Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
«Si algunos poderosos del mundo, en lugar de cultivar improbables e imaginarias autobiografías, se dedicaran a leer, probablemente todos tendríamos un gran beneficio».
Sergio Mattarella Presidente de la República Italiana
Hay frases que no nacen para ser titulares, pero terminan retratando una época.
La dijo, con esa sobriedad que ya es marca de estilo, Sergio Mattarella desde el Palacio del Quirinal, como quien deja caer una observación al pasar: si algunos poderosos del mundo, en lugar de cultivar improbables autobiografías, se dedicaran a leer, todos saldríamos beneficiados.
No fue una ocurrencia ligera. Fue una advertencia.
Porque en el fondo de esa frase hay una crítica profunda al modo en que hoy se ejerce el poder.
No se trata solo de la vanidad —que siempre ha acompañado a los gobernantes— sino de algo más peligroso: la sustitución de la realidad por el relato personal.
El poder contemporáneo, en demasiados casos, no se limita a tomar decisiones; también escribe su propia versión de los hechos, se narra a sí mismo como inevitable, como necesario, como incuestionable.
La autobiografía del poder suele ser un territorio sin fisuras.
En esa autobiografia no hay errores, sino circunstancias; no hay responsabilidades, sino contextos; no hay víctimas, sino efectos colaterales.
Es un género que no admite contradicción, porque su función no es comprender, sino justificarse.
Leer, en cambio, es otra cosa.
Leer implica exponerse a lo que no somos, a lo que no pensamos, a lo que nos contradice.
Leer es aceptar que el mundo no comienza ni termina en uno mismo.
Es, en esencia, un acto de humildad.
Por eso resulta tan incómodo para quien ha convertido el poder en un ejercicio de afirmación permanente.
Cuando Mattarella evocó el papel de la lectura en la Italia de la posguerra —esa decisión civilizatoria de quitar las armas de las manos y poner libros— no estaba recordando un pasado remoto, sino señalando una carencia presente.
Porque hoy, en medio de guerras abiertas y tensiones latentes, el problema no es solo la violencia de los hechos, sino la pobreza de la comprensión.

Se gobierna mucho, pero se reflexiona poco.
Sin embargo, la historia está ahí, abierta, disponible, esperando ser leída. No como un archivo muerto, sino como un repertorio de advertencias.
Quien lee descubre que casi todo lo que hoy se presenta como nuevo ya ha ocurrido bajo otras formas.
Que las crisis tienen genealogía.
Que las decisiones tienen consecuencias que otros ya pagaron antes.
No leer —o leer solo lo que confirma nuestras ideas— es una forma de ceguera.
Por eso la observación del presidente italiano se conecta con otra que él mismo ha formulado en distintas ocasiones: la necesidad de la autoironía en el ejercicio del poder.
Leer y reírse de uno mismo son, en el fondo, dos caras de la misma virtud.
Ambas obligan a tomar distancia, a reconocer límites, a aceptar que el poder no es sinónimo de infalibilidad.
Pero vivimos un tiempo en que esa distancia se ha perdido.
El dirigente moderno está rodeado de información, pero no necesariamente de conocimiento.
Escucha, pero no siempre oye.
Habla, pero rara vez duda.
Y en ese entorno, la tentación de escribirse a sí mismo —de construir una narrativa propia, impermeable a la crítica— se vuelve casi irresistible.
El resultado es un poder que se mira en el espejo y se cree historia, cuando apenas está siendo episodio.
De ahí la pertinencia de la ironía de Mattarella.
No es un reproche moral, sino una invitación intelectual.
Leer no es un lujo ni una distracción; es una condición para comprender el mundo que se pretende gobernar.
Sin esa comprensión, las decisiones se vuelven superficiales, las políticas erráticas y los discursos vacíos.
Y lo más grave: los errores se repiten.
Porque un poder que no lee termina prisionero de su propio relato.
Cuando eso ocurre, la realidad —que siempre es más compleja, más terca, más imprevisible— acaba por imponerse de la forma más dura.
Quizás por eso, en la aparente ligereza de aquella frase, se esconde una lección mayor.
No dirigida a un país ni a un gobierno, sino a una época entera que parece haber olvidado que el conocimiento no se improvisa y que la historia no perdona la ignorancia disfrazada de certeza.
Al final, la escena es sencilla: un presidente que habla de libros en un mundo que prefiere consignas.
Pero tal vez ahí, precisamente ahí, reside la diferencia entre gobernar y comprender.
Porque el poder que lee puede equivocarse, pero aprende. El poder que no lee, en cambio, solo se repite.
Y cuando el poder se repite sin aprender, la historia deja de ser maestra para convertirse, otra vez, en tragedia.
