Víctor Manuel Grimaldi CéspedesEn la
Biblia, Job no es solamente el hombre que espera. Es el hombre que pierde, que pregunta, que se queja, que no entiende, que mira a su alrededor y descubre que todo lo que sostenía su vida se ha venido abajo, y aun así no se entrega al resentimiento ni a la desesperación. La tradición lo ha convertido en símbolo de paciencia, pero conviene precisar que la paciencia de Job no fue una quietud muerta ni una resignación de piedra. Job discutió, interrogó, padeció en voz alta. Su paciencia fue otra cosa: la capacidad de no romperse moralmente cuando la vida parecía haberle quitado toda explicación.
Por eso la paciencia de Job no puede confundirse con pasividad. Job no es paciente porque no sufre, sino porque sufre sin perder del todo la conciencia de su dignidad. No es paciente porque no protesta, sino porque su protesta no se convierte en corrupción del alma. Aun herido, aun despojado, aun reducido a la incomprensión de sus amigos y al silencio aparente de Dios, permanece. Esa permanencia es su grandeza. La paciencia, en él, es una forma de resistencia.
Con esa imagen bíblica puede entenderse mejor otra paciencia, muy distinta en su escenario, pero semejante en su estructura moral: la paciencia de la familia Corripio, y de manera particular la paciencia de José Luis Corripio Estrada, Pepín. No se trata de comparar una historia sagrada con una historia empresarial dominicana en términos absolutos, sino de reconocer una enseñanza común: hay vidas y familias que no se explican por un solo golpe de fortuna, ni por una victoria súbita, sino por una larga capacidad de soportar, trabajar, esperar y continuar cuando otros se habrían quebrado o habrían reaccionado con rencor.
Hay historias que se explican por los hechos visibles, y hay otras —las más profundas— que solo se comprenden cuando se observa el tiempo que las sostiene. La historia de la familia Corripio en la República Dominicana pertenece a estas últimas. No es únicamente la trayectoria de un grupo empresarial que crece, se diversifica y termina influyendo en los medios de comunicación y en la vida pública del país; es, ante todo, la construcción de una ética del trabajo y de una paciencia activa que, con los años, se convierte en una forma silenciosa de poder.
Todo comienza lejos, en Asturias, donde nació el 12 de marzo de 1934 José Luis Corripio Estrada, conocido por todos como Pepín. Llegó siendo un niño a Santo Domingo, traído por sus padres, dos o tres años después de su nacimiento, en una época en que el país todavía estaba marcado por estructuras sociales rígidas y por una economía donde el ascenso no era fácil para quienes no pertenecían a las familias tradicionales. Su padre, Manuel Corripio, no llegaba a un territorio desconocido: ya había estado en la capital dominicana, había trabajado en una casa de comercio vinculada a un español de apellido Lavandero y había adquirido allí las destrezas fundamentales del oficio mercantil.
De ese apellido Lavandero vendría después, según la memoria comercial de aquellos años, un producto popular que quedó en el habla doméstica dominicana: el jabón lavador. Ese tema merecería otra historia. Lo importante aquí es que Manuel Corripio había aprendido el comercio desde abajo, en el trato cotidiano con la mercancía, con la clientela, con los almacenes y con la disciplina de quien sabe que el capital no nace de la fantasía, sino de la repetición ordenada del trabajo.
En ese mismo ambiente, en aquellos años tempranos, Manuel Corripio coincidió con un joven Juan Bosch. Ambos se conocieron de muchachos. Habían trabajado en ese mundo comercial, y acaso también, según la memoria familiar, con un hermano de don Manuel, tío de Pepín Corripio, cuyo nombre deberá ser precisado en otro momento. Juan Bosch tomaría otro rumbo: el de la palabra, la literatura y la política. Manuel Corripio seguiría el camino del comercio disciplinado. Dos caminos distintos nacidos de un mismo punto: el trabajo.
La diferencia entre ambos no fue de origen, sino de destino. Bosch se convirtió en intelectual y líder político; Manuel Corripio en comerciante paciente, tenaz, metódico. Pero en esa diferencia se incubaba una lección: el trabajo sostenido, sin estridencias, podía construir tanto como la palabra o la acción política. Esa lección fue la que heredó Pepín.
