Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Antes de que Sisto V intentara domesticar el tiempo de Roma con avenidas rectilíneas, acueductos resucitados y obeliscos en pie, hubo otros que empezaron a moldearlo con piedra, pintura y ambición familiar.
No con la urgencia casi militar del siglo XVI tardío, sino con la paciencia estratégica del Renacimiento.
Eran los della Rovere, una familia que entendió que el poder, para durar, debía hacerse visible.
Todo comienza con Sixto IV, elegido papa el 9 de agosto de 1471.
Nacido Francesco della Rovere, fraile franciscano como Sisto V, pero de otra estirpe de carácter, gobernó hasta su muerte el 12 de agosto de 1484.

Durante esos trece años no solo dirigió la Iglesia: reconstruyó el lenguaje del poder pontificio en Roma.
La Capilla Sixtina o Sistina donde se elige al Papa.
Entre 1473 y 1481 mandó edificar la Capilla Sixtina en el Vaticano, sobre los cimientos de una capilla anterior.
Su nombre en latín —Sacellum Sixtinum— no deja lugar a dudas: es la capilla de Sixto.
No fue concebida únicamente como un espacio litúrgico.
Fue un acto político, un manifiesto arquitectónico.

En sus muros trabajaron maestros como Botticelli, Perugino, Ghirlandaio y Cosimo Rosselli, quienes entre 1481 y 1482 pintaron los ciclos de Moisés y de Cristo, estableciendo una continuidad visual entre la ley antigua y la nueva Iglesia.
Pero Sixto IV no construyó solo una capilla.
En 1475 restauró y amplió el Hospital de Santo Spirito, reorganizó la Biblioteca Vaticana en 1475–1477, y levantó el puente que aún lleva su nombre, el Ponte Sisto, inaugurado en 1479.
Roma comenzaba a recuperar su condición de capital visible del cristianismo.
No todavía ordenada, pero sí consciente de sí misma.
Y, como dictaba la lógica del tiempo, consolidó a su familia.
Tío del Papa Guerrero
Entre los promovidos estaba su sobrino, Julio II, nacido Giuliano della Rovere en 1443.
Sixto IV lo creó cardenal en diciembre de 1471.
Tenía entonces poco más de veinticinco años.
Aquel gesto, que hoy llamaríamos nepotismo, era en realidad una inversión de poder.

El papado no tenía dinastía formal; debía inventarla.
Giuliano aprendió rápido.
Vivió el exilio, la política europea, las intrigas romanas.
Y cuando finalmente fue elegido papa el 1 de noviembre de 1503, con el nombre de Julio II, no olvidó lo aprendido: que el poder debía ser visto, y que Roma debía ser el escenario.
Su pontificado, hasta su muerte el 21 de febrero de 1513, fue una prolongación y una radicalización del proyecto de su tío.
Creó la Guardia Suiza.
No fue un papa contemplativo: fue el “papa guerrero”, el que vistió armadura y marchó a campañas militares para restaurar los Estados Pontificios.
Pero también fue el gran mecenas.
En 1508 encargó a Miguel Ángel la pintura del techo de la Capilla Sixtina.
El trabajo se extendió hasta 1512.
Allí apareció la Creación de Adán, ese instante suspendido donde el dedo de Dios y el del hombre casi se tocan, como si toda la historia dependiera de un milímetro.
Era más que arte: era teología hecha imagen, poder convertido en eternidad visible.
Inició la Nueva Basílica
Y no se detuvo ahí. En 1506 colocó la primera piedra de la nueva basílica de San Pedro, sobre el proyecto de Bramante, iniciando una obra que atravesaría generaciones y que terminaría por definir el horizonte de Roma.
También encargó a Rafael la decoración de las Estancias Vaticanas, donde el Renacimiento alcanzó una de sus cumbres.
Décadas más tarde, bajo Pablo III, el mismo Miguel Ángel regresaría a la Capilla Sixtina para pintar el Juicio Final entre 1536 y 1541.
La obra completaba el ciclo: del origen del hombre a su destino último.
La capilla, nacida como proyecto político de Sixto IV, se convertía así en una síntesis del tiempo humano.
Y entonces, cuando todo ese universo simbólico estaba ya en pie —la capilla, las imágenes, la basílica en construcción— aparecería, décadas después, Sisto V.
No fue él quien dio nombre a la Capilla Sixtina.
Pero sí fue quien entendió que todo aquello necesitaba una ciudad a la altura.
Si los della Rovere habían construido el escenario del poder espiritual, Sisto V construiría el sistema que lo hiciera visible en el espacio: calles, agua, ejes, obeliscos.
Donde ellos habían creado símbolos, él trazó direcciones.
Por eso la historia no se divide: se encadena.
La Capilla Sixtina lleva el nombre de Sixto IV, el constructor. Julio II, su sobrino, la elevó al rango de monumento universal. Pablo III la cerró con el juicio final del hombre.
Y Sisto V, sin tocar su nombre, le dio a Roma la estructura para que todo aquello no fuera solo contemplado, sino vivido.
En Roma, incluso la belleza tiene genealogía. Y el poder, cuando quiere durar, se escribe siempre en piedra, en sangre… y en tiempo.
