Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hablar del papa Sisto V es hablar de un hombre que no negoció nunca con la tibieza.
Nacido como Felice Peretti el 13 de diciembre de 1521 en Grottammare, en la zona de las Marcas en Italia, hijo de una familia humilde, llegó al trono de Pedro el 24 de abril de 1585 con la memoria de la pobreza todavía adherida a la piel y con una voluntad que no parecía nacida en un convento franciscano, sino en un campamento militar.

Murió el 27 de agosto de 1590.
Entre esas dos fechas —cinco años exactos de pontificado— comprimió una obra que transformó Roma con una energía casi desmedida.
No vino a administrar lo heredado, vino a transformarlo. Y en ese breve lapso hizo lo que otros no habían logrado en décadas: someter la ciudad a una idea.
Roma, que hasta entonces era un tejido irregular de siglos superpuestos, comenzó a ordenarse bajo su impulso.
A partir de 1585 se abrieron grandes ejes rectilíneos que conectaban las basílicas mayores —San Pedro, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor—, anticipando la ciudad barroca.

Aquellas vías no eran simples calles: eran líneas de dirección espiritual. El peregrino ya no debía perderse; debía avanzar.
Los acueductos, que habían callado durante siglos, volvieron a la vida.
En 1587 se completó el Acqua Felice, llamado así por su nombre de bautismo, que llevaba agua desde las fuentes del Agro romano hasta la ciudad.
Y en 1587–1588 se levantó la Fontana dell’Acqua Felice —la llamada Fontana di Mosè— como símbolo visible de ese renacimiento hidráulico.

El agua, en Roma, no era solo necesidad: era poder, era orden, era civilización restaurada.
Pero sobre todo, se alzaron los obeliscos.
Entre 1586 y 1589, Sisto V emprendió una de las operaciones urbanas más audaces de la época moderna: la reubicación y erección de los grandes obeliscos antiguos.
El 10 de septiembre de 1586, bajo la dirección de Domenico Fontana, se levantó el obelisco de la Plaza de San Pedro.

Fue una empresa colosal: más de 900 hombres, 75 caballos y una compleja maquinaria de poleas.
Aquel momento no fue solo una proeza técnica; fue un acto simbólico: el mundo pagano, sometido y puesto en pie en el centro de la cristiandad.
Luego siguieron otros: el obelisco de San Juan de Letrán en 1588, el de Santa María la Mayor en 1587 y el de Piazza del Popolo en 1589.
Roma se convirtió así en una ciudad marcada por agujas de piedra que señalaban no solo el espacio, sino el tiempo.
Pero toda grandeza, en aquella Roma de finales del siglo XVI, llevaba consigo una sombra. Y esa sombra tenía nombre propio: familia.
Allí aparece Camilla Peretti, la hermana que no fue reina pero vivió como si lo fuera.
Llegada a Roma hacia 1560, viuda a los cuarenta años, siguió a su hermano en su ascenso y se convirtió en eje de la red familiar.
En aquella época, el nepotismo no era una desviación: era un sistema.
El papa debía crear continuidad donde el cargo no la tenía.
Los Peretti se insertaron rápidamente en el tejido nobiliario romano.
Matrimonios con casas como los Orsini y los Colonna aseguraron alianzas duraderas.
Pero el precio de esa inserción fue alto.
Francesco Peretti, hijo de Camilla, murió asesinado en una trama de honor y pasiones que reflejaba la violencia latente de la nobleza romana.
La siguiente generación heredó el poder, pero no el destino.
Michele Peretti, nieto de Camilla, vivió como un príncipe en la Villa Montalto, una de las residencias más vastas de la Roma de su tiempo.
Allí reunió una colección extraordinaria: cerca de 400 pinturas y 400 esculturas antiguas, testimonio de un gusto refinado y de una riqueza acumulada con rapidez.
Adquirió feudos como Mentana y Torre in Pietra, y un palacio en la Via del Corso —el actual Palazzo Fiano—.
Pero esa abundancia escondía una fragilidad: la falta de continuidad.
Porque las dinastías no se sostienen solo con riqueza ni con títulos. Necesitan un hilo invisible que atraviese generaciones. Michele no logró consolidarlo. Con el paso de las décadas, las deudas comenzaron a erosionar el patrimonio. Y finalmente, en 1696, la Villa Montalto fue vendida en subasta. Así se extinguió la dinastía de los Peretti.
Sin estruendo. Sin gloria. Con papeles firmados.
Sin embargo, Roma permaneció transformada.
Si hoy se camina por la ciudad, aún se sigue el trazado que Sisto V impuso entre 1585 y 1590.
Los obeliscos siguen en pie, atravesando los siglos como señales de una voluntad.
El agua continúa fluyendo por los canales que él restauró.
Y la cúpula de San Pedro —cuya culminación fue impulsada decisivamente durante su pontificado, completada en 1590— domina todavía el horizonte.
La familia desapareció. La obra quedó.
Y en ese contraste —entre lo efímero de la sangre y la persistencia de la piedra— se encierra la verdadera lección de Sisto V: que el poder puede intentar perpetuarse en los hombres, pero solo alcanza la eternidad cuando se convierte en ciudad.