La casa de madera con techo de zinc, en la esquina de la avenida Mella con Santomé, no era una metáfora: era la realidad. Tenía goteras. Así lo ha contado el propio Pepín en varias ocasiones. Allí no había privilegios, sino esfuerzo cotidiano. Más tarde, en la calle Emilio Prud’homme, en el sector de San Carlos, cerca del Cuerpo de Bomberos y en el límite sur de ese barrio que se extiende hacia el norte, el este y el oeste, se desarrolló el pequeño núcleo comercial que con el tiempo se transformaría en un conglomerado. En ese espacio se veía a los trabajadores cargando sacos de arroz, de habichuelas, de maíz y de otros comestibles. Y lo que más llamaba la atención no era el volumen del comercio, sino el cuidado: cada grano que caía al suelo era recogido, limpiado y recuperado. Nada se perdía. Esa disciplina minuciosa no era solo un método económico: era una filosofía.
Ahí se forja la paciencia. No como resignación, sino como método.
Los Corripio vivieron siempre ligados a ese sector de la ciudad. Después, ya en una etapa posterior, los padres de Pepín y el propio Pepín, hijo único, residieron en la avenida Bolívar, frente a un edificio de la ferretería Read con apartamentos en la parte superior, en la esquina de la calle Julio Verne, prácticamente donde comienza la avenida Bolívar. Esa casa todavía permanece intacta, conservada por Pepín como un testimonio de continuidad. La conservación de esa vivienda no es un simple gesto sentimental; es una manera de decir que el ascenso no debe borrar la memoria del origen.
Pepín aprendió de su padre la paciencia, la maestría de la paciencia: tener siempre paciencia, esperar sin dejar de trabajar, callar sin dejar de construir. Pero uno de sus sueños personales nació en otro lugar: en el colegio de La Salle. Ese colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, los lasallistas, estuvo originalmente en la Ciudad Colonial, en la calle Padre Billini esquina Arzobispo Meriño. Allí donde hoy hay un parqueo del Ayuntamiento del Distrito Nacional estuvo en sus comienzos aquel centro educativo. Después, Rafael Leónidas Trujillo regaló a los hermanos un inmenso solar para la época, en la avenida Bolívar, con frente por esa avenida y patio por la avenida César Nicolás Penson. Allí también estudió Pepín.
Cuando fue inaugurado el colegio en su nueva sede, hacia 1949, estuvo presente quien era entonces secretario de Estado de Educación, el doctor Joaquín Balaguer, que pronunció un discurso. Pepín también habló ese día como alumno. Existe una copia digital de la edición de El Caribe de aquella ocasión, pendiente de verificar en su fecha exacta, pero suficiente para recordar que aquel muchacho ya aparecía ligado a la palabra pública. En el colegio de La Salle, Pepín fundó un periódico estudiantil mensual llamado Mi Estrella. Ese pequeño periódico escolar fue la primera forma visible de un sueño: un día tener un periódico en la vida nacional.
Cuando Mi Estrella circulaba en el ambiente estudiantil lasallista, en la República Dominicana existía desde principios del siglo XX el diario La Información, en Santiago de los Caballeros; existía también El Caribe, fundado en 1948 bajo el régimen de Trujillo; y existía La Nación, diario tamaño estándar fundado por Trujillo en 1937, que tuvo como director a Rafael Vidal, uno de los ideólogos del régimen y de las maniobras políticas que llevaron a Trujillo al poder en 1930, junto con Joaquín Balaguer, Rafael Estrella Ureña, Rafael Filiberto Bonelly y otros protagonistas del desplazamiento del presidente Horacio Vásquez.
Pepín tenía ese sueño. Pasaron los años. Las empresas de su padre y las suyas crecieron. Pero la paciencia, como en el libro de Job, no se prueba en los días tranquilos. Se prueba cuando el golpe llega.
