Por Víctor Manuel Grimaldi
Me encontraba en Roma en 2013, como Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede, cuando se divulgó la noticia de su fallecimiento.
No era la muerte de un político cualquiera.
Era el cierre de una época.
Giulio Andreotti, hasta el final de sus días, mantenía una disciplina que lo definía tanto como su carrera pública: asistía diariamente a misa en su parroquia, la San Giovanni dei Fiorentini, en pleno centro histórico.
Esa fidelidad silenciosa —lejos de los reflectores— decía tanto de él como sus décadas en el poder.
Giulio Andreotti nació en Roma el 14 de enero de 1919 y murió en esa misma ciudad el 6 de mayo de 2013.
Durante más de medio siglo fue una de las figuras más complejas y duraderas del poder en Europa.
Siete veces presidente del Consejo de Ministros de Italia, protagonista central de la Democracia Cristiana y actor clave de la Guerra Fría, encarnó como pocos el arte del equilibrio: gobernar sin estridencias, influir sin exhibirse, permanecer cuando otros caían.
Su estilo —irónico, reservado, profundamente táctico— lo convirtió en un hombre difícil de definir y, por ello mismo, indispensable en una Italia atravesada por tensiones internas y presiones internacionales.
La relación de Giulio Andreotti con la República Dominicana no fue circunstancial.
Se desplegó en dos momentos separados por un cuarto de siglo, pero unidos por un mismo hilo invisible: la convergencia entre política, Iglesia y geopolítica, ese territorio donde los gestos aparentemente discretos suelen tener el mayor significado.
1965
En marzo de 1965, Andreotti llegó al país como representante oficial de Italia en los Congresos Mariano y Mariológico Internacionales, celebrados por decisión de Papa Pablo VI.
Aquella decisión —trasladar el evento desde Canadá a la República Dominicana— no fue un simple cambio de sede.
Fue una señal.
En plena Guerra Fría, con América Latina convertida en un espacio de disputa ideológica, el Vaticano quiso afirmar la centralidad espiritual del continente desde uno de sus símbolos más arraigados: la devoción mariana.
Andreotti, entonces ministro de Defensa de Italia, no era un delegado ornamental.
Ya formaba parte del engranaje profundo del poder europeo.
Su presencia reflejaba la dimensión diplomática de un acontecimiento que, bajo la apariencia religiosa, tenía implicaciones estratégicas.
En Higüey, en la Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia, participó en ceremonias donde la fe popular dominicana se entrelazaba con la proyección global de la Iglesia.
El propio papa Pablo VI había contemplado la posibilidad de asistir, lo que confirma el peso simbólico del evento, aunque finalmente no viajara.
Semanas después, en abril de 1965, estallaría la crisis dominicana.
Vista en perspectiva, aquella visita adquiere un tono casi premonitorio: la República Dominicana ya estaba inscrita en el mapa sensible de la política internacional.
1990
Veinticinco años más tarde, en 1990, Andreotti regresó a Santo Domingo.
El hombre había cambiado de dimensión. Ya no era una promesa del poder, sino una de sus encarnaciones más duraderas. Llegó para respaldar al presidente Joaquín Balaguer en vísperas de las elecciones del 16 de mayo de 1990, uno de los procesos más tensos de la vida política dominicana contemporánea.
Ese gesto, leído en su contexto, iba más allá de la cortesía diplomática. En el ocaso de la Guerra Fría, cuando los equilibrios internacionales aún no se habían redefinido completamente, el apoyo de una figura como Andreotti —con profundas conexiones en Europa y en el Vaticano— tenía un significado claro: legitimar, estabilizar, enviar una señal.
Andreotti no llegaba como un visitante ajeno.
Conocía el país.
Había visto su alma religiosa y ahora se encontraba ante su realidad política.
Y es aquí donde esa historia dominicana se conecta con la historia mayor.
Cuando Giulio Andreotti asumió nuevamente el centro del poder en 1989, Italia todavía parecía estable. Pero el mundo que lo rodeaba comenzaba a resquebrajarse.
La X Legislatura (1987–1992) fue su último gran acto de gobierno. Y, como ocurre con los actores experimentados, entró en escena no como novedad, sino como garantía de continuidad en un sistema que ya daba señales de agotamiento.
