Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
A finales de la década de 1960 el mundo occidental atravesaba una de sus crisis morales y políticas más profundas.
No se trataba solo de tensiones ideológicas ni de conflictos geopolíticos: era una crisis que se manifestaba en la eliminación física de figuras que encarnaban proyectos de cambio.
El 22 de noviembre de 1963 fue asesinado el presidente John F. Kennedy en Dallas.

El 4 de abril de 1968 cayó Martin Luther King Jr. en Memphis.
Apenas dos meses después, el 5 de junio de ese mismo año, fue mortalmente herido en Los Ángeles el senador Robert F. Kennedy, cuando acababa de triunfar en las primarias demócratas de California.
Aquellos asesinatos no eran hechos aislados.
Coincidían con el punto más álgido de la Guerra de Vietnam, que había abierto una fractura moral en la sociedad norteamericana, y con una etapa de intervenciones directas en América Latina, entre ellas la intervención estadounidense en la República Dominicana de 1965, cuya huella permanecía viva en la memoria nacional.

En ese contexto se formó una generación de jóvenes latinoamericanos que vivieron simultáneamente la crisis global del poder occidental y las consecuencias directas de esa crisis en sus propios países.
Entre ellos se encontraba quien firma estas líneas, que a los dieciocho años presenció, desde la distancia, la caída de Robert Kennedy, después de haber visto derrumbarse otras dos figuras emblemáticas en pocos años.
Pero en medio de ese escenario de violencia política y desconcierto ideológico, existían también referentes que ofrecían una estructura de pensamiento capaz de resistir la confusión de la época.
En la República Dominicana, ese referente fue Juan Bosch.
No solo como líder político, sino como pensador que interpretaba la historia latinoamericana desde una perspectiva propia, no subordinada a esquemas importados.
Años más tarde, en 1972, quien escribe regresaría, sin proponérselo, a uno de los escenarios más simbólicos de aquella crisis.
Integrando un grupo de periodistas latinoamericanos, invitados por el Departmento de Estado, me encontraba en el Hotel Ambassador de Los Ángeles, el mismo lugar donde cuatro años antes había sido asesinado Robert Kennedy.
En esa ocasión presencié la victoria de George McGovern en las primarias de California.
La escena contenía una contradicción reveladora: el sistema político que había sido capaz de generar violencia extrema era, al mismo tiempo, el que producía mecanismos de renovación democrática.
Kennedy hijo y Bosch
Siete años después, el 29 de mayo de 1979, esa línea histórica adquiriría una forma concreta en Santo Domingo.
En la residencia de Juan Bosch, situada en la calle César Nicolás Penson número 60, se produjo un encuentro que no nació de agendas oficiales ni de canales diplomáticos. Fue resultado de una cadena de relaciones personales.
En ese momento, Roberto Álvarez, entonces funcionario de la Organización de los Estados Americanos en Washington, coincidió en un vuelo hacia Santo Domingo con Robert F. Kennedy Jr. y con un periodista del diario The New York Times.
Durante el viaje surgió el interés de los visitantes por sostener una conversación con Bosch.
Roberto Álvarez recurrió entonces a una amistad personal que se remontaba a 1970, cuando había coincidido con quien escribe en Santo Domingo en las clases de karate Tae Kwan Do impartidas por el profesor Ramón Reyes.
Aquel vínculo, forjado en la disciplina del deporte, ajeno por completo a la política, sería el punto de partida de un episodio con proyección histórica.
La solicitud no siguió canales institucionales: se apoyó en la confianza nacida en aquellos años de formación en el karate.
Quien firma estas líneas, en ese momento Secretario de Información del Comité Central del Partido de la Liberación Dominicana y con acceso directo a Bosch, transmitió la petición. Bosch aceptó.
El encuentro se desarrolló en un espacio privado, sin formalidades protocolarias.
Durante aproximadamente una hora y media, Bosch conversó con el joven Kennedy y su acompañante, con la mediación de quien escribe y de Roberto Álvarez, quienes actuaron como intérpretes.
El contenido del diálogo, recogido posteriormente por Bosch en el semanario Vanguardia del Pueblo, revela la naturaleza del intercambio.
Las preguntas de los visitantes giraban en torno al futuro político de América Latina: la posibilidad de nuevas revoluciones similares a la cubana, la viabilidad de los sistemas políticos sin alternancia democrática y la dirección histórica de la región.
Bosch respondió desde una perspectiva que desbordaba el análisis coyuntural.
Explicó que la historia no se reproduce mecánicamente, que no existen modelos universales aplicables a todas las sociedades y que los procesos políticos son producto de condiciones específicas.
Recordó que los Estados Unidos habían nacido como república democrática manteniendo la esclavitud, mientras Haití había surgido como una república de hombres libres tras una guerra de liberación.
Señaló que las revoluciones no pueden programarse ni trasladarse de un contexto a otro, y que la historia responde a dinámicas sociales propias, no a esquemas preconcebidos.
En ese diálogo se cruzaban dos tradiciones: la experiencia política norteamericana, marcada por sus contradicciones internas, y la reflexión latinoamericana sobre sus propios procesos históricos.
El joven Robert F. Kennedy Jr. no representaba aún una figura pública consolidada, pero encarnaba la continuidad de una familia profundamente vinculada a los grandes conflictos políticos de su país.
Para quien escribe, ese momento no fue un episodio aislado, sino la convergencia de una trayectoria personal con una secuencia histórica mayor.
Había vivido yo, en mi juventud, el impacto de los asesinatos políticos y de las intervenciones internacionales; había encontrado en Bosch una referencia intelectual en medio de la crisis; había estado físicamente en el lugar donde la política norteamericana mostró su rostro más trágico; y finalmente participaba en el diálogo destinado a comprender esas mismas tensiones.
Décadas después, cuando Robert F. Kennedy Jr. reapareció en la escena política estadounidense en circunstancias inéditas, aquel encuentro de 1979 adquirió una nueva dimensión.
Ya no era solo un recuerdo personal ni un episodio registrado en una publicación partidaria: era un momento en el que dos líneas de la historia —la norteamericana y la latinoamericana— se habían encontrado en un espacio privado, lejos de los escenarios oficiales.
La importancia de ese episodio no radica en su visibilidad pública, sino en su estructura.
No fue el resultado de decisiones institucionales, sino de relaciones humanas.
No respondió a una estrategia diplomática, sino a una cadena de confianza nacida, años antes, en un espacio tan inesperado como una clase de karate.
En un tiempo marcado por la violencia política y la incertidumbre, aquel encuentro representó un esfuerzo por pensar la historia en lugar de repetirla.
Y en esa búsqueda, la figura de Juan Bosch operó, para una generación, no solo como liderazgo político, sino como referencia moral e intelectual capaz de dar sentido a un mundo en crisis.