En 1963 se produjo un robo grande en la empresa Corripio. Unos ladrones penetraron por el techo del edificio de Distribuidora Corripio, en la calle Emilio Prud’homme —llamada a veces, por lapsus de memoria oral, Emilio Prud’Homme —, rompieron grandes barras de acero y sustrajeron aproximadamente sesenta mil pesos de la época, equivalentes entonces a sesenta mil dólares. En términos actuales, aquello representaría por lo menos un millón de dólares, acaso más: una suma considerable, un dinero que se encontraba en caja y que pudo haber quebrado el ánimo de una empresa en crecimiento.
En un país donde muchas empresas no sobrevivían a golpes menores, aquel hecho pudo significar el final. Sin embargo, no produjo ruptura. No hubo desesperación pública ni escándalo. Hubo continuidad. La empresa siguió operando. La disciplina no se quebró. Como Job, que no entendía del todo la prueba pero no se disolvía en ella, los Corripio siguieron trabajando.
En aquellos años, paralelamente, se estaba formando una generación de periodistas y profesionales que participarían en la vida intelectual del país. En 1969 fue fundado el Instituto Dominicano de Periodismo. Allí se inscribieron Tony Raful y quien escribe estas líneas. Los maestros eran figuras de gran nivel: Rafael Herrera, Bernardo Vega, que hablaba de economía; Carlos Despradel, también dedicado a temas económicos; Julio César Estrella, entonces secretario técnico de la Presidencia, lo que hoy equivaldría al ministro de Economía, quien trataba asuntos de banca, economía y relaciones internacionales; Carlos Federico Pérez y Pérez, abogado, profesor de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña y exministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Héctor García Godoy; y una señora llamada Nelly Biaggi, entre tantos, especialista en relaciones internacionales y organismos internacionales. Era una escuela de periodismo, pero también una escuela de país.
Entre los profesores estaba un joven periodista llamado Virgilio Alcántara. Hasta ese momento había trabajado en el Listín Diario desde su reaparición en agosto de 1963, durante el gobierno de Juan Bosch. El Listín había dejado de publicarse en 1942. En su última edición, localizada y fotocopiada en el Archivo General de la Nación, los propietarios del periódico —uno de ellos de apellido Pellerano, director y diputado al Congreso Nacional por uno de los partidos que apoyaban a Trujillo— explicaban el cierre por la escasez de materias primas en medio de la Segunda Guerra Mundial: papel, tinta y otros insumos afectados por las limitaciones del comercio internacional. De ahí se desprende una precisión importante: el Listín Diario no cerró por ser opositor a Trujillo, como cierta leyenda ha querido presentar después, sino por razones materiales en un contexto de guerra mundial y dentro de un marco político donde sus propietarios no estaban en ruptura con el régimen.
Virgilio Alcántara impartía en el Instituto Dominicano de Periodismo la materia Técnicas de Redacción. En por lo menos dos ocasiones se refirió al robo sufrido por la familia Corripio en 1963. Decía, con aire de investigador y con cierta ironía, que él había sido el periodista que, como un Sherlock Holmes criollo, investigó aquel robo tan extraño. Aseguraba haber escrito varios reportajes en el Listín Diario, reportajes en los que ponía en duda la naturaleza del hecho o sugería rarezas que lo hacían sospechoso. La realidad, sin embargo, es que la policía comprobó el robo, y las fotografías mostraron las grandes barras de acero rotas para penetrar al lugar. Son cosas que ocurren en la vida: lo que parece imposible en cualquier sitio puede suceder en uno concreto.
La escena es reveladora: un periodista joven, formado en la tradición crítica del oficio, cuestionando un episodio central en la historia de una familia empresarial; y del otro lado, esa familia, que no responde, que no confronta, que no se defiende públicamente en el aula ni en la plaza. Permanece en silencio. Espera. Otra vez, la paciencia.
Como son las ironías de la vida, Virgilio Alcántara pasó en 1970 a dirigir un nuevo periódico llamado Última Hora, vespertino propiedad de los dueños del Listín Diario: la familia Ricart, la familia Pellerano y otros accionistas, aunque aquellos eran los grupos dominantes del capital. Pepín, en ese momento, no tenía ni un centavo ni un peso dominicano invertido en medios, y mucho menos en el Listín Diario. Décadas después sería uno de los accionistas principales, acaso el principal, del Listín. Pero entonces era apenas, para muchos, un comerciante en ascenso.