Había sido elegido con una fuerza electoral notable —cientos de miles de preferencias tanto en Italia como en Europa—, pero su verdadero capital no estaba en las urnas: estaba en las relaciones. Andreotti era, ante todo, un hombre de redes.
Como ministro de Exteriores primero, y luego como presidente del Consejo, se movía en un tablero internacional en plena transformación.
La Guerra Fría no había terminado, pero ya no era la misma.
En Bruselas, en diciembre de 1987, firmó los acuerdos para el desmantelamiento de los euromisiles: un gesto que, visto en retrospectiva, marcaba el inicio del final de un equilibrio basado en el miedo.
Mientras otros dudaban, Andreotti operaba en la zona gris.
Apoyaba la distensión, pero aceptaba la presencia de los F-16 de la OTAN en Italia.
Aconsejaba prudencia a Estados Unidos frente a la URSS, pero no rompía la alianza atlántica.
Ese era su método: equilibrar sin romper, avanzar sin declararlo.
En esos años viajó sin descanso: Asia, África, Washington, Moscú. Su relación con George Shultz y con Mikhail Gorbachev refleja su capacidad de interlocución en ambos bloques. No era un ideólogo; era un mediador.
Pero el mundo cambió más rápido que la política italiana.
La caída del Muro de Berlín en 1989 no solo cerró una época: dejó sin justificación el sistema que Andreotti había sabido administrar durante décadas.
La Democracia Cristiana, columna vertebral del Estado, empezó a mostrar grietas internas, tensiones con los socialistas y conflictos que ya no podían ocultarse bajo el lenguaje del equilibrio.
Su gobierno —el sexto y luego el séptimo— se sostuvo sobre el llamado pentapartito, esa arquitectura de poder basada en alianzas frágiles.
La prensa acuñó el término CAF (Craxi, Andreotti, Forlani), una fórmula que sugería más un pacto de supervivencia que un proyecto político.
Andreotti nunca la aceptó.
Sabía que el poder, cuando se nombra demasiado, pierde eficacia.
Sin embargo, gobernar Italia en esos años significaba navegar entre tormentas.
En el plano interno, emergían problemas nuevos o hasta entonces invisibles: la inmigración —con la llegada masiva de albaneses a las costas italianas—, la regulación del sistema televisivo tras el fin del monopolio de la RAI, las tensiones con el mundo empresarial, la lucha contra la mafia.
En el plano institucional, el país empezaba a cuestionarse a sí mismo.
La apertura de los archivos del SISMI sobre la red clandestina Gladio —decidida por Andreotti— fue un momento revelador: el Estado dejaba ver sus sombras en nombre de la transparencia, pero al hacerlo confirmaba que esas sombras habían existido.
Y mientras tanto, Europa avanzaba.
Andreotti fue uno de los protagonistas de la fase que condujo al Tratado de Maastricht en 1992.
Durante la presidencia italiana de la Comunidad Europea en 1990, impulsó las conferencias que darían forma a la Unión Económica y Monetaria y a la Unión Política.
En Roma, en esos consejos europeos, se discutía el futuro de Europa mientras Italia aún no había resuelto su propio presente.
Fue, quizá, su última gran obra: no la política italiana, que se desmoronaba, sino la arquitectura europea, que comenzaba a consolidarse.
Pero el final ya estaba escrito.
En 1991 fue nombrado senador vitalicio, un reconocimiento que también era una transición.
En 1992 no participó en las elecciones que marcarían el derrumbe de la Primera República.
Ese mismo año, el Estado endureció la legislación antimafia con el artículo 41-bis, uno de los últimos actos de un sistema que intentaba defenderse cuando ya era tarde.
Andreotti dejó el gobierno en un país que ya no era el mismo.
Indro Montanelli había dicho que en él convivían un Monseñor y un Pasquino.
Quizá en esos años finales apareció un tercer rostro:
el del testigo de un mundo que desaparece.
Porque Andreotti no fue el hombre que cambió Italia.
Fue el hombre que supo mantenerla en pie mientras todo cambiaba alrededor.
Y cuando ese equilibrio dejó de ser posible, no cayó de golpe.
Simplemente, dejó de ser necesario.
