evidencia política inmediata.
Pero hay algo más profundo: esta declaración revela una crisis de lectura estratégica. El PLD parece moverse entre la nostalgia de su pasado hegemónico y la incapacidad de adaptarse a un sistema donde ya no es dominante. Y esa desconexión entre autopercepción y realidad es, históricamente, uno de los factores más peligrosos en la decadencia de los partidos políticos.
El resultado previsible de esta línea es el aislamiento. Un partido que no construye alianzas se convierte en un actor periférico en la toma de decisiones. Puede conservar una base, incluso relevante, pero pierde capacidad de incidir en la configuración del poder. Y en política, no incidir equivale, progresivamente, a desaparecer del centro del sistema.
En definitiva, la frase de Danilo Medina no fortalece al PLD; lo encierra. No proyecta poder; proyecta rigidez. No construye futuro; lo limita. En un sistema político donde la clave es sumar, quien decide no hacerlo, simplemente se resta. Y en esa resta, puede estar el verdadero costo estratégico de esta postura.