Última Hora nació en un contexto donde los medios también eran instrumentos de lucha política. Con el Listín Diario existía un detalle fundamental: don Rafael Herrera, gran periodista profesional y gran humanista, tenía independencia informativa y editorial. Trazaba la línea, aunque los dueños influyeran, y había ciertos límites que estos no atravesaban. Rafael Herrera había contribuido a crear una marca informativa en el país desde la reaparición del Listín en 1963. Pero Rogelio Pellerano y Moisés Pellerano, su primo, eran adversarios fanáticos de Juan Bosch, aunque no siempre de manera abierta en público. Euclides Gutiérrez Félix sostuvo siempre en conversaciones privadas que Última Hora fue creado para combatir a Juan Bosch, su influencia nacional, sus posiciones políticas y, sobre todo, al PRD de aquella época, que era todavía el PRD de Juan Bosch.
En ese ambiente, en noviembre de 1975, aparece una portada que constituye un documento histórico elocuente. Juan Bosch acudió a la Procuraduría General de la República acompañado por Euclides Gutiérrez Félix y Julio Ibarra Ríos —abogado entonces, luego fiscal del Distrito Nacional y juez de la Suprema Corte— para depositar ante el procurador Anaiboni Guerrero Báez un sometimiento a la justicia contra Fernando Álvarez Bogaert, acusado de robos en el Consejo Estatal del Azúcar. La foto ocupaba una parte importante de la portada. Bosch aparecía saliendo de la Procuraduría, y el hecho tenía un peso inmediato, político, institucional y moral.
Sin embargo, el titular principal del periódico no fue ese. El vespertino Última Hora prefirió encabezar la edición con otro tema: el expediente remitido a la justicia sobre el secuestro de Pepín Corripio, ocurrido dos años antes, en 1973. El titular hablaba del “comerciante Corripio”.
Ese detalle lo dice todo. Ese día, Juan Bosch sometía a la justicia a Fernando Álvarez Bogaert por un caso vinculado al Consejo Estatal del Azúcar; sin embargo, el periódico eligió como noticia principal un hecho ocurrido dos años antes: el secuestro de un “comerciante”, José Luis Corripio Estrada.
Ahí no estamos ante una simple decisión editorial. Estamos frente a un acto de jerarquización del poder.
Porque en términos estrictamente noticiosos, el sometimiento de un alto funcionario por parte de Bosch —una figura central de la vida política dominicana— tenía un peso inmediato, actual, institucional. Era un hecho del presente, con implicaciones directas en el Estado, en la justicia, en la opinión pública. Y, sin embargo, se privilegió otro relato: un secuestro ya ocurrido, procesado, distante en el tiempo.
¿Por qué?
La respuesta no está solo en el acontecimiento, sino en la mirada.
Ese titular revela una doble operación. Primero, desplaza el centro de gravedad político: Bosch aparece, sí, pero subordinado visual y simbólicamente a otra narrativa. Segundo, define al protagonista económico desde una categoría reductora: “comerciante”. No “empresario”, no “industrial”, no “actor económico relevante”. “Comerciante”. En esa palabra se concentra una visión de clase. Se reconoce la importancia del hecho —el secuestro—, pero se limita el rango del sujeto. Es una forma sutil de decir: esto es noticia, pero no altera el orden simbólico.
La palabra no era inocente. En la República Dominicana de entonces, la distinción entre comerciante y empresario no era meramente semántica: era social. El comerciante era el que trabajaba, el que acumulaba, el que vendía y compraba, el que construía desde abajo; el empresario, en cambio, era una categoría reservada, asociada a apellidos, a tradición, a reconocimiento de clase. Nombrar a Pepín Corripio como “comerciante” en una portada de ese tipo era, en el fondo, una forma de ubicarlo dentro de una jerarquía implícita.
Los Pellerano, dueños de Última Hora y vinculados al Listín, eran parte de una oligarquía tradicional. Moisés Pellerano, en lo personal, era una persona respetuosa y jovial. Rogelio Pellerano, Tuturo, también podía ser tratado con cortesía y decencia. Pero una cosa son las maneras personales y otra los intereses de clase. Aquellos sectores se creían parte de una casta superior frente a un comerciante como Pepín Corripio. Esa es la pura realidad. Y esa realidad se filtraba en el lenguaje, en los titulares, en la jerarquía de las noticias y en la manera de nombrar a los protagonistas del país.
Pero la historia, como suele ocurrir, no se detiene en las palabras. Avanza.
Para entender la profundidad de ese momento hay que volver otra vez al sueño de Pepín, a su paso por el colegio La Salle y a aquel periódico estudiantil Mi Estrella. Ahí nació la aspiración de tener un periódico propio. Ese sueño no era un capricho, sino una extensión natural de la disciplina aprendida en el comercio familiar. La palabra impresa, para Pepín, no era solo instrumento de información; era una forma de presencia nacional.
En 1973, Pepín realizó su primera inversión en medios con el periódico La Noticia, fundado por un grupo de periodistas entre los que estaban Radhamés Gómez Pepín, Silvio Herasme Peña, Pedro Caba, Bienvenido Rojas y quien escribe estas líneas. La Noticia fue una experiencia de periodistas que buscaban abrir espacio en un país marcado por tensiones políticas y por la necesidad de pluralidad informativa. Para Pepín, significó la primera entrada concreta en el mundo de los medios.
En 1979 compró las acciones de Rafael Molina Morillo en El Nacional. Molina Morillo dejó de ser entonces el principal accionista del vespertino. Al año siguiente, en 1980, Pepín incorporó como director a Mario Álvarez Dugan, Cuchito Álvarez, nacido en 1930, periodista de gran cultura y experiencia, quien había trabajado en El Caribe y había dirigido La Nación en tiempos de Trujillo. Cuchito sabía lo que era un periódico matutino, conocía el oficio, tenía prestigio y experiencia acumulada. Entró a dirigir El Nacional como parte de la nueva etapa de la organización de medios de Corripio.
En ese mismo proceso regresó a El Nacional Radhamés Gómez Pepín, quien había sido uno de los periodistas fundadores del periódico en 1966 y había sido cancelado por Rafael Molina Morillo el 30 de diciembre de 1971. Es decir, Radhamés volvió después de que Molina dejó de ser el principal accionista. Ese retorno no fue un simple movimiento laboral: marcó el cambio de una estructura de poder a otra dentro del periódico. Radhamés también había sido uno de los fundadores de La Noticia en 1973, junto a Silvio Herasme Peña, Pedro Caba, Bienvenido Rojas y otros, incluido quien escribe estas líneas. La trayectoria de Radhamés unía, por tanto, dos momentos de la prensa dominicana: el origen de El Nacional y la primera inversión mediática de Pepín.
Y en 1981 Pepín fundó el periódico Hoy, materializando definitivamente su sueño juvenil. El director inicial fue, nada más y nada menos, Virgilio Alcántara: el mismo profesor que en 1969 ironizaba en las clases del Instituto Dominicano de Periodismo sobre el robo de Distribuidora Corripio; el mismo periodista que decía haber investigado el caso como Sherlock Holmes; el mismo que había puesto en duda aquel episodio que tanto dolor y preocupación produjo a la familia Corripio.
Como son las ironías de la vida, Virgilio terminó como director del periódico creado por Pepín. No fue una concesión. Fue una decisión. No hubo resentimiento. No hubo exclusión. Hubo integración.
Esa decisión revela una lógica distinta del poder. No se trata de vencer al adversario, sino de incorporarlo. No se trata de reaccionar al pasado, sino de construir el futuro. Virgilio Alcántara permaneció cinco o seis años en Hoy. Hacia 1986 o 1987, por gestiones de Guaroa Liranzo, consiguió que el presidente Joaquín Balaguer lo nombrara cónsul en New Orleans. De ahí pasó con el tiempo a ocupar varios puestos diplomáticos y no volvió al periodismo. Fue una etapa de su vida, pero esa etapa quedó marcada por una ironía fundamental: el hombre que había dudado del robo de Corripio terminó dirigiendo el gran sueño periodístico de Corripio.
Cuchito Álvarez me dijo años después, hacia el año 2000, que le sorprendió aquella decisión. Él sabía que Pepín tenía el proyecto de sacar el periódico Hoy en 1981, y había entendido —aunque Pepín no se lo dijera— que probablemente él sería el director del nuevo periódico. Tenía prestigio, experiencia y fama de buen periodista. Sin embargo, Pepín nombró a Virgilio Alcántara. Cuchito se sorprendió. Pero cuando Virgilio salió de Hoy, Pepín puso a Cuchito en la dirección del diario, y al dejar este la dirección de El Nacional, Radhamés Gómez Pepín, que era jefe de redacción, pasó a dirigir el vespertino. Así se consolidó un sistema donde la experiencia, la disciplina y la paciencia terminaban encontrando su lugar.
Lo que había comenzado como actividad comercial se transformaba en influencia pública. Y esa influencia no se limitó a los medios de Corripio. Con el tiempo, Pepín terminó siendo determinante para el desarrollo de los medios en general, para la apertura de todos los medios, no solamente los suyos, y para la formación de un sistema democrático más equilibrado en la República Dominicana. Su papel no puede reducirse al de un empresario exitoso. Debe verse también como el de un constructor de espacios informativos en un país que necesitaba pluralidad, equilibrio, profesionalización y competencia.
Lo que se observa, en perspectiva, no es una confrontación directa entre clases o grupos, sino una transformación progresiva. La oligarquía tradicional, basada en herencias, prestigios históricos y control simbólico —representada en buena medida por familias como los Pellerano— fue gradualmente desplazada por una nueva élite construida sobre el trabajo, la inversión y la capacidad de adaptación. No fue una derrota ruidosa, ni un colapso visible. Fue una sustitución lenta.
Pepín Corripio no enfrentó frontalmente a esa oligarquía. No necesitó hacerlo. La superó en el terreno donde realmente se define el poder: el tiempo. Por eso puede decirse que Pepín derrotó a la oligarquía tradicional. No la derrotó con discursos, ni con manifiestos, ni con vendettas. La derrotó con trabajo, con inversión, con perseverancia, con dominio de sí mismo, con una paciencia heredada de su padre y convertida por él en estrategia.
La paciencia de Job consistió en no dejarse destruir por la prueba. La paciencia de Pepín consistió en no dejarse definir por quienes lo miraban desde arriba, ni por quienes lo ponían en duda, ni por quienes lo reducían a una palabra: “comerciante”. Job conservó su dignidad en medio de la pérdida. Pepín conservó su rumbo en medio del desprecio social, de los golpes empresariales, de las ironías periodísticas y de las jerarquías simbólicas de un país donde los apellidos tradicionales pretendían decidir quién merecía reconocimiento.
Por eso, cuando se habla de la paciencia de la familia Corripio, no se está aludiendo a una virtud pasiva, ni a una simple capacidad de soportar adversidades. Se está describiendo un método de acción histórica. Una forma de estar en el mundo sin precipitación, sin estridencias, sin rupturas innecesarias, pero con una constancia que termina produciendo resultados duraderos.
La paciencia, en este caso, no fue resignación. Fue estrategia.
Y en un país donde muchas veces el poder se ejerce en voz baja, donde las decisiones no siempre se anuncian sino que se insinúan, esa forma de paciencia resultó ser más eficaz que cualquier enfrentamiento abierto. Porque permite construir, absorber, integrar y finalmente transformar.
Aquel “comerciante Corripio” de una portada de 1975 terminó siendo, décadas después, una figura central en el desarrollo de los medios, en la apertura informativa y en la consolidación de un sistema democrático más equilibrado. Mientras el periódico intentaba ordenar la realidad según sus propios códigos, el tiempo —con la paciencia que aquí se ha descrito— reorganizaba silenciosamente el verdadero mapa del poder.
No siempre triunfa quien impone su voz en el momento. A veces triunfa quien sabe sostener su camino en el tiempo.
Esa fue la paciencia de Job. Y esa, en la historia dominicana contemporánea, ha sido la paciencia de Pepín.
